EL CABALLERO DE LA ROSA

por El Responsable

Decido dejarme acompañar durante las comidas por mi colección de óperas aún no vistas. Entre las cuales figuran aquellos DVD que me fueron regalados hace años, durante mi época de portero de fin de semana.

Era una importante familia burguesa, de histórico renombre, acostumbrada a vivir con el dinero suficiente como para no jerarquizar sus prioridades en base a criterios cuantitativamente superficiales. Sus coches eran baratos, funcionales y no les importaba que cumpliesen años; pero todos los veranos tenían plaza reservada en Salzburgo o en Bayreuth. Lo primero es lo primero; y lo primero, para aquella familia, era el arte elevado a su más alta expresión. Algunos de los regalos que ellos recibían en aquellos festivales me eran ofrecidos a mí a la vuelta. Mostraban cariño e interés por ese portero que siempre estaba leyendo, estudiando y escuchando música. Le hacían recomendaciones, conversaban con él sobre literatura.

La familia tenia un amigo que, más que amigo, era otro miembro de la misma. Pasaba el hombre más tiempo en aquel edificio que en su propia casa. Una persona jovial, con una cultura portentosa, apasionado de la ópera y la literatura. Adoraba las obras de Richard Strauss, especialmente las que tenían libreto de Hofmannsthal. Y se empeñó en que yo también las amase. Así que le dijo a su fiel y viejo amigo, uno de los miembros de aquella familia, que me grabase un buen puñado de las que ellos tenían.

Sonrío al recordar su pasión por Florencia. Es inagotable -me dijo tras pasar allí una semana, por enésima vez-; uno podría demorarse durante días en los detalles de una sola de sus iglesias…

Una vez me dio a leer un artículo suyo sobre El Anillo wagneriano, en el que pude vislumbrar cierta tristeza profunda tras su alegre y campechana fachada.

He tardado cierto tiempo en cumplir los deseos de aquel hombre. Aún me emociona recordar el sincero y cariñoso abrazo de despedida que me dio el último día que trabajé en aquel chiscón.

Me gustaría que supiese lo feliz que me ha hecho hoy con su regalo.

Porque yo sé que él piensa, como pienso yo, que el placer de gozar la belleza sólo es superado por el placer de regalarla a quien aún no la conoce.

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