ALLÍ NO SE DIVERTÍA NADIE

por El Responsable

Destacó los efectos del alcohol en todos los participantes y señaló que, a su juicio, bajo una imagen de aparente diversión cree que allí no se divertía nadie.

Sobre la declaración como perito del psiquiatra Alfonso Sanz Cid, en el voto particular del Magistrado Ricardo Javier González González a la sentencia sobre el caso de La Manada, pg. 291.

No es de extrañar que a este Magistrado le expedientaran en su día por su tardanza a la hora de dictar resoluciones. De las 371 páginas que componen el texto de la sentencia, 238 pertenecen a su voto particular.

De su lectura uno saca la sensación de un detallismo casi neurótico; algo que, en este asunto, no puede ser visto sino como una virtud. Su capacidad para destruir los razonamientos de sus colegas de Sección es abrumadora.

Sin embargo, apenas presta atención a un elemento al que sus compañeros sí dan mucha importancia. Y realmente creo que la tiene. Aunque quizá no para confirmar, como a ellos les gustaría, que haya existido una violación o ni tan siquiera un abuso sexual.

Hablo del hurto del móvil de la supuesta víctima por parte del Guardia Civil Antonio Manuel Guerrero. Según los dos magistrados que han redactado la sentencia, lo hizo para impedir que ella pudiera pedir socorro. Las circunstancias, sin embargo, hacen ridícula tal explicación. Al salir a la calle, podía haber pedido ayuda a cualquier persona.

¿Por qué llevarse el móvil, entonces? El Magistrado autor del voto particular no plantea ninguna explicación.

Para mí no deja de ser un misterio. Es un acto que sólo parece mostrar desprecio. Antonio Manuel Guerrero grabó 6 de los 7 vídeos (todos, salvo el que grabó Alfonso Jesús Cabezuelo) y sacó las 2 fotografías de los actos sexuales. Sólo fue objeto de una felación, no realizó ninguna de las penetraciones. Fue más un observador que un participante.

Los dos Magistrados redactores de la sentencia hacen mucho hincapié en que la supuesta víctima fue tratada como un mero objeto con el que saciar instintos sexuales. Y el hurto del móvil parece demostrar tal hecho. Pero tratar como un objeto a otra persona con la finalidad de satisfacer un deseo sexual no es delito. De hecho, es algo cada vez más común y asumido en el mundo en el que vivimos.

El caso es que la acción de Antonio Manuel Guerrero va un paso más allá. Pero, ¿por qué? ¿Qué necesidad hay de hacer sentir mal a alguien que, al parecer, te ha proporcionado placer y diversión? Es como si el propio consentimiento de la muchacha le molestase. Como si quisiera destruir el único resto de exigua humanidad que hubiese podido haber en su encuentro. Como si se arrepintiese de no haberla violado, como si quisiese dejar claro que no la considera una igual. Como si no hubiese acontecido nada que agradecer.

Es curioso el peso que parece tener la desaparición del móvil en la reacción de la mujer. El Magistrado autor del voto particular casi llega a plantear la posibilidad de que es precisamente el hurto del móvil lo que saca de quicio en un primer momento a la muchacha, como colofón a la toma de conciencia repentina de todo el desastre ocurrido.

La constatación de que no ha vivido nada que merezca la pena recordar. Que no es algo que le vaya a apetecer contar a nadie. Que de hecho, se siente mal. Muy mal.

Que, al contrario de lo que la época les había prometido a todos ellos, allí no se divertía nadie.

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