DÍA DE CAMPO

Varios zapateros se perseguían sobre la superficie del río. El día no había conocido nubes. Un tapiz azul se percibía tras las ramas de los árboles. Una niña y un niño conversaban sentados junto al agua.

-Si respiro muy lentito, puedo llegar a controlar los latidos de mi corazón. A veces, he conseguido que se detenga durante varios segundos.

El niño la miró con fascinación asustada.

-¿Por qué te gusta que tu corazón deje de latir? -preguntó.

La niña desvió la mirada hacia el lugar donde jugaban los zapateros.

-Porque cuando se acelera, siempre acaba doliendo mucho… -musitó.

El niño se quedó por unos momentos con la mirada clavada en el suelo. El sol poniente esparcía reflejos dorados sobre al agua casi inerte.

-Pero eso es como morirse… -dijo el niño en un susurro.

La niña volvió a mirarle. Una lágrima dorada se deslizaba lentamente por la mejilla del niño, que seguía con la mirada perdida en la tierra húmeda.

La niña le agarró la mano. También ella lloraba silenciosa.

El sol acabó de esconderse tras la bella pared rocosa de la otra orilla, esculpida con paciencia por el río durante eones.

El día de campo había terminado. Pero el niño no quería volver a casa.

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