CEREMONIA

por El Responsable

“Debajo de nosotros, al otro lado del camino, se hallaba la ermita de Tenju. Un sendero de losas cuadradas cuyos ángulos se tocaban corría sinuoso a través de un jardín con plantas muy simples, árboles bajos y apacibles, y conducía a una amplia pieza cuyas grandes puertas corredizas estaban abiertas. Se podía ver todo el interior, la alcoba, el aparador, los estantes. Allí debían ofrecer a menudo el té a huéspedes de categoría, o alquilar la casa para la ceremonia del té; una hermosa alfombra roja cubría el suelo. Había una mujer joven sentada. Y aquella confusión de brillantes colores que mis ojos habían captado, era ella.

Durante la guerra era casi imposible encontrarse con una mujer en kimono de largas mangas, una mujer espléndida como aquélla. Aparecer vestida así significaba correr el riesgo de sufrir durísima censura y de verse obligada a retirarse. ¡Tan suntuoso era su vestido! Yo no llegaba a percibir los detalles, pero sobre un fondo azul pálido había una variedad de flores pintadas y bordadas, y centelleaban los hilos de oro de la cintura: habría podido decirse, forzando un poco la imagen, que aquel vestido desprendía una luz en torno a ella. Viéndola así, impecablemente sentada, su blanco perfil esculpido en relieve, se tenía la duda de si aquella joven mujer estaba realmente viva. Tartamudeando abominablemente, dije:

-¿Está viva o no?

-Yo también me lo pregunto. Parece una muñeca -respondió Tsurukawa, el cual, pegado a la balaustrada, no le quitaba el ojo.

En aquel momento, en el fondo de la pieza, apareció un joven oficial vestido de uniforme. Después de los saludos conforme a la más estricta etiqueta, se sentó frente a ella, a cierta distancia. Los dos permanecieron un momento sentados frente a frente, muy quietos.

La mujer se levantó y desapareció silenciosamente en la sombra del corredor. Regresó unos instantes más tarde, ofreciendo ceremoniosamente una taza de té. Una suave brisa movía sus amplias y largas mangas. Se arrodilló frente al hombre y le presentó el té. Una vez cumplidas estas normas de cortesía, regresó a su sitio y se sentó. El hombre dijo alguna cosa, pero no tocó todavía el té. Estos minutos me parecieron extrañamente largos, tensos. La mujer inclinó con toda deferencia una frente llena de sumisión.

Fue entonces cuando se produjo lo increíble. Sin cambiar lo más mínimo su postura perfectamente protocolaria, la mujer, de pronto, abrió el escote de su kimono. Mi oído casi percibió el crujido de la seda frotando el rígido revés del cinturón. Dos pechos de nieve aparecieron. Yo retuve mi aliento. Ella tomó en sus manos uno de los blancos y opulentos senos y me pareció que empezaba a oprimirlo. Arrodillado frente a la mujer, el oficial alargó la taza, de un profundo color negro.

Sin que pretenda, en rigor, haberlo visto, sí tuve por lo menos la sensación inmediata -como si todo ocurriese allí mismo, delante de mis ojos- de una leche blanca y tibia que caía sobre el té, donde una espuma verdosa llenaba la taza, fundiéndose en seguida y no dejando más que unas pequeñas manchas en la superficie tranquila del brebaje. El hombre levantó la taza y bebió hasta la última gota de aquel extraño té. La mujer reintegró sus senos dentro del kimono.

Nosotros, inmóviles, fascinados, no podíamos dejar de mirarles. Más tarde, al pensar en ello con más sosiego, supusimos que debió tratarse de la ceremonia del adiós entre un oficial que partía al frente y una mujer que le había dado un hijo.”

El pabellón de oro, de Yukio Mishima; capítulo II.

Obra de Ikenaga Yasunari

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