ÉXODO

por El Responsable

El acantilado se alza sobre un océano de arena. Bajo la sombra del último árbol, el hombre observa de izquierda a derecha el blanco infinito puesto a hervir por un sol omnisciente.

La mujer aún duerme, tumbada a escasos metros sobre un lecho de musgo. El hombre puede oír su respiración, agitada. Sueña. Otra vez.

Se acerca al borde del acantilado y apunta con el rifle. Pero no dispara. Sólo usa la mira para buscar algo en las paredes de roca: alguna forma de bajar a las dunas. Algún camino hacia el desierto.

Su vista queda fija en un punto. Baja el rifle. Vuelve a subirlo, vuelve a mirar. Ese punto.

Se acerca de nuevo a los árboles. Deja el rifle apoyado entre dos piedras y se sienta en el suelo. Saca algo de la mochila y come. La mira. Escucha su respiración, como si pudiese adivinar en ella el argumento de sus pesadillas.

Se despierta, sobresaltada. Se miran. Ella trata de sonreír.

-Estaba soñando… -balbucea-. Menos mal que me he despertado…

El hombre empieza a recoger el pequeño campamento.

-¿Nos vamos ya? -pregunta ella.

El hombre asiente con la cabeza.

-¿Al desierto? -vuelve a preguntar, con un mínimo gesto de alegría.

El hombre vuelve a asentir, sin mirarla, mientras se pone su mochila.

-¿Estás seguro? -insiste, poniéndose delante de él y mirando a unos ojos que miran más allá del abismo.

Como única respuesta, coge la mochila de ella y comienza a andar. Hacia ese punto.

Ella le ve andar unos metros y después se echa a correr tras él. A saltitos, casi contenta.

Salen de la sombra de los árboles, para dejarse iluminar por un sol moribundo. El aire ha dejado de arder, ya no duele respirarlo. Los tonos rosáceos del cielo que anochece declaran una tregua para el mundo.

El rostro del hombre parece relajarse un poco, como si ya hubiese aceptado que la única manera de cruzar este desierto es caminar entre tinieblas.

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