DE BUENAS INTENCIONES ESTÁ EMPEDRADO EL CAMINO AL INFIERNO

por El Responsable

Querido Xacin, me encuentro en este momento enmarañado en la ansiedad y la leve pero continua angustia que me genera este final de carrera, estos putos exámenes. Me estoy a punto de ir a trabajar, pero no puedo dejar de contarte que hoy me ha llegado tu última carta y que acabo de terminar de leerla y que para poder escribir he tenido que esperar hasta dejar de llorar.

Puede ser que yo me muera y no logre escribir nada que me conforme y nunca publique nada, pero no voy a morir sin haberte insistido hasta el hartazgo en que te dediques con toda la intensidad que puedas a escribir.

Estas palabras pertenecen a un correo que me envió Santiago Gerchunoff el 8 de septiembre de 2005. Las guardo porque son, seguramente, el mayor halago que mi escritura ha recibido jamás. El criterio de Santiago es, quizá, el que más respeto, basado en docenas de conversaciones y recomendaciones literarias.

Pero también guardo este correo porque es la mejor lección que la vida me ha enseñado sobre la vanidad humana. Desgraciadamente, es una lección que tengo cierta facilidad para olvidar.

La carta a la que se refería Santiago era una copia de otra que le había enviado a un miembro de mi familia paterna.

La historia de mi familia paterna es, seguramente, el libro que alguna vez tendré que escribir.

El caso es que aquella carta, escrita y dirigida con la mejor de las intenciones, con el profundo deseo de reunir los cachos dispersos de los míos, acabó provocando desastres y desmanes difíciles de aceptar.

A pesar de que, objetivamente, no cabían el remordimiento y la culpa, éstos nacieron. Porque la línea causal de lo que acabó sucediendo, aunque fuera evidentemente sin intención, tenía su inexorable principio en mi acto de redacción de aquella carta.

Tan bien escrita.

El ser humano es mucho más ignorante de lo que jamás será capaz de imaginar. Sobre el mundo. Sobre sí mismo.

La necesidad de ser humilde no es sólo un remedio individual contra la impiedad propia, sino también una defensa contra la general difusión del mal. Un katejón, como diría San Pablo.

Incluso la más diminuta de nuestras acciones puede tener consecuencias imprevisibles. Sólo en la doliente consciencia de esta verdad puede ser uno realmente responsable de sus actos.

Probablemente, el resultado será actuar cada vez menos, cada vez más pequeñito.

Al entender que el libre arbitrio es un fragmento de poder divino en manos de ridículos y peligrosos monos pelados.

‘Juicio universal’, de Roberto Ferri