LEYENDAS DE LA VORÁGINE

por El Responsable

Comían sentados sobre viejos troncos de árboles derrotados. A pocos metros, comenzaba la escalera natural que descendía por toda la fachada del acantilado hasta las dunas.

La mujer comía muy despacio, prestando más atención a lo que le daba vueltas en la cabeza que al arroz de su táper. El hombre lo hacía con ligereza, como preocupado por no perder demasiado tiempo en el asunto; su mirada volvía una y otra vez a la línea de bosque que estaban a punto de dejar atrás.

-No me parece que creas realmente en tu dios -dijo ella, dejando la cuchara llena de arroz en el plato.

El hombre siguió masticando, con la mirada fija en los árboles.

-No harías lo que haces, si aún creyeses en él… -insistió ella, con tono socarrón.

El hombre bajó la mirada hasta el arroz y llenó otra cuchara.

-Además, a tu dios no creo que le guste tu pasión por las armas; no es coherente.

El hombre dirigió una rápida mirada hacia el lugar en que ella estaba sentada. Sus mandíbulas se detuvieron. Ella hizo un gesto de satisfacción, al ver la tensión en su cara; pero cambió la expresión al ver que el hombre hacía un rápido movimiento con la mano hacia su pistola.

Antes de que ella pudiese empezar a gritar, la cabeza de la serpiente explotó llenando su arroz de restos sanguinolentos.

Mientras ella respiraba apuradamente con los ojos muy abiertos, el hombre se levantó y vació el táper de ella. Le dio el suyo, en el que aún quedaba algo de arroz, y se acercó hasta el borde del acantilado para tirar el táper húmedo de veneno.

La mujer intentó comer algo más, mientras miraba el cuerpo descabezado de la serpiente a escasos centímetros de su pie derecho.

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