El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Marzo, 2018

COPLAS A LA MUERTE DE MI PADRE

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LA CASA DONDE ESTARÉ

-No estás centrado en la partida…

-¿Por qué lo dices?

-Por lo que acabas de hacer con esa torre.

-…mmm…

Miró el tablero con desgana.

-¿En qué piensas?

-Que la versión europea de The Walking Dead sería de un romanticismo casi bucólico.

-Ajá -respondió su rival, mientras movía un peón-. Y, ¿cómo es eso?

-Piénsalo. Muchos de los supervivientes acabarían refugiándose en castillos, monasterios, antiguas ciudades amuralladas… De repente, volverían a cumplir su función esencial. Proteger.

-Cierto -asintió, sin dejar de estudiar la constelación de piezas-. Yo me refugiaría en Carcassonne. Jaque.

-Sí, estaría bien. Aunque yo creo que preferiría Mont Saint-Michel. Me rindo.

Se estiró, mientras fijaba su mirada en el castillo.

ABRAHAM GONZÁLEZ, DETECTIVE SALVAJE

-Y, ¿qué? ¿Qué le trae por estas tierras? -preguntó el camarero, mientras secaba un vaso detrás de la barra.

-Trabajo -respondió, antes de darle un sorbo a su café irlandés.

-¿Es usted periodista? –volvió a preguntar.

-Algo así -se quedó pensativo, mientras daba otro sorbo-. Detective.

-Ah -dijo el camarero-. ¿Algún tema escabroso entre manos?

-No soy policía.

-¿Detective privado? ¿No le habrá mandado mi ex-mujer? -se carcajeó.

-No, no soy ese tipo de detective.

-¿Ah, no? ¿Y qué tipo, entonces? ¿Qué busca?

-Busco buenas personas.

El camarero dejó de secar y miró a su cliente elevando la ceja derecha.

-¿Conoce usted a alguna? -preguntó el cliente.

-¿Alguna qué?

-Alguna buena persona.

El camarero se quedó pensando, con la mirada perdida. Se quedó pensando un buen rato, mientras el cliente esperaba con paciencia, paladeando el contenido de su vaso.

-Nadie vivo -dijo al fin, un poco sorprendido de su propia respuesta-. Usted es escritor, ¿verdad?

-No. Sólo intento salvar el mundo. Quid si inventi fuerint ibi decem?… -dijo el cliente, mientras se ponía su cazadora negra.

-¿Qué es eso? ¿La Biblia?

-Génesis. 18, 32. ¿Cuánto es?

El camarero tardó en responder.

-Invita la casa.

-Se lo agradezco -dijo el cliente, sonriendo-. Quizá sea usted a quien busco.

El camarero sonrió.

-Buena suerte -le dijo, mientras lo veía marchar.

LÁGRIMAS DE ÁNGELES DE LA GUARDA FRACASADOS

Hay pocas conclusiones que sacar del asesinato del niño Gabriel Cruz. El ser humano es lo que es y este tipo de hechos seguirán ocurriendo hasta el final de los tiempos.

Todo lo han intentado ya las diversas civilizaciones humanas que en la historia han sido y son, para intentar erradicarlos.

Pero al final de cada ley, de cada código penal, de cada método educativo, permanece incólume y eterno el mismo hecho primordial: el libre arbitrio, la posibilidad de elegir.

La misma partida se vuelve a jugar constantemente, en el alma de cada ser humano, cada vez que tiene que tomar una decisión. No hay forma de escapar a esa verdad primera. Somos lo que hacemos. Para bien y, en tantas ocasiones, para mal.

La mera existencia del ser humano entraña este riesgo eterno. El riesgo eterno del dolor y el sufrimiento. Del mal.

Sería falsa, sin embargo, la imagen que se transmitiera del ser humano, si insistiéramos en el trágico final en que suelen terminar las acciones humanas, hasta darle la categoría de necesidad; desesperando para siempre de las criaturas de Dios.

Cuando la mujer que portaba el cadáver del niño trata de explicar a los agentes que ella no sabía que tal cosa se encontraba en el maletero del coche, sin que la misma sepa que ha sido grabada y fotografiada metiéndolo ahí, uno de los hombres que la han detenido le echa las manos al cuello durante unos segundos, antes de lograr controlar su propia ira.

Rabia que es liberada por otro de sus compañeros, rompiendo de un puñetazo el cristal de una de las ventanillas del coche.

Y las lágrimas de ambos. Lágrimas de ángeles de la guarda fracasados.

Qué profunda y triste belleza hay en esa rabia noble, en esas lágrimas impotentes.

Quizá sea una belleza pobre, exigua e insuficiente para tantos optimistas revolucionarios, que siguen confiando en una cura terrenal definitiva de nuestras miserias.

Pero es la melancólica belleza de la que somos capaces los que creemos en la naturaleza caída, pero redimible, del ser humano. Y que, por ello mismo, tratamos de no desesperar nunca de él.

Y así, no desesperar nunca de nosotros mismos.

EL SUAVE MURMULLO DE LAS COSAS

Tonteando por internet entre test y test de las oposiciones, descubro la historia de la activista cristiana Katy Faust, firme opositora al matrimonio homosexual y, sobre todo, a la adopción de niños por parejas no heterosexuales.

Lo que hace peculiar a Katy Faust es que ella misma fue criada por su madre lesbiana y su compañera, después de que aquélla se divorciara del padre de Katy.

Pero el que esté imaginando una historia de abusos a manos de su madrastra o algo semejante, se equivoca completamente. Katy siente el mayor de los respetos por su madre y su pareja, a las que considera mujeres ejemplares.

El caso es que Katy se convirtió al cristianismo durante su adolescencia y ahí está, defendiendo lo que ella considera justo y verdadero.

Todo esto me hace pensar en el comentario que un amigo me puso el otro día en Facebook, cuando compartí este artículo de Juan Manuel de Prada. Mi amigo se quejaba del misticismo del autor y decía que, seguramente, buena parte de esta oposición al cristianismo no es más que el típico matar al padre de estas últimas generaciones aún educadas en medios socialmente cristianos.

La típica rebeldía de las nuevas generaciones respecto de los valores en los que han sido criados.

La historia de Katy Faust me hace pensar que una de las pocas cosas eternas en el ser humano es, precisamente, este revolverse adolescente contra nuestro primer hogar.

Y en una época que ha exacerbado el estado de rebelión y de crítica a lo anterior hasta la categoría de virtud semidivina, no dejan de resultar curiosos los esfuerzos de tantos movimientos por apoderarse de todas las estructuras educativas y estatales para imponer determinado tipo de ética.

40 años de dictadura nacionalcatólica hicieron de España uno de los países más progresistas del mundo. Otros tantos años de comunismo han hecho de Polonia uno de los países más férreamente católicos del mundo.

Esta vana y agitada lucha por el poder terrenal de los hombres y las mujeres para definir las cosas según dictan sus minúsculos egos, que contemplo con aburrida perplejidad, me hace desear cada vez más el silencio suficiente para intentar escuchar el suave murmullo de lo que las cosas realmente son.

Que, en la mayoría de las ocasiones, se muestra en forma de belleza.

Detalle de ‘Jeanne’, de William Adolphe Bouguereau (1888)

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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A Día de Hoy

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