EL SUAVE MURMULLO DE LAS COSAS

por El Responsable

Tonteando por internet entre test y test de las oposiciones, descubro la historia de la activista cristiana Katy Faust, firme opositora al matrimonio homosexual y, sobre todo, a la adopción de niños por parejas no heterosexuales.

Lo que hace peculiar a Katy Faust es que ella misma fue criada por su madre lesbiana y su compañera, después de que aquélla se divorciara del padre de Katy.

Pero el que esté imaginando una historia de abusos a manos de su madrastra o algo semejante, se equivoca completamente. Katy siente el mayor de los respetos por su madre y su pareja, a las que considera mujeres ejemplares.

El caso es que Katy se convirtió al cristianismo durante su adolescencia y ahí está, defendiendo lo que ella considera justo y verdadero.

Todo esto me hace pensar en el comentario que un amigo me puso el otro día en Facebook, cuando compartí este artículo de Juan Manuel de Prada. Mi amigo se quejaba del misticismo del autor y decía que, seguramente, buena parte de esta oposición al cristianismo no es más que el típico matar al padre de estas últimas generaciones aún educadas en medios socialmente cristianos.

La típica rebeldía de las nuevas generaciones respecto de los valores en los que han sido criados.

La historia de Katy Faust me hace pensar que una de las pocas cosas eternas en el ser humano es, precisamente, este revolverse adolescente contra nuestro primer hogar.

Y en una época que ha exacerbado el estado de rebelión y de crítica a lo anterior hasta la categoría de virtud semidivina, no dejan de resultar curiosos los esfuerzos de tantos movimientos por apoderarse de todas las estructuras educativas y estatales para imponer determinado tipo de ética.

40 años de dictadura nacionalcatólica hicieron de España uno de los países más progresistas del mundo. Otros tantos años de comunismo han hecho de Polonia uno de los países más férreamente católicos del mundo.

Esta vana y agitada lucha por el poder terrenal de los hombres y las mujeres para definir las cosas según dictan sus minúsculos egos, que contemplo con aburrida perplejidad, me hace desear cada vez más el silencio suficiente para intentar escuchar el suave murmullo de lo que las cosas realmente son.

Que, en la mayoría de las ocasiones, se muestra en forma de belleza.

Detalle de ‘Jeanne’, de William Adolphe Bouguereau (1888)

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