CATALUÑA, ESA DIOSA MENOR

por El Responsable

Sostengo a Ana Ofelia en brazos, tratando de que eructe, mientras sigo las novedades en Cataluña a través de radio y televisión.

De las muchas imágenes que están produciendo estas primeras horas del día, sin duda la que más me ha llamado la atención es la de ese padre nacionalista que llevaba a su hijo en hombros en Sant Julià de Ramis y que era expulsado de la entrada del colegio electoral, con exquisito cuidado y profesionalidad, por los miembros de la Guardia Civil allí desplegados.

Tengo no poca experiencia en manifestaciones y cargas policiales, así que me resulta evidente que ese padre está arriesgando el bienestar de su hijo.

Lo cual me lleva a preguntarme por sus razones para arriesgar tal cosa.

Y también me hace preguntarme por las razones que a mí me llevarían a arriesgar la vida de Ana Ofelia. Me cuesta trabajo encontrar alguna. Más bien, se me ocurran muchas situaciones en las que mataría por defenderla.

Así que he de concluir que la independencia de Cataluña es más importante para ese padre que la vida de su hijo.

Ese hombre adora a una diosa llamada Cataluña; que le puede llegar a exigir la vida de su hijo, como cualquier Baal del antiguo Oriente Medio.

Nunca me ha caído bien el nacionalismo catalán, ni siquiera en mi época de militante nacionalista gallego. Por la simple razón de que siempre lo he considerado un nacionalismo de ricos. De hecho, uno de los fundamentos de mi postura política en aquella época se sostenía en el atraso económico gallego y en la consiguiente injusticia social que eso suponía para nuestro pequeño país, en comparación con el resto de España. Cosa que jamás ha ocurrido con Cataluña, como sabe cualquiera que haya leído dos libros de historia. Cataluña ha sido siempre una de las regiones más favorecidas de España, franquismo incluido.

En la España actual, además, cualquier gallego, vasco o catalán puede vivir sin problemas en sus lenguas particulares, sin ningún tipo de impedimento; al contrario, con amplio apoyo del dinero público.

Por lo tanto, ese padre arriesga la vida de su hijo para lograr un estado separado del resto de España, que permita que la riqueza material de Cataluña no sea redistribuida con otras zonas de España de menor bienestar económico.

Pero, sobre todo, lo hace para cumplir con el guión de la mitología nacionalista y obtener los réditos sentimentales y heroicos que el relato proporciona a las existencias de sus actores.

Desaparecidos otros dioses mayores, el sentido de las vidas de muchos occidentales ha descendido, desde la explosión romántica de la primera mitad del siglo XIX, hasta esas deidades menores, pero más visibles, llamadas naciones.

Las vacías vidas occidentales, ansiosas de algún tipo de espiritualidad o criterio último existencial, encuentran un modo de vida interesante en esta lucha por la independencia de sus oprimidas patrias.

Y ahí está ese padre, devoto máximo de su profanada diosa, arriesgando la vida de su hijo para mayor gloria de una Cataluña libre, rica, egoísta e insolidaria.

Así que mis oraciones hoy son para todos esos agentes de policía y Guardias Civiles que van a arriesgar sus propias vidas para impedir los caprichos de esa diosa menor.

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