El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: abril, 2017

LEYENDAS DE LA VORÁGINE

Comían sentados sobre viejos troncos de árboles derrotados. A pocos metros, comenzaba la escalera natural que descendía por toda la fachada del acantilado hasta las dunas.

La mujer comía muy despacio, prestando más atención a lo que le daba vueltas en la cabeza que al arroz de su táper. El hombre lo hacía con ligereza, como preocupado por no perder demasiado tiempo en el asunto; su mirada volvía una y otra vez a la línea de bosque que estaban a punto de dejar atrás.

-No creo que creas realmente en tu dios -dijo ella, dejando la cuchara llena de arroz en el plato.

El hombre siguió masticando, con la mirada fija en los árboles.

-No harías lo que haces, si aún creyeses en él… -insistió ella, con tono socarrón.

El hombre bajó la mirada hasta el arroz y llenó otra cuchara.

-Además, a tu dios no creo que le guste tu pasión por las armas; no es coherente.

El hombre dirigió una rápida mirada hacia el lugar en que ella estaba sentada. Sus mandíbulas se detuvieron. Ella hizo un gesto de satisfacción, al ver la tensión en la cara del hombre; pero cambió la expresión al ver que el hombre hacía un rápido movimiento con la mano hacia su pistola.

Antes de que ella pudiese empezar a gritar, la cabeza de la serpiente explotó llenando su arroz de restos sanguinolentos.

Mientras ella respiraba apuradamente con los ojos muy abiertos, el hombre se levantó y vació el táper de ella. Le dio el suyo, en el que aún quedaba algo de arroz, y se acercó hasta el borde del acantilado para tirar el táper húmedo de veneno.

La mujer intentó comer algo más, mientras miraba el cuerpo descabezado de la serpiente a escasos centímetros de su pie derecho.

ÉXODO

El acantilado se alza sobre un océano de arena. Bajo la sombra del último árbol, el hombre observa de izquierda a derecha el blanco infinito puesto a hervir por un sol omnisciente.

La mujer aún duerme, tumbada a escasos metros sobre un lecho de musgo. El hombre puede oír su respiración, agitada. Sueña. Otra vez.

Se acerca al borde del acantilado y apunta con el rifle. Pero no dispara. Sólo usa la mira para buscar algo en las paredes de roca: alguna forma de bajar a las dunas. Algún camino hacia el desierto.

Su vista queda fija en un punto. Baja el rifle. Vuelve a subirlo, vuelve a mirar. Ese punto.

Se acerca de nuevo a los árboles. Deja el rifle apoyado entre dos piedras y se sienta en el suelo. Saca algo de la mochila y come. La mira. Escucha su respiración, como si pudiese adivinar en ella el argumento de sus pesadillas.

Se despierta, sobresaltada. Se miran. Ella trata de sonreír.

-Estaba soñando… -balbucea-. Menos mal que me he despertado…

El hombre empieza a recoger el pequeño campamento.

-¿Nos vamos ya? -pregunta ella.

El hombre asiente con la cabeza.

-¿Al desierto? -vuelve a preguntar, con un mínimo gesto de alegría.

El hombre vuelve a asentir, sin mirarla, mientras se pone su mochila.

-¿Estás seguro? -insiste, poniéndose delante de él y mirando a unos ojos que miran más allá del abismo.

Como única respuesta, coge la mochila de ella y comienza a andar. Hacia ese punto.

Ella le ve andar unos metros y después se echa a correr tras él. A saltitos, casi contenta.

Salen de la sombra de los árboles, para dejarse iluminar por un sol moribundo. El aire ha dejado de arder, ya no duele respirarlo. Los tonos rosáceos del cielo que anochece declaran una tregua para el mundo.

El rostro del hombre parece relajarse un poco, como si ya hubiese aceptado que la única manera de cruzar este desierto es caminar entre tinieblas.

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