El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Maio, 2018

MATE

Yo era de Kasparov, adoraba su ajedrez desconcertante y apasionado. Karpov, en cambio, era lógico y razonable como un estado moderno concebido en una tarde kantiana de invierno.

Mi admiración por Kasparov sólo se resintió cuando conocí al artista total: Fischer.

Y sin embargo, seguramente la mejor forma de entender hasta qué punto el ajedrez es un lenguaje capaz de comunicar el contenido de un alma humana es repetir en un tablero las partidas de aquellos dos genios.

Uno realmente puede ver cómo sus diferencias a la hora de jugar van definiendo dos formas concretas de estar en el mundo.

Acaso el ajedrez sea precisamente eso: el arte de representar una discusión total sobre la vida sin que nadie necesite pronunciar una sola palabra.

Pero la auténtica verdad realmente aconteció cuando el frío y soviético Karpov intentó, sin éxito, visitar a su archienemigo, detenido por oponerse a los “nuevos” amos del estado ruso.

Ese acaba siendo, sin duda, el mejor y más bello movimiento que Karpov haya hecho en la larga historia de su enfrentamiento con Kasparov.

Un movimiento que trasciende el tablero, la discusión.

Que marca los exiguos límites reales de toda dialéctica en la persecución de la verdad.

Ante la potencia ensordecedora y deslumbrante del más humilde e insignificante acto gratuito de amor.

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EL DRAGÓN DE LA CASA DE GILL

Espera tranquilo a que José empiece a hablar.

-¿Cuánto?

Abraham no hace ningún gesto. El joven sentado a su lado, sin embargo, deja escapar una sonrisa.

-¿Cómo se llama tu nuevo novio? -pregunta José, devolviéndole la sonrisa al compañero de Abraham.

-Iván -responde el joven, incómodo.

José hace un gesto de falsa cordialidad.

-Cada vez te gustan más jóvenes, Abraham…

Iván se pone en pie con violencia, el cuerpo completamente tenso.

-Siéntate -le ordena Abraham, sin perder la compostura.

Iván vuelve a sentarse, sin dejar de mirar a José, que parece divertirse con la escena.

-Sí, siéntate, Iván. Deja hablar a tus mayores -José se acerca la cerveza a la boca-. ¿Aún eres virgen, Iván? O Abraham ya te…

Iván intenta volver a levantarse, pero Abraham lo detiene agarrándolo por el pecho con una mano y tirando de él hacia abajo. Iván se ve obligado a hacer un giro brusco para apoyarse en la mesa y evitar golpearse con ella. José hace un rápido movimiento para rescatar su cerveza antes de que caiga al suelo.

-Siéntate y cállate, o te mando de vuelta para tu casa -le dice Abraham, sin alzar la voz.

Iván vuelve a sentarse, tratando de aparentar que se ha calmado. Fracasa ostensiblemente.

-Teniendo en cuenta la pinta de vuestras nuevas generaciones, supongo que me vas a pagar un pastizal por el trabajo, ¿no? -comenta divertido José.

-Que yo recuerde, tú no eras mucho mejor a su edad -responde Abraham, al tiempo que deja una tarjeta en medio de la mesa.

-¿Qué coño te pasa ahora con las tarjetitas, Abri? -pregunta José, mientras se estira para recoger el trozo de papel-. ¿Has hecho voto de no pronunciar más de cincuenta palabras al día?

José mira la tarjeta y su rostro no puede evitar informar de su sorpresa.

-Qué bien le va a las Casas, ¿no? Para vivir fuera del Mundo, manejáis bastante de su dinero.

-Es un esfuerzo necesario -dice Abraham.

José le aguanta la mirada durante unos segundos.

-Sabes que me lo gastaré en mujeres y alcohol, ¿verdad? Y no en ese orden.

-Tu decisión, José.

Otro trago de cerveza, otro cruce de miradas.

-Un mal menor, ¿no, Abri? En pos de un bien mayor.

-Exacto.

Con un lento parpadeo, José vuelve a centrar su atención en Iván.

-Entonces, aquí tu efebo, ¿también formará parte de la misión?

-Sí -contesta Abraham secamente.

-Y dime, joven Iván, ¿habías estado alguna vez fuera de tu Casa?

Iván mira a Abraham antes de contestar, esperando su permiso para hacerlo. Abraham asiente con un ligero movimiento de cabeza.

-No -responde inquieto.

-Y… ¿qué te está pareciendo, hasta ahora? -pregunta José, con falsa jovialidad.

-Feo -Iván se queda mirando la pista de baile-. Feo y asqueroso.

José sigue la mirada de Iván. Dos hombres se besan mientras bailan en el centro de la pista. Iván baja la mirada al suelo. José mira a Abraham, que le devuelve la mirada en completa calma.

-¿Nadie te ha contado la terrible historia de la caída de la Casa de Gill, Iván? -pregunta dramatizando José.

Iván mira a Abraham, que sigue mirando impertérrito a José.

-Los Dragones destruyeron esa Casa -empezó el joven-. Alguien encontró un pequeño Dragón y lo alimentó, hasta que creció lo suficiente para convocar a otros Dragones y destruirlo todo.

José miró a Abraham, sobreactuando una burlesca sorpresa. Abraham no cambió su semblante.

-Como cuento de hadas, resulta un pelín abstracto, desde mi punto de vista -comentó jocoso José-, pero supongo que es una manera de decirlo. El caso es que el Señor de la Casa sodomizaba a sus numerosos hijos; hasta que uno de ellos, celoso porque ya no era tan sodomizado como uno de sus hermanos más pequeños, mató a éste. Su padre, furioso, al enterarse, intentó matarlo, a su vez; pero murió a manos de su celoso hijo, al defenderse éste del ataque paterno. Desesperado por lo que había hecho, quemó la casa principal, muriendo casi todos los miembros de la familia.

Los ojos de Iván se habían abierto de par en par. Abraham seguía mirando a José, que estaba pidiendo otra cerveza.

Iván miró a Abraham, que le devolvió la mirada sin decir palabra.

-Mi abuelo nunca haría algo así… -balbucéo el joven.

-¿Cuál es tu Casa, Iván? -preguntó José, por primera vez en tono serio.

-Rilo -respondió.

-No es de las peores… -comentó José-. Es uno de los muchos problemas de nuestra bienamada revolución feudal. Ser vasallo no deja de ser una lotería. Lo era hace milenios. Lo sigue siendo ahora. ¿Sabes por qué?

Antes de que contestase Iván, Abraham tomó la palabra.

-Al final, hemos acabado teniendo la misma mierda de conversación de siempre.

José asintió con sorna.

-Forma parte de mi precio -le dijo a Abraham-. Al fin y al cabo, os hago un favor, espabilando a estos ángeles puros e ingenuos que criáis en vuestras villas medievales.

-¿Por qué? -preguntó Iván, que no había olvidado lo que había dicho José antes de la interrupción de Abraham.

-Porque se sigue usando la misma mierda de material -respondió José, sonriente-: Hombres.

José se levantó y se preparó para marcharse.

-Acepto -le dijo a Abraham.

-¿No quieres saber los detalles de lo que vamos a hacer? -preguntó éste.

-Me los cuentas cuando ya nos hayas reunido a todos los superhéroes; no quiero que malgastes saliva y traiciones tu voto de escribir tarjetitas. Buenas noches, caballeros de tristes figuras.

Abraham siguió con la mirada la marcha de José, mientras Iván, de reojo, volvía a fijar su atención en la pista de baile.

SIMOU

Ada escribía en un cuaderno, sentada en uno de los extremos de la gran mesa de la cocina. Su padre, sentado en la otra punta, leía un papel arrugado, mientras fumaba su pipa con cierta ansiedad.

Se abrió la puerta que daba al huerto y apareció Lope enfundado en un abrigo impermeable que goteaba sobre el suelo. De fuera llegaba el sonido de la lluvia.

Los hermanos se miraron fijamente un momento. Ada corrió a abrazar a su tío a modo de saludo, mientras se retiraba la capucha empapada de la cabeza.

-¿Ya hiciste tus deberes? -preguntó Lope a su sobrina.

-Sí -contestó la niña-. Ahora estaba escribiendo una redacción para la clase de Historia. Sobre la Caída.

-Muy bien. Sigue con ello, entonces -dijo Lope, mientras se acercaba a la mesa y se sentaba junto a su hermano.

Sacó su pipa y la cargó. Su hermano se acercó a la chimenea con un pequeño trozo de madera y lo dejó al alcance de las llamas hasta que empezó a arder. Volvió a la mesa y ayudó a su hermano a encender la pipa.

-¿Has ido? -preguntó a Lope.

Éste asintió con la cabeza.

-Tu ausencia volvió a llamar la atención -dijo a su vez Lope.

Su hermano volvió a mirar el papel arrugado.

-Es un error. Es demasiado arriesgado.

Lope miró a su hermano, que seguía con los ojos fijos en el papel. El papel temblaba ligeramente.

-La Casa ya ha decidido, Luis.

-Santiago ha decidido, querrás decir -Luis se levantó nervioso y empezó a dar vueltas por la cocina.

Lope miró a su sobrina, que contemplaba la escena, en silencio, con el lápiz aún agarrado en su mano derecha; a punto de escribir, pero sin hacerlo.

-Ada, vete a tu habitación -dijo Lope.

La niña recogió sus cosas y se marchó, no sin antes echar una última mirada a su padre, que se había quedado hipnotizado ante el fuego de la chimenea. Tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarse, Lope continuó hablando.

-Santiago ha preguntado. Santiago ha escuchado. Santiago ha decidido.

Luis bufó.

-¿Irá él? -preguntó.

-No, iré yo -respondió Lope-. Él es el Señor de esta Casa, no le corresponde ocuparse de estas cosas.

Luis miró a su hermano. Tomó una buena cantidad de aire y volvió a sentarse.

Tamborileó con los dedos en la mesa. Miraba a sus dedos y a su hermano alternativamente. Lope fumaba y esperaba.

-Esto es demasiado arriesgado. No nos conviene llamar la atención del Mundo. Hasta ahora, hemos conseguido que nos deje en paz.

Lope miró a su hermano un momento a los ojos. Apartó la pipa de la boca, la vació y la limpió con parsimonia. Se levantó y se preparó para volver a salir a la lluvia.

-Luis, del Mundo sólo se sale muerto -dijo, mientras se subía la cremallera del impermeable-. Me voy mañana. Pasaré antes a despedirme.

Ada, desde la rendija que dejaba la puerta de la cocina que había vuelto a abrir a escondidas, vio cómo se marchaba su tío. Y cómo su padre volvía a quedarse absorto mirando el fuego.

EL TIPO QUE ALGÚN DÍA FUI

El borracho se había quedado dormido con El largo adiós abierto sobre la cara, la cabeza a punto de precipitarse por detrás de la silla. Algo parecido a un ronquido se podría oír si no fuera por el ensordecedor ruido del local, en cuya pista de baile se agitaban espasmódicamente casi un centenar de jóvenes, al ritmo del grupo de percusionistas que tocaba sobre el escenario.

Un hombre se sentó en la misma mesa, justo enfrente del dormilón y su colección de jarras vacías.

-Bourbon, por favor -le dijo el recién llegado a la camarera que se acercó.

Las palabras parecieron sobresaltar al inconsciente, provocando la caída al vacío de Raymond Chandler. Uno tras otro, fue consiguiendo abrir los ojos; un poco después, consiguió enfocarlos en su repentina compañía.

-Abraham… -carraspeó-. ¿Cómo carajo me has encontrado…?

-Es mi trabajo. Encontrar gente.

-Cierto… Lo había olvidado -balbuceó-. Últimamente, suelo olvidarlo todo.

Abraham dejó que recuperara la compostura, antes de lanzar la siguiente pregunta.

-¿Cuánto dura ya el últimamente?

El otro retorció la cara en una mueca que trataba de expresar que lo estaba pensando.

-Se me ha olvidado.

La camarera volvió con la petición de Abraham. Miró a su acompañante por si quería algo más, pero no obtuvo la atención necesaria, pues estaba siendo empleada en recoger el libro del suelo. Así que, sin más, la camarera se fue a otra mesa.

Abraham mojó los labios en el bourbon. El borracho, un poco más despejado, se quedó mirándole a los ojos, con una mano desparramada sobre la boca.

-¿Sigues buscando buena gente?

-Sabes que sí, José.

José torció el gesto al escuchar su propio nombre, como si lo hubiese olvidado también.

-¿Y qué haces aquí? -preguntó José, mientras fijaba su atención en las mujeres que bailaban en la pista.

-Encontrarte.

José hizo un gesto de aburrimiento infinito.

-Joder, Abraham, qué puto pesado eres…

-Necesito a alguien para transportar un libro.

Aquello pareció sorprender bastante a José.

-¿Y has pensado en mí? Buff, sí que tenéis que estar jodidos de personal… ¿Escasez de vocaciones?

José dejó escapar algo parecido a una risa cansada. Pero no insistió, al ver la cara seria que se dibujaba al otro lado de la mesa. Bajó un momento la mirada, pero después la volvió a fijar en los ojos de Abraham.

-No vamos a tener otra vez la misma mierda de conversación de siempre, ¿verdad?

Abraham negó con la cabeza, antes de preguntar.

-¿Nos ayudarás?

José miró a Abraham con gesto de extrañeza.

-Por supuesto que no.

Abraham se llevó el vaso a la boca y dio un pequeño trago.

-¿Y qué piensas hacer?

José miraba otra vez hacia la pista de baile.

-No sé… Intentar follarme a alguna de ésas, supongo. Aunque estoy cansado, la verdad…

Abraham siguió mirándole, sin que ningún gesto brotase en su cara.

-¿No quieres saber cuánto pagamos?

José le echó una mirada a Abraham que abandonaba rápidamente un mundo de aburrimiento hacia una inmensidad de asco.

Abraham se acabó el bourbon, sacó una tarjeta de la cartera y la colocó a modo de marcapáginas en El largo adiós. Hecho esto, se levantó, y se marchó sin despedirse.

José le siguió con la mirada hasta perderle de vista. Después su atención resbaló hasta la tarjeta, que sobresalía ligeramente del libro. Aquello duró unos perezosos segundos.

Finalmente, cogió el libro y se dirigió hacia una pelirroja que ocupaba el centro de la pista de baile.

-Buenas, me llamo Philip. Philip Marlowe.

EN CONSTRUCCIÓN

Nuestro obligado éxodo dominical de cada semana.

Bea lleva mi maleta y yo empujo el carrito de Ana Ofelia, que va volcada sobre el reposabrazos, como suele, comiéndose curiosa el mundo con los bellos y enormes ojos que ha heredado de su madre.

Yo, también como suelo, llevo el alma rumiando amargura e impotencia por esta vida trashumante que me obliga a estar lejos de mi familia durante buena parte de la semana.

Y en ese masticado de tristezas me hallo cuando me fijo en una figura humana que camina lentamente unos metros más adelante. Hoy ha habido mercadillo, así que empuja trabajosamente un carro rebosando la compra semanal (o quizá mensual). Una intempestiva gabardina gris le cubre el cuerpo hasta los tobillos, en agudo contraste con el calor vespertino de mayo. El pelo blanco explica el esfuerzo que transmiten sus torpes movimientos.

La imagen me arranca de mí mismo y me proyecta en una nueva tristeza, compasiva esta vez: otra anciana sin compañía, obligada a continuar en la lucha cotidiana; sin poder disfrutar de un merecido descanso en el atardecer de la vida, rodeada de los cuidados de sus hijos, de los mimos de sus nietos.

El mundo es agotador.

En esto, llegamos a su altura en el camino. Aunque no quiero más tristezas en el día de hoy, me preparo para saludarla con toda la educación de la que soy capaz. Ella se sorprende un poco ante nuestra aparición, pero enseguida fija su atención en Ana Ofelia, que, evidentemente, ya está investigando a este nuevo ser. Vieja y niña se miran y se sonríen. La anciana nos mira a los padres, con una de esas sonrisas que sólo puede esbozar el que es profundamente feliz, el que tiene el alma en paz. Como suele ocurrir, a Dios gracias, nos dice lo linda que es la niña, lo despierta que parece. Nosotros se lo agradecemos y continuamos nuestro camino.

Me quedo en silencio durante un rato, mientras sigo empujando el carro.

-Qué fuerza tiene alguna gente… -digo, finalmente.

-Ya -dice Bea; se dirige entonces a nuestra hija, que recibe con una sonrisa especial la atención de su madre-. Y a tus padres, les hacen así -Bea hace un gesto con los dedos- y se vienen abajo.

Seguimos andando, en nuestro obligado éxodo dominical de cada semana. Haciendo de tripas, corazón.

Construyendo nuestro pequeño hogar en el desierto.

Ilustración de Gary Walton

EL VERTEDERO

El desierto terminaba en aquellas montañas de basura. La cordillera de chatarra parecía extenderse hasta el horizonte. El hombre miró a su compañera, que se acariciaba la ya enorme barriga de embarazada. Ella le devolvió la mirada, tratando de disimular su preocupación.

Escucharon un estruendo sobre sus cabezas: sobre uno de los montículos descargaba más basura un dron de gran tamaño. Acabada la tarea, el aparato cerró sus compuertas inferiores y se fue volando hacia algún lugar desconocido.

El hombre cogió la mano de la mujer y se dirigió hacia uno de los pasadizos que cruzaban aquel continente de desperdicios. Todos los restos de la civilización humana parecían congregarse allí.

Caminaron durante horas sin que el paisaje alrededor cambiase lo más mínimo. Decidieron sentarse a descansar en un par de asientos de avión que encontraron al borde del camino.

-No se acaba nunca… -dijo la mujer-. Espero que la ciudad siga existiendo y no haya quedado aplastada bajo tanta porquería… -forzó una sonrisa con la que acompañar su comentario, que se desvaneció al comprobar que el hombre sólo parecía prestar atención al interior de su mochila-. Aunque, bien pensado, ¿qué otra cosa podría producir esta cantidad de desechos, sino una ciudad a pleno rendimiento?…

-¡¡¡Eh!!!

El grito hizo que ambos se pusieran de pie, el hombre buscando el origen de aquel grito con la mirilla de su rifle.

-¡¡Eh, ladrones!!

Una figurita se dejó resbalar por la ladera de uno de los montículos que rodeaban el lugar donde se hallaban.

-¡Esos asientos son míos! -volvió a gritar- ¡No tenéis derecho a quitármelos!

El hombre apuntaba a la cabeza del personaje, un ser rechoncho y calvo, vestido con harapos, luciendo como únicos complementos una riñonera repleta de artilugios y unas gafas con el cristal derecho roto.

-¡No solamente sois unos ladrones, también sois unos asesinos! –dijo el hombrecillo, asustado.

La mujer trató de poner paz.

-Ni te queremos robar, ni te queremos matar. Sólo estábamos descansando un momento, antes de continuar nuestro viaje.

El hombrecillo la miró con desconfianza, sin dejar de controlar de reojo el rifle que le apuntaba.

-Baja el arma -dijo la mujer al hombre, que obedeció de mala gana-. ¿Nos permites seguir haciendo uso de tus asientos, durante unos minutos más? Estamos muy cansados.

El hombrecillo se fijó entonces en la barriga de la mujer.

-¡¿Estás embarazada?! -chilló nuevamente, llevándose las manos a la boca; se arrodilló, apoyó la frente en el suelo y se cubrió la cabeza con las manos, empezando a gimotear- estás loca… estáis locos… y me queréis robar y matar…

De repente, se volvió a poner de pie, escrutando atentamente sus rostros.

-¿Hacia dónde os dirigís? -preguntó.

-A la ciudad -contestó la mujer.

El hombrecillo volvió a tirarse al suelo, gimoteando.

-…la embarazada va a la ciudad, la matarán, la matarán…, ah, ah… y yo sólo quiero mis asientos y ellos me quieren matar…

El hombre empezó a recoger sus cosas para continuar el viaje, mientras la mujer era incapaz de dejar de mirar las muecas de aquel ser.

Al ver que la pareja se iba, el hombrecillo se levantó y se acercó corriendo hasta ellos, haciendo que el hombre volviese a apuntarle con el rifle.

-¡Tranquilo, tranquilo! Sólo quiero verla otra vez, antes de que os vayáis -y el hombrecillo se quedó mirando la barriga de la mujer, que no pudo evitar sonreír-. Hacía tiempo que no veía una…

-¿Quieres tocarla? -dijo la mujer, provocando la tensión en el rostro de su compañero, al que tranquilizó con una caricia.

-¿En serio?…

El hombrecillo se acercó a saltitos y posó su mano derecha en la barriga de la mujer. Sonrió, antes de volver a apartarse súbitamente y empezar a escudriñar el interior de su repleta riñonera, en compulsiva búsqueda de algo.

Finalmente, volvió donde estaba la mujer, llevando algo en la mano derecha.

-Es para ti -dijo, con repentina timidez, extendiendo su manita, en la que había una pequeña caja de plástico rosa-. Es como… un amuleto. Siempre me ha dado suerte para encontrar muchas cosas bonitas… pero nunca tan bonitas como la que hay dentro de la caja.

La mujer abrió con cuidado la tapa. Su cara se iluminó al ver su contenido, que dejó caer en la palma de su mano.

-Una bellota -dijo al hombre, sonriendo.

El hombre apoyó el rifle en el hombro y pareció un poco menos tenso que de costumbre.

-¿Sabes lo que es? -inquirió el hombrecillo, muy sorprendido.

-Sí. Es una bellota. El fruto de un roble.

El hombrecillo parpadeó.

-¿Qué es un roble?

La mujer no pudo evitar que se dibujara una sonrisa triste en su cara.

-Es un árbol -respondió.

El hombrecillo volvió a parpadear.

-Y… ¿qué es un árbol?

La mujer se acercó a la mochila que portaba su compañero y rebuscó en ella. Extrajo un pequeño paquete envuelto en papel, en cuyo interior había varias fotografías ya avejentadas, pero que aún guardaban algo de sus colores originales. La mujer eligió una y se la dio al hombrecillo, que la recogió con exagerado cuidado entre sus manos.

En la foto, se podía ver una casa al borde de un acantilado.

-Esto son árboles -le indicó la mujer-. Y éste es un roble. De aquí -dijo la mujer, sosteniendo la bellota ante los ojos del hombrecillo- puede salir uno como éste.

El hombrecillo miraba alternativamente a la bellota, a la mujer y a la fotografía, sin poder cambiar su expresión de estupefacción.

-Ahora la foto es tuya -dijo la mujer, sonriendo.

El hombrecillo susurró gracias mientras volvía a contemplar aquella imagen plana. La mujer le besó en la frente y volvió junto al hombre.

Cuando ya habían vuelto al camino, escucharon de nuevo la voz del hombrecillo.

-¿Cómo se llama este lugar? -le oyeron gritar.

La mujer se dio la vuelta, sin dejar de andar.

-La Casa de Rilo -contestó.

El hombrecillo volvió a mirar la fotografía.

-Rilo…

RILO

El día era completamente azul en los acantilados.

Salió de la Gran Casa y subió por el camino que llevaba hasta el viejo limonero. A su izquierda, el vacío. Allá abajo, el mar.

Los niños jugaban entre las tumbas. Todas limpias y bien cuidadas. Todas a la sombra del limonero. Una figura, sentada, apoyaba la espalda en el tronco del árbol.

Al darse cuenta de la irrupción del recién llegado, los niños lo rodearon un momento, antes de volver a sus juegos. El anciano se irguió en su asiento y le saludó con una sonrisa.

-¿Te vas ya? -preguntó el viejo.

-Sí, bisabuelo.

El joven se sentó en la hierba. Ambos se quedaron en silencio, observando entretenidos los juegos de los niños.

-Sé que no te parece bien… -empezó el joven.

El viejo sonrió.

-Oh, chiquillo. No hagas caso a mi cansancio. Haces lo que crees que debes hacer. Esa es la única forma de aprender en la vida.

-Equivocarse… -musitó el joven, mirando a su bisabuelo con media sonrisa.

El viejo también sonrió.

-Tu bisabuela solía decir: nadie escarmienta en cabeza ajena -el anciano dirigió la mirada hacia una de las lápidas que los rodeaban-. Yo viví mi vida. Tú tienes que vivir la tuya.

El alboroto infantil volvió a reinar.

-La situación cada vez es más complicada, es necesario hacer algo, ayudar a que… -el joven calló, al ver que el viejo meneaba la cabeza.

-Hagas lo que hagas, Iván, recuerda que éste es tu hogar -le dijo el viejo, mirándole a los ojos-. Siempre podrás regresar a él.

Ambos volvieron a mirar a los niños, que parecían discutir sobre algo. Iván dejó que la mirada se le perdiera en el horizonte, apenas distinguible entre el azul del mar y el azul del cielo.

Una niña se separó del grupo y se acercó corriendo al árbol, seguida de cerca por el resto de chavales.

-Tata, ¿qué es la felicidad? -preguntó al viejo.

Iván rio la ocurrencia y miró curioso a su bisabuelo, que sonreía divertido. Giró el cuerpo y, mirando fijamente a los niños, acarició la corteza del limonero.

-Este árbol lo plantó el tatarabuelo del tatarabuelo de mi tatarabuelo. Y ahora os veo a su sombra. Esa es la felicidad, mi querida niña.

Los niños se quedaron mirando el árbol como si nunca antes lo hubiesen hecho. Como si pudiesen ver sus raíces abrazar las rocas del acantilado, como si las ramas fuesen capaces de acariciar el mismo cielo.

Iván se levantó e intercambió besos con el viejo.

-Quizá me haya convertido en piedra cuando regreses -dijo el anciano, con una sonrisa, indicando las lápidas-. Cuídame también entonces.

Iván sonrió y volvió a besar a su bisabuelo.

Recorrió de vuelta el camino hacia la Gran Casa. Al fondo quedaban las risas de los niños.

ἀρχή

En Amanece que no es poco, al escritor argentino Bruno le sale, sin querer, escribir Luz de agosto, de Faulkner. Es un acto involuntario, que diría la Cifu; simplemente, le ocurre así.

Como personaje límite, Bruno ejemplifica la imposibilidad de la repetición en la creación artística. De hecho, incluso sus plagios involuntarios, arrancada la obra plagiada de su circunstancia matriz, son en sí mismos actos con sustancia propia, ya no homologables a los textos originales.

Es decir: la pretensión contemporánea del creador artístico típico y tópico de intentar ser original, entendiendo por esto la capacidad para crear cosas que no se hayan visto nunca antes -novedades-, es completamente estúpida. Toda creación es, por definición, única. Porque su autor (o autores), también es único. Nunca ha sido antes y nunca volverá a ser. De la misma forma que la época en que vive nunca ha sido antes y nunca volverá a ser.

Si el objetivo es ir a la verdad de las cosas y el número de éstas que resultan relevantes para el ser humano puede ser amplio, pero en ningún caso infinito, es normal que se produzca la repetición de cierto tipo de temáticas o formas. Esto no debe angustiar al creador en ningún caso.

Al contrario, el hecho de que nadie más haya vivido su vida hace imposible a otros que puedan alcanzar el tipo de matices que distinguirán, irremediablemente, su obra.

Es decir: en última instancia, el creador está solo. Es su propia autoexigencia con respecto a la búsqueda de la verdad la que dará el nivel definitivo de la calidad de su obra. Pero ni siquiera este nivel será medible, cuantificable, comprobable, objetivable, por medios humanos.

¿Existe algún ámbito en el que le demos más importancia al principio de autoridad que en el del auténtico arte? Nos acercamos a algo que esperamos bello porque alguien nos ha invitado a ello.

Sería fascinante reconstruir el hilo completo de recomendaciones que nos han ido llevando de una lectura a otra, de una película a otra, de una canción a otra. En muchas ocasiones, recomendaciones que nacen de esas mismas lecturas, películas o canciones a las que hemos llegado por una recomendación anterior.

O sea: la historia de nuestro criterio estético es, ella misma, una tradición. Funciona como tal. Y es ella misma también, como nuestra propia individualidad humana, irrepetible. Conformada por mil pequeñas decisiones, propias y ajenas, que nos han ido diferenciando de cualquier otro hombre o mujer.

Por mucho que intentemos parecernos a otros, nunca lo conseguiremos completamente. Por mucho que intentemos repetir algo, nunca saldrá igual.

La originalidad, por lo tanto, ha de ser alcanzada de otra forma. Y como la propia palabra señala, la clave está en ir al origen. Al principio de lo que las cosas son. A su verdad. A esa verdad que, aunque se disfrace de muchas maneras distintas a través de las épocas y eras humanas, permanece inmutable en cada momento histórico. Amando todo: el disfraz casual y el núcleo eterno. Pues ambos son necesarios para que la verdad quede a nuestro alcance.

Porque la tradición nunca fue repetición exacta, pues no puede serlo. Ni la novedad es mérito, pues es inevitable.

Porque no se perderá ni la letra más pequeña de la ley; y es por ello que el enojo está de más si se cura a alguien en día de reposo.

AGUA Y ACEITE

La historia de la filosofía tiene monotonía de péndulo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1196.

“Así como antes el Pequod abruptamente se inclinaba hacia la cabeza del cachalote, ahora, por el contrapeso de ambas cabezas, recuperó el equilibrio; aunque sumamente tenso, como se pueden imaginar. Del mismo modo que, si cargas a un costado la cabeza de Locke, hacia ella tiendes; pero al cargar al otro la de Kant, vuelves de nuevo al punto de partida; aunque de mala manera. Así, algunas mentes logran mantener siempre el equilibrio. ¡Oh, estúpidos!, lanzad todas esas cabezas de trueno por la borda, y entonces flotaréis ligeros y derechos.”

Moby-Dick or The Whale, de Herman Melville; Wordsworth Classics, 2002; capítulo 73, pgs. 272-273 [traducción propia].

LA OBRA ERA ESTO

…los hombres -ahora y desde el principio- comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante la peculiaridades de la luna, y las del sol y los astros, y ante el origen del Todo. Ahora, bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe (de ahí que el amante del mito sea, a su modo, amante de la sabiduría: y es que el mito se compone de maravillas).

Metafísica, de Aristóteles; Libro primero, 982b 12-20; Gredos, 1994; pgs. 76-77.

La obra era esto.

Este cajón de sastre.

Esta incapacidad para la novela clásica, para el relato canónico. Para el mero ensayo. Para la simple teología. Este tocar todos los palos y romperlos todos. Esta ideología de género literaria.

Esta brevedad, más perezosa necesidad que aforística virtud.

Este yo y esos otros yoes y esos otros otros. Los disfraces y máscaras. Los personajes que me pongo. Los héroes que no soy. Las verdades, las mentiras, las contradicciones.

Las citas, las opiniones, los insultos y los abrazos. Las traiciones (muchas) y fidelidades (pocas). Las caídas y subidas.

Mi vida (y las vuestras), a cachos. A escondidas.

Tantas entradas escritas. Tantas entradas borradas. Todo parte del montaje final. Y aquí dirijo yo, mal que nos pese.

Cada vez más, si cabe, perplejo y maravillado. Amante aún del saber, amante siempre de los mitos. Amante del contar, en casi cualquier forma en que se presente. Mientras intente ser un contar verdad.

Esta obra cuyo único hilo de sentido, quizá, sea este mero continente virtual que lo amontona caótico y confuso, en lineal diacronía.

Y que, al igual que el magnífico Chris, sólo puede aseverar que viene de atrás y que va hacia adelante.

Calle del Orco

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Al Servicio de su Majestad

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El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

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