CONSUBSTANTIALEM PATRI

por El Responsable

Cuando tu hijo empieza a mirarte fijamente, clavando sus ojos en los tuyos.
Como si el misterio de la existencia te devolviera la mirada.
Y comprendes, como nunca antes lo habías hecho, la abrumadora verdad de un dios en el que moran la conversación de un padre y un hijo.
Y ves la aceptación de la promesa conjunta de felicidad y dolor como la clave de ser humano.
Arriesgarse a criar un nuevo personaje del libro de la vida, para que nunca falten relatos que contar en las posadas del camino.
Para que no falte la literatura: las caídas, las penitencias.
La redención.

Tu hijo te mira y te sonríe. Y sólo quieres el imposible de que esa sonrisa se proyecte en un infinito y eterno círculo irrompible que tú mismo entiendes sería la negación de lo que la existencia humana es. Y debe ser.

Y en el mismo centro de esa sonrisa que te limpia y atempera el alma, notas la presencia de toda la oscuridad contra la que tu hijo habrá de combatir, solo, algún día.
Te ves en tu hijo, padre impotente obligado al sacrificio.

Y evidentemente quieres que tu hijo viva. Pero vivir es sufrir.
Y entonces sólo te queda desearle:

que tu sufrimiento sea amor.

Como las espinas que coronan a Dios.

“Coronación de la Virgen”, de Diego Velázquez (entre 1635-1648)

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