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por El Responsable

En Amanece que no es poco, al escritor argentino Bruno le sale, sin querer, escribir Luz de agosto, de Faulkner. Es un acto involuntario, que diría la Cifu; simplemente, le ocurre así.

Como personaje límite, Bruno ejemplifica la imposibilidad de la repetición en la creación artística. De hecho, incluso sus plagios involuntarios, arrancada la obra plagiada de su circunstancia matriz, son en sí mismos actos con sustancia propia, ya no homologables a los textos originales.

Es decir: la pretensión contemporánea del creador artístico típico y tópico de intentar ser original, entendiendo por esto la capacidad para crear cosas que no se hayan visto nunca antes -novedades-, es completamente estúpida. Toda creación es, por definición, única. Porque su autor (o autores), también es único. Nunca ha sido antes y nunca volverá a ser. De la misma forma que la época en que vive nunca ha sido antes y nunca volverá a ser.

Si el objetivo es ir a la verdad de las cosas y el número de éstas que resultan relevantes para el ser humano puede ser amplio, pero en ningún caso infinito, es normal que se produzca la repetición de cierto tipo de temáticas o formas. Esto no debe angustiar al creador en ningún caso.

Al contrario, el hecho de que nadie más haya vivido su vida hace imposible a otros que puedan alcanzar el tipo de matices que distinguirán, irremediablemente, su obra.

Es decir: en última instancia, el creador está solo. Es su propia autoexigencia con respecto a la búsqueda de la verdad la que dará el nivel definitivo de la calidad de su obra. Pero ni siquiera este nivel será medible, cuantificable, comprobable, objetivable, por medios humanos.

¿Existe algún ámbito en el que le demos más importancia al principio de autoridad que en el del auténtico arte? Nos acercamos a algo que esperamos bello porque alguien nos ha invitado a ello.

Sería fascinante reconstruir el hilo completo de recomendaciones que nos han ido llevando de una lectura a otra, de una película a otra, de una canción a otra. En muchas ocasiones, recomendaciones que nacen de esas mismas lecturas, películas o canciones a las que hemos llegado por una recomendación anterior.

O sea: la historia de nuestro criterio estético es, ella misma, una tradición. Funciona como tal. Y es ella misma también, como nuestra propia individualidad humana, irrepetible. Conformada por mil pequeñas decisiones, propias y ajenas, que nos han ido diferenciando de cualquier otro hombre o mujer.

Por mucho que intentemos parecernos a otros, nunca lo conseguiremos completamente. Por mucho que intentemos repetir algo, nunca saldrá igual.

La originalidad, por lo tanto, ha de ser alcanzada de otra forma. Y como la propia palabra señala, la clave está en ir al origen. Al principio de lo que las cosas son. A su verdad. A esa verdad que, aunque se disfrace de muchas maneras distintas a través de las épocas y eras humanas, permanece inmutable en cada momento histórico. Amando todo: el disfraz casual y el núcleo eterno. Pues ambos son necesarios para que la verdad quede a nuestro alcance.

Porque la tradición nunca fue repetición exacta, pues no puede serlo. Ni la novedad es mérito, pues es inevitable.

Porque no se perderá ni la letra más pequeña de la ley; y es por ello que el enojo está de más si se cura a alguien en día de reposo.