El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

SOBRE EL DIÁLOGO

Al parecer, una de las causas de la actual situación es la ausencia de diálogo entre los diversos actores políticos involucrados en la misma. Según este planteamiento, la discusión racional entre las diversas posiciones enfrentadas implicaría, de suyo y por pura inercia, el logro de una solución correcta del conflicto.

Esta creencia metafísica en las virtudes de la conversación es uno de los lugares comunes de la Modernidad; época caracterizada, sin embargo, por el genocidio, las guerras con pérdidas masivas de población civil y el terrorismo de estado. Dime de qué presumes…

La expresión derecho a decidir es un eufemismo del concepto legal conocido como derecho de autodeterminación. Según cierto sector de la población catalana (y parte del resto de la población española), en base a tal derecho, el censo electoral de dicha comunidad autónoma tendría derecho a votar en referéndum la posibilidad de que ese territorio deje de formar parte del Reino de España. Lo cual no es posible en el actual marco legal. Así las cosas, el derecho de autodeterminación sería un derecho natural del ente político formado por el censo electoral catalán, que el resto de ciudadanos españoles deberíamos aceptar por su autoevidente existencia real.

Pero que tal derecho tenga una superioridad jerárquica sobre el derecho del censo electoral español a decidir la constitución política de toda su geografía actual es cualquier cosa menos evidente de suyo.

¿Por qué razón un habitante de Olot tiene más derecho a decidir el destino político de la ciudad de Barcelona que un habitante de Alcañiz?

Por lo tanto, existe una contradicción fundamental entre dos posiciones políticas: la de aquellos que consideran que el destino político de la comunidad autónoma de Cataluña ha de ser decidido por el censo electoral catalán y la de aquellos que consideramos que tal decisión incumbe a la totalidad del censo electoral español.

Otra cosa es que el censo electoral español decida dar su apoyo a un cambio constitucional que transforme el estado español en una entidad política confederal, en la que a alguno o algunos de sus territorios se les reconozca el derecho de autodeterminación.

Cosa que parece empezar a flotar en el ambiente y que no me extrañaría que se llegase a consumar, teniendo en cuenta la situación actual. Teniendo en cuenta, sobre todo, el grado de delirio sentimental de las masas nacionalistas catalanas, su elevado nivel de organización y la entusiasta entrega a su mitología patriótica particular.

Yo, sin delirio ni entusiasmo de ningún tipo, pediría que alguien me explicara en qué modo sería el mundo mejor con una Cataluña independiente de España.

Pero, como ya he dicho, la creencia mitológica en las virtudes del diálogo lleva ya un par de siglos coexistiendo, curiosamente, con el mayor grado de irracionalidad y salvajismo de la historia humana. Así que nada bueno espero del diálogo de estos actores.

Si Cataluña se independiza de España, no será un triunfo del diálogo y la democracia, sino del delirio sentimental provocado por una mitología que considera mejor a un ser humano que habla en catalán que al que lo hace en castellano. Y que, en su masiva pataleta de niño mimado, obliga a negociar la rendición de una organización política, para mí, claramente mejor y superior.

Pero, a estas alturas de la película, comprenderán ustedes mi total escepticismo con respecto al mito del progreso en la historia.

Nada más peligroso y cutre que una masa de seres humanos.

RECOMENDACIÓN LITERARIA A LOS NACIONALISTAS CATALANES

Perante Castelao e máis Rosalía fun erguer por primeira ves a miña mau cós dedos aferrollados; hoxe por primeira ves fun ergue-la miña vos pra canta-lo poema que Pondal deixáralle ós galegos pra maldeci-los coa imposibilidade de ficar quedos ó ollar coma escarallan a súa patria. Viva Galiza Ceibe [sic]

Escrito en mi diario de 1999, en la página correspondiente al 23 de julio; aunque muy probablemente escrito el día 24.

Tenía 21 años, era estudiante de Filosofía en la Universidad Complutense y acudía por primera vez a Santiago de Compostela para participar en los actos del 25 de Xullo, el Día de la Patria Gallega. Pocas semanas antes me había convertido oficialmente en militante del Bloque Nacionalista Galego.

Nada más fácil para mí, por lo tanto, que ejercer la comprensión imaginativa del nacionalista catalán medio. Sólo tengo que recordar.

Y recuerdo entrar en el Panteón de Galegos Ilustres con el corazón encogido. Algunos compañeros de Galiza Nova (las juventudes del BNG) llevaban flores para adornar las tumbas de Rosalía de Castro y Castelao. Y allí parados, creo que acompañados por el sonido de una gaita, levantamos el puño para cantar el himno gallego, que resonó en las secularizadas paredes de piedra de Santo Domingo de Bonaval. El efecto en mi alma fue apoteósico.

Por primera vez sintió que la vida tenía sabor y sentido, un gran sentido…

Mi bucle melancólico duró unos cinco años. Para la posterior racionalización de mis sentimientos identitarios resultó crucial la aportación de Santiago Gerchunoff, que me dio a leer un día, en la librería Muga, un pequeño librito de un autor desconocido hasta entonces para mí: un tal Joseph Roth.

Santiago me lo recomendó advirtiéndome antes que igual el contenido me chirriaba, porque era un libro profundamente enfrentado a la idea de nacionalismo. De cualquier nacionalismo.

El libro era El busto del emperador, que se convirtió, junto al propio Roth, en uno de los pilares de mi actual forma de entender la vida. Así que esta entrada es también una forma de dar las gracias públicamente a Santiago, que sigue siendo la persona que más y mejores libros me ha recomendado en el tiempo que llevo dando tumbos por el mundo.

Santiago me había colocado en el alma una bomba de mecha larga, de una potencia parecida a la que tuvieron Houllebecq o Chesterton.

La lectura de Joseph Roth me abrió las puertas de la civilización austro-húngara, a la que tanto admiro y de la que tanto he aprendido. Y que ayudó a elevar mi bucle melancólico a escala metafísica.

Tiempo después, alguna noche encharcada en demasiadas cervezas, le he comentado con agorera tristeza a algún Errante Tabernero que quizá un día nos tocase ser los Joseph Roth de una España muerta y troceada.

Y cantar, a toro pasado, las bellezas ya invisibles de un pequeño universo diverso que se mantuvo plural y múltiple durante unos cuantos siglos, en los cuales los hechos diferenciales se conformaban con ser meros accidentes de todo hijo de Dios.

En los que toda conversación, no por casualidad, fuera en la lengua que fuese, era interrumpida a las doce del mediodía por el sonido de una campana.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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