El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Outubro, 2017

LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL IZQUIERDISMO

El Mundo-Twitter necesita mensajes escuetos e ideas simples. La formación como ciudadano, sin embargo, exige estudio, muchas horas de lectura y análisis, y la paciencia y el rigor suficientes para examinar cada hecho en sus múltiples matices.

El Mundo-Twitter proyecta, en un eco casi infinito, oraciones enunciativas del tipo: el artículo 155 es una reliquia franquista de la Constitución de 1978. No hace falta ser muy leído para saber lo ridícula que puede llegar a ser esta frase. Pero el Mundo-Twitter, saturado de miles de millones de eructos que reclaman atención, apenas parece dejar tiempo para ese mínimo de lecturas que permitan a una ciudadanía mínimamente formada reírse de lo que es meramente ridículo.

Hace años, propuse a un grupo de colegas de la Facultad de Filosofía que montásemos, entre otros, un seminario de estudio de la ley educativa vigente en aquel momento, con el objeto de tener una opinión mejor formada de cara a proponer reformas en la misma. Uno de esos colegas, que ha llegado a ser concejal de un ayuntamiento formando parte de uno de esos partidos de la Nueva Política, me contestó que no valía la pena perder tanto tiempo estudiando en detalle la ley de educación. Nunca entendí aquella contestación.

El pensamiento infantil imperante detecta fascismo en cualquier escenario donde vea proyectado el relato bíblico de David y Goliat. El artículo 155 sería entonces la maza de Goliat para machacar al pobre David catalán. Esta visión es simple, fácil de comunicar y provoca simpatías casi automáticas. Es perfecta para el Mundo-Twitter.

La enfermedad infantil del izquierdismo actual considera que cualquier minoría es buena y cualquier mayoría es mala. Cualquier persona mínimamente formada sabe que bolchevique es una palabra que en ruso significa miembro de la mayoría. Es evidente que el pensamiento de izquierdas no ha sido siempre estúpido y simplón, y ha sabido analizar las situaciones en base a su contenido y circunstancias particulares, tratando de concretar en qué modo y manera era más factible alcanzar la realización de ciertos valores; los cuales, en muchas ocasiones se presentan de forma problemática y contradictoria.

Pero el Mundo-Twitter ha potenciado la tendencia moderna al eslogan. Y los Nuevos Políticos no parecen haber revertido la situación. Al contrario.

El problema es que el rigor, la paciencia y el estudio siempre serán más lentos de lo que el mundo actual requiere. La gente se aburre si tiene que leer algo más largo que un mensaje de Twitter. La lentitud, para la Modernidad, es reaccionaria.

En el año 2011, cuando estudiaba Derecho, hice el siguiente análisis sobre el concepto de soberanía en el marco de la Unión Europea. Espero que resulte interesante, aunque obligue a perder más tiempo que un mensaje de Twitter.

Soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción, comenzaba Carl Schmitt su Teología política.

La discusión sobre la relación entre los ordenamientos jurídicos europeo y español -sobre los conceptos de supremacía y primacía-, en definitiva, es una discusión sobre la soberanía; siguiendo con Carl Schmitt, es una discusión sobre quién determina con carácter definitivo qué son el orden y la seguridad pública, cuándo se han violado, etc..

El artículo 5.2 del Tratado de la Unión Europea tiene un significado casi idéntico al de la Décima Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos: The powers not delegated to the United States by the Constitution, nor prohibited by it to the States, are reserved to the States respectively, or to the people. Mientras en los Estados Unidos la Constitución es la que delega poderes al Gobierno Federal, en Europa, los Estados miembros ‘atribuyen’ competencias a la Unión ‘en los Tratados’.

En la Constitución de los Estados Unidos, en su artículo VI.2, podemos leer lo siguiente: This Constitution, and the Laws of the United States which shall be made in pursuance thereof; and all treaties made, or which shall be made, under the authority of the United States, shall be the supreme law of the land; and the judges in every state shall be bound thereby, anything in the constitution or laws of any state to the contrary notwithstanding.

Este artículo es conocido como la ‘Cláusula de Supremacía’. En principio, el contenido no parece muy distinto a la doctrina sobre la primacía del derecho comunitario, expuesta por el Tribunal de Justicia en su sentencia Costa contra ENEL de 1964.

Pero cuando Carolina del Sur declaró su secesión de los Estados Unidos el 24 de diciembre de 1860, lo hizo alegando, entre otras cosas, el incumplimiento por parte de los estados norteños de sus obligaciones federales, pues no cumplían con la Ley de Esclavos Fugitivos (que obligaba a los estados a devolver a sus legítimos dueños a aquellos esclavos huidos que fuesen hallados en sus respectivos territorios).

La llegada de Lincoln a la presidencia dejaba claro que esa ley tenía los días contados. Y ante este desarrollo de los acontecimientos, los estados sureños se negaron a asumir lo que implicaba la ‘Cláusula de Supremacía’, se declararon soberanos de facto, y proclamaron su propia Confederación. Se apelaba a la Resolución de Virginia de 1798 y al ejercicio ‘deliberado, palpable y peligroso’ de poderes que se creía no correspondían al Estado Federal; pero como no había texto legal en el que apoyar que tal situación pudiese conllevar el derecho de secesión, el presidente saliente James Buchanan (que entendía el enfado de los sureños ante el intrusismo de los abolicionistas del norte) declaró la ilegalidad de los actos de separación, al tiempo que admitía que no tenía poder para impedirlos.

Pero Lincoln sí consideraba que tenía dicho poder; y puestas así las cosas, declarada la excepción y la duda sobre quién tiene el poder -quién es soberano-, no pudiendo apelarse a ningún orden jurídico con capacidad para imponerse con los medios de un estado único, comenzó la guerra; para determinar qué derecho tenía la supremacía, es decir: quién tenía la soberanía.

En nuestro caso, es evidente que la supremacía corresponde a la Constitución Española; no sólo porque los artículos 96.2 y 94.1 siguen dejando en manos de las Cortes Generales la denuncia de cualquier Tratado. Sino porque la propia Unión Europea nunca ha pretendido tal soberanía; lo cual se ha hecho explícito tras el Tratado de Lisboa, en la redacción del nuevo artículo 50.1 del Tratado de la Unión Europea: Todo Estado miembro podrá decidir, de conformidad con sus normas constitucionales, retirarse de la Unión.

Por lo tanto, no existe ningún vacío legal que imponga dudas sobre la supremacía. Y el principio de primacía declarado por el Tribunal de Justicia en la sentencia Costa contra ENEL de 1964 no debe entenderse nunca aplicado a discusiones sobre soberanía última, sino sobre la relación a establecer entre actos jurídicos europeos y españoles en lo referente a competencias que han sido atribuidas libremente por los Estados a la Unión. Por lo tanto, sí parece excesivo el celo del profesor Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, de pedir la reforma de nuestra Constitución para proceder a la ratificación de la Constitución Europea; pues el artículo 50 del actual TUE está basado en el artículo I-60 de aquélla.

Y es que, llegado el caso, si fuese considerada como inasumible por los órganos soberanos del Estado español la acción de la Unión en tales competencias cedidas, siempre quedaría el último recurso de la separación.

Y ninguna laguna legal podría permitir dudar de que el Estado español es soberano para llevar a efecto tal decisión.”

Advertisements

SOBRE EL DIÁLOGO

Al parecer, una de las causas de la actual situación es la ausencia de diálogo entre los diversos actores políticos involucrados en la misma. Según este planteamiento, la discusión racional entre las diversas posiciones enfrentadas implicaría, de suyo y por pura inercia, el logro de una solución correcta del conflicto.

Esta creencia metafísica en las virtudes de la conversación es uno de los lugares comunes de la Modernidad; época caracterizada, sin embargo, por el genocidio, las guerras con pérdidas masivas de población civil y el terrorismo de estado. Dime de qué presumes…

La expresión derecho a decidir es un eufemismo del concepto legal conocido como derecho de autodeterminación. Según cierto sector de la población catalana (y parte del resto de la población española), en base a tal derecho, el censo electoral de dicha comunidad autónoma tendría derecho a votar en referéndum la posibilidad de que ese territorio deje de formar parte del Reino de España. Lo cual no es posible en el actual marco legal. Así las cosas, el derecho de autodeterminación sería un derecho natural del ente político formado por el censo electoral catalán, que el resto de ciudadanos españoles deberíamos aceptar por su autoevidente existencia real.

Pero que tal derecho tenga una superioridad jerárquica sobre el derecho del censo electoral español a decidir la constitución política de toda su geografía actual es cualquier cosa menos evidente de suyo.

¿Por qué razón un habitante de Olot tiene más derecho a decidir el destino político de la ciudad de Barcelona que un habitante de Alcañiz?

Por lo tanto, existe una contradicción fundamental entre dos posiciones políticas: la de aquellos que consideran que el destino político de la comunidad autónoma de Cataluña ha de ser decidido por el censo electoral catalán y la de aquellos que consideramos que tal decisión incumbe a la totalidad del censo electoral español.

Otra cosa es que el censo electoral español decida dar su apoyo a un cambio constitucional que transforme el estado español en una entidad política confederal, en la que a alguno o algunos de sus territorios se les reconozca el derecho de autodeterminación.

Cosa que parece empezar a flotar en el ambiente y que no me extrañaría que se llegase a consumar, teniendo en cuenta la situación actual. Teniendo en cuenta, sobre todo, el grado de delirio sentimental de las masas nacionalistas catalanas, su elevado nivel de organización y la entusiasta entrega a su mitología patriótica particular.

Yo, sin delirio ni entusiasmo de ningún tipo, pediría que alguien me explicara en qué modo sería el mundo mejor con una Cataluña independiente de España.

Pero, como ya he dicho, la creencia mitológica en las virtudes del diálogo lleva ya un par de siglos coexistiendo, curiosamente, con el mayor grado de irracionalidad y salvajismo de la historia humana. Así que nada bueno espero del diálogo de estos actores.

Si Cataluña se independiza de España, no será un triunfo del diálogo y la democracia, sino del delirio sentimental provocado por una mitología que considera mejor a un ser humano que habla en catalán que al que lo hace en castellano. Y que, en su masiva pataleta de niño mimado, obliga a negociar la rendición de una organización política, para mí, claramente mejor y superior.

Pero, a estas alturas de la película, comprenderán ustedes mi total escepticismo con respecto al mito del progreso en la historia.

Nada más peligroso y cutre que una masa de seres humanos.

RECOMENDACIÓN LITERARIA A LOS NACIONALISTAS CATALANES

Perante Castelao e máis Rosalía fun erguer por primeira ves a miña mau cós dedos aferrollados; hoxe por primeira ves fun ergue-la miña vos pra canta-lo poema que Pondal deixáralle ós galegos pra maldeci-los coa imposibilidade de ficar quedos ó ollar coma escarallan a súa patria. Viva Galiza Ceibe [sic]

Escrito en mi diario de 1999, en la página correspondiente al 23 de julio; aunque muy probablemente escrito el día 24.

Tenía 21 años, era estudiante de Filosofía en la Universidad Complutense y acudía por primera vez a Santiago de Compostela para participar en los actos del 25 de Xullo, el Día de la Patria Gallega. Pocas semanas antes me había convertido oficialmente en militante del Bloque Nacionalista Galego.

Nada más fácil para mí, por lo tanto, que ejercer la comprensión imaginativa del nacionalista catalán medio. Sólo tengo que recordar.

Y recuerdo entrar en el Panteón de Galegos Ilustres con el corazón encogido. Algunos compañeros de Galiza Nova (las juventudes del BNG) llevaban flores para adornar las tumbas de Rosalía de Castro y Castelao. Y allí parados, creo que acompañados por el sonido de una gaita, levantamos el puño para cantar el himno gallego, que resonó en las secularizadas paredes de piedra de Santo Domingo de Bonaval. El efecto en mi alma fue apoteósico.

Por primera vez sintió que la vida tenía sabor y sentido, un gran sentido…

Mi bucle melancólico duró unos cinco años. Para la posterior racionalización de mis sentimientos identitarios resultó crucial la aportación de Santiago Gerchunoff, que me dio a leer un día, en la librería Muga, un pequeño librito de un autor desconocido hasta entonces para mí: un tal Joseph Roth.

Santiago me lo recomendó advirtiéndome antes que igual el contenido me chirriaba, porque era un libro profundamente enfrentado a la idea de nacionalismo. De cualquier nacionalismo.

El libro era El busto del emperador, que se convirtió, junto al propio Roth, en uno de los pilares de mi actual forma de entender la vida. Así que esta entrada es también una forma de dar las gracias públicamente a Santiago, que sigue siendo la persona que más y mejores libros me ha recomendado en el tiempo que llevo dando tumbos por el mundo.

Santiago me había colocado en el alma una bomba de mecha larga, de una potencia parecida a la que tuvieron Houllebecq o Chesterton.

La lectura de Joseph Roth me abrió las puertas de la civilización austro-húngara, a la que tanto admiro y de la que tanto he aprendido. Y que ayudó a elevar mi bucle melancólico a escala metafísica.

Tiempo después, alguna noche encharcada en demasiadas cervezas, le he comentado con agorera tristeza a algún Errante Tabernero que quizá un día nos tocase ser los Joseph Roth de una España muerta y troceada.

Y cantar, a toro pasado, las bellezas ya invisibles de un pequeño universo diverso que se mantuvo plural y múltiple durante unos cuantos siglos, en los cuales los hechos diferenciales se conformaban con ser meros accidentes de todo hijo de Dios.

En los que toda conversación, no por casualidad, fuera en la lengua que fuese, era interrumpida a las doce del mediodía por el sonido de una campana.

CATALUÑA, ESA DIOSA MENOR

Sostengo a Ana Ofelia en brazos, tratando de que eructe, mientras sigo las novedades en Cataluña a través de radio y televisión.

De las muchas imágenes que están produciendo estas primeras horas del día, sin duda la que más me ha llamado la atención es la de ese padre nacionalista que llevaba a su hijo en hombros en Sant Julià de Ramis y que era expulsado de la entrada del colegio electoral, con exquisito cuidado y profesionalidad, por los miembros de la Guardia Civil allí desplegados.

Tengo no poca experiencia en manifestaciones y cargas policiales, así que me resulta evidente que ese padre está arriesgando el bienestar de su hijo.

Lo cual me lleva a preguntarme por sus razones para arriesgar tal cosa.

Y también me hace preguntarme por las razones que a mí me llevarían a arriesgar la vida de Ana Ofelia. Me cuesta trabajo encontrar alguna. Más bien, se me ocurran muchas situaciones en las que mataría por defenderla.

Así que he de concluir que la independencia de Cataluña es más importante para ese padre que la vida de su hijo.

Ese hombre adora a una diosa llamada Cataluña; que le puede llegar a exigir la vida de su hijo, como cualquier Baal del antiguo Oriente Medio.

Nunca me ha caído bien el nacionalismo catalán, ni siquiera en mi época de militante nacionalista gallego. Por la simple razón de que siempre lo he considerado un nacionalismo de ricos. De hecho, uno de los fundamentos de mi postura política en aquella época se sostenía en el atraso económico gallego y en la consiguiente injusticia social que eso suponía para nuestro pequeño país, en comparación con el resto de España. Cosa que jamás ha ocurrido con Cataluña, como sabe cualquiera que haya leído dos libros de historia. Cataluña ha sido siempre una de las regiones más favorecidas de España, franquismo incluido.

En la España actual, además, cualquier gallego, vasco o catalán puede vivir sin problemas en sus lenguas particulares, sin ningún tipo de impedimento; al contrario, con amplio apoyo del dinero público.

Por lo tanto, ese padre arriesga la vida de su hijo para lograr un estado separado del resto de España, que permita que la riqueza material de Cataluña no sea redistribuida con otras zonas de España de menor bienestar económico.

Pero, sobre todo, lo hace para cumplir con el guión de la mitología nacionalista y obtener los réditos sentimentales y heroicos que el relato proporciona a las existencias de sus actores.

Desaparecidos otros dioses mayores, el sentido de las vidas de muchos occidentales ha descendido, desde la explosión romántica de la primera mitad del siglo XIX, hasta esas deidades menores, pero más visibles, llamadas naciones.

Las vacías vidas occidentales, ansiosas de algún tipo de espiritualidad o criterio último existencial, encuentran un modo de vida interesante en esta lucha por la independencia de sus oprimidas patrias.

Y ahí está ese padre, devoto máximo de su profanada diosa, arriesgando la vida de su hijo para mayor gloria de una Cataluña libre, rica, egoísta e insolidaria.

Así que mis oraciones hoy son para todos esos agentes de policía y Guardias Civiles que van a arriesgar sus propias vidas para impedir los caprichos de esa diosa menor.

Quod Vidimus

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

The Wanderer

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

De libros, padres e hijos

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino