El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Novembro, 2017

LOS CACHORROS DE LA MANADA

Son innumerables los artículos y estadísticas de estos últimos días que inciden en el creciente problema de la violencia sobre la mujer.

En uno de ellos, descubrimos lo acostumbrados que parecen los jóvenes españoles a la presencia de tales sucesos.

En otro, el doctor en Psicología Javier Urra dice lo siguiente: El problema hoy es que la agresión grupal está aumentando. Es un punto de inflexión. El grupo genera combustión por sí mismo. ¿Cometen los hechos por el alcohol y las drogas? ¿O toman las drogas para desinhibirse y salen de caza y cometen el acto? La respuesta es la segunda.

El discurso hegemónico considera que esta violencia masculina sobre las mujeres es causada principalmente por posiciones propias de actitudes y religiones incapaces de ponerse a la altura de los tiempos. El famoso patriarcado.

Pero lo que contemplamos es que estos datos de violencia crecen en sociedades en las que, como la española, se han aprobado leyes, con amplio consenso social, sobre el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo; sociedades en las que la secularización de la mayoría de la sociedad es un hecho completamente triunfante. Es sabido que los peores datos de violencia de género los proporcionan los progresistas y socialdemócratas países escandinavos.

Así las cosas, el discurso hegemónico contesta que lo que ocurre, entonces, es que las estadísticas sobre violencia machista se disparan por el éxito de las campañas contra el silencio autoimpuesto por las mujeres que sufren tales hechos.

Con lo cual, el discurso hegemónico siempre tiene razón, y su forma de encarar el problema siempre es la adecuada. Suban o bajen las cifras de la violencia, las soluciones que se están poniendo en práctica son las correctas.

Pero la manada no para de crecer.

Así que mi pregunta es:

cuál es la razón de que, en estos tiempos de amplísima y fomentada libertad sexual, en los que somos educados en las maravillas de todo tipo de actos y relaciones orgasmáticas, en los que las campañas en contra de la violencia machista se han hecho sitio en todas las instituciones sociales y estatales, en los que la igualdad de derechos se ha plasmado en todos los textos legales;

¿por qué, justo ahora, la manada no para de crecer?

EL REGRESO A CASA DE XACOBE GONZALEZ

Es la noche del miércoles 16 de noviembre de 2016.

Xacobe Gonzalez contempla el cielo estrellado sobre el Mediterráneo, enfundado en el chándal blue del ejército de tierra francés.

Reza el Rosario por ella.
Reza el Rosario por su madre.
Reza el Rosario por él mismo.

A la mañana siguiente abandonará con sus tres compañeros la residencia de Malmousque y regresará a Aubagne, donde se decidirá su destino.

Y el de tantos otros.

También el de su hija
cuyo ser mora aún
en la sustancia del futuro
en los cimientos del océano
en el primer color del universo.

En la inquieta nada del misterio.

SOBRE LA REFORMA CONSTITUCIONAL

Los artículos 167 y 168 de la Constitución Española de 1978 exponen los dos procedimientos por los que se puede realizar la reforma constitucional.

El artículo 167 presenta el procedimiento ordinario, el único que ha sido utilizado hasta ahora para las dos reformas de 1992 y 2011.

El artículo 168, por su parte, define el procedimiento agravado, que presenta requisitos más complicados para llevar a efecto el cambio en el texto constitucional.

Cualquier reforma que pretendiese dotar a algún territorio del Reino de España del derecho de autodeterminación exigiría cambiar el artículo 2 del Título Preliminar de la Constitución, que explicita la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles. Por lo tanto, al implicar la alteración parcial del Título Preliminar, tal reforma constitucional exigiría efectuarse a través del procedimiento agravado del artículo 168.

Para ello, el inicio del proceso de reforma debería ser aprobado por mayoría de dos tercios en el Congreso y en el Senado. Cubierto este trámite, se disolverían ambas Cámaras y se convocarían elecciones de forma inmediata. Las Cámaras recién elegidas deberían ratificar la propuesta de reforma, por mayoría simple en el Congreso y absoluta en el Senado. Comenzaría entonces el estudio del nuevo texto constitucional por ambas Cámaras, que sólo podrían aprobarlo tras una nueva votación en cada una de ellas en la que se alcance, nuevamente, los dos tercios de diputados y senadores. Finalmente, el nuevo texto debería ser ratificado en referéndum.

Por lo tanto, serían necesarios 117 diputados para bloquear dicha reforma en el Congreso de los Diputados y 89 en la actual composición del Senado. Ahora mismo, la única formación política que alcanza por sí sola tales números es el Partido Popular, con 134 diputados en el Congreso y 147 senadores.

A pesar del referéndum final, el verdadero momento plebiscitario sería el de las elecciones posteriores a la disolución de las Cortes provocada por la aprobación del inicio del procedimiento de reforma. En tales elecciones, los partidos políticos deberían posicionarse claramente respecto a la aprobación o no del cambio constitucional; si el resultado electoral conformase unas Cámaras capaces de ratificar la reforma con mayorías de dos tercios, entonces sería evidente que la reforma también sería aprobada en referéndum.

Por lo tanto, el momento crucial para detener la transformación del Reino de España en un estado confederal sería votar en tales elecciones a partidos políticos que fueran capaces de sumar la minoría de bloqueo en el Congreso de los Diputados (en el Senado, por su forma de elección, resultaría mucho más complicado alcanzar dicha minoría).

Los 7 redactores de la Constitución Española de 1978; de pie, de izquierda a derecha: Gabriel Cisneros, José Pedro Pérez Llorca y Miguel Herrero, de Unión de Centro Democrático; sentados, de izquierda a derecha: Miquel Roca (Convergència), Manuel Fraga (Alianza Popular), Gregorio Peces-Barba (PSOE) y Jordi Solé Tura (PSUC, federado con el Partido Comunista).

SOY LO QUE VES

Desayunamos temprano, de madrugada, tras el último biberón, mientras Ana Ofelia duerme.

Ella me pregunta si creo en dios.

Supongo que sí, respondo, aunque no tengo muy claro a qué me obliga tal cosa.

Ella quiere que Ana Ofelia crezca en una casa donde se celebre la Navidad. Y quiere explicarle de dónde viene esa tradición. Hablarle de Jesús y de un dios de amor.

No sé qué pensar al respecto. Por un lado, me parece bien. Por otro, me siento raro ante la idea de un Cristianismo a la carta, en el que uno coge del menú lo que le viene bien.

Si algo tengo claro es que ser cristiano es muy complicado. Sobre todo si uno quiere ser cristiano católico. Pero ella no quiere ser católica.

Y yo tampoco.

Según la doctrina de la Iglesia, si yo ahora muriese sin confesión, iría de cabeza al Infierno. Es un hecho objetivo, que no admite dudas dentro de la estructura de principios del Catolicismo.

Pero lo que sí puedo confesar es que dudo profundamente de que mi actual situación vital merezca tal castigo. Y sé que es una duda que me arrastra definitivamente fuera de la Iglesia católica. No doy la talla como católico. Y no me importa.

A mi hija, si le interesa, le contaré qué hay que hacer para ser católico. Insistiendo en las exigencias y en los sacrificios que tal postura existencial conlleva. Pero mi ejemplo será otro.

Así que, desde la perspectiva católica, siempre seré un cristiano de baja intensidad. O un simple hereje. Y es cierto. No doy la talla, porque no me interesa darla. No creo en ella. No me siento concernido por una religión que, en determinado momento de este último año, me dijo: ¿de qué dragones pretendes proteger a esta pobre niña, que vendrá al mundo sin padre ni madre legítimos, sin una verdadera familia, si el dragón más peligroso que amenazará su alma eres tú mismo y tu mal ejemplo?

Me dijo la verdad. La verdad católica. Y he llegado a entender que no es mi verdad. Mi apuesta es otra. Espero que sea acertada. Sólo hará falta morir, para saberlo. Cuando Dios lo tenga a bien. Mientras tanto, seguiré haciendo lo que creo que debo hacer. Tratando de ajustar mis palabras a mis hechos. Sin exigir a los demás lo que yo no soy capaz de dar.

Poder decir, sin dobleces: soy lo que ves.

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