RILO

por El Responsable

El día era completamente azul en los acantilados.

Salió de la Gran Casa y subió por el camino que llevaba hasta el viejo limonero. A su izquierda, el vacío. Allá abajo, el mar.

Los niños jugaban entre las tumbas. Todas limpias y bien cuidadas. Todas a la sombra del limonero. Una figura, sentada, apoyaba la espalda en el tronco del árbol.

Al darse cuenta de la irrupción del recién llegado, los niños lo rodearon un momento, antes de volver a sus juegos. El anciano se irguió en su asiento y le saludó con una sonrisa.

-¿Te vas ya? -preguntó el viejo.

-Sí, bisabuelo.

El joven se sentó en la hierba. Ambos se quedaron en silencio, observando entretenidos los juegos de los niños.

-Sé que no te parece bien… -empezó el joven.

El viejo sonrió.

-Oh, chiquillo. No hagas caso a mi cansancio. Haces lo que crees que debes hacer. Esa es la única forma de aprender en la vida.

-Equivocarse… -musitó el joven, mirando a su bisabuelo con media sonrisa.

El viejo también sonrió.

-Tu bisabuela solía decir: nadie escarmienta en cabeza ajena -el anciano dirigió la mirada hacia una de las lápidas que los rodeaban-. Yo viví mi vida. Tú tienes que vivir la tuya.

El alboroto infantil volvió a reinar.

-La situación cada vez es más complicada, es necesario hacer algo, ayudar a que… -el joven calló, al ver que el viejo meneaba la cabeza.

-Hagas lo que hagas, Iván, recuerda que éste es tu hogar -le dijo el viejo, mirándole a los ojos-. Siempre podrás regresar a él.

Ambos volvieron a mirar a los niños, que parecían discutir sobre algo. Iván dejó que la mirada se le perdiera en el horizonte, apenas distinguible entre el azul del mar y el azul del cielo.

Una niña se separó del grupo y se acercó corriendo al árbol, seguida de cerca por el resto de chavales.

-Tata, ¿qué es la felicidad? -preguntó al viejo.

Iván rio la ocurrencia y miró curioso a su bisabuelo, que sonreía divertido. Giró el cuerpo y, mirando fijamente a los niños, acarició la corteza del limonero.

-Este árbol lo plantó el tatarabuelo del tatarabuelo de mi tatarabuelo. Y ahora os veo a su sombra. Esa es la felicidad, mi querida niña.

Los niños se quedaron mirando el árbol como si nunca antes lo hubiesen hecho. Como si pudiesen ver sus raíces abrazar las rocas del acantilado, como si las ramas fuesen capaces de acariciar el mismo cielo.

Iván se levantó e intercambió besos con el viejo.

-Quizá me haya convertido en piedra cuando regreses -dijo el anciano, con una sonrisa, indicando las lápidas-. Cuídame también entonces.

Iván sonrió y volvió a besar a su bisabuelo.

Recorrió de vuelta el camino hacia la Gran Casa. Al fondo quedaban las risas de los niños.

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