El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: marzo, 2017

HASTA AQUÍ

Últimamente, me he descubierto repitiendo varias veces la misma frase: ¿no hay problemas más graves de los que ocuparse?

Me pasó al leer la noticia sobre un aspirante a gobernar España que pedía la supresión de la retransmisión dominical de la Santa Misa. Y me ha pasado al enterarme de que la Fiscalía se dedica a investigar los chistes sin gracia de una estudiante de 21 años.

Evidentemente, hay problemas mucho más graves de los que ocuparse. Pero me temo que todo el mundo tiene bastante claro, más de lo que se atrevería a admitir en público, que esos problemas hace tiempo que han quedado fuera del alcance de cualquier acción política humana.

Así que los jóvenes rebeldes españoles se dedican a hacer chistes sobre personas muertas hace 40 años, la Fiscalía española se dedica a perseguir a tales peligrosísimos individuos y los grandes revolucionarios españoles se dedican a la crítica televisiva.

Todo para aparentar que se está haciendo algo. Que se pueden poner vallas en el avance del huracán en el que el planeta vive.

En una conocida entrevista realizada por la revista Der Spiegel a Martin Heidegger, en septiembre de 1966, el periodista le preguntó al filósofo si los individuos podían aún influir con sus acciones en la maraña de necesidades inevitables en la que todos estamos atrapados actualmente. En su respuesta, Heidegger incluyó esta famosa frase: sólo un dios puede aún salvarnos.

Yo creo que Heidegger tenía razón, aunque él no estaría de acuerdo con el contenido que yo le daría a su dios.

Mi buen amigo, el sacerdote católico Gabriel, tiene una forma muy gráfica y bella de expresar el adecuado ámbito de las acciones humanas: extiende su brazo derecho en toda su longitud y dice, moviendo la punta de los dedos: hasta aquí.

Ocúpate de tu gente más cercana. Que tampoco puede ser mucha, si es que le quieres prestar la debida atención.

Y, sobre todo, peléate contigo mismo.

He ahí lo que un hombre puede hacer.

Para todo lo demás, que Dios nos ayude.

…de hecho, que nos ayude sobre todo en nuestros pequeños afanes de cada día.

MUERTE DIGNA

“De pronto, a una orden del rey, Crinblanca se lanzó hacia adelante. Detrás de él el estandarte flameaba al viento: un caballo blanco en un campo verde: pero Théoden ya se alejaba. En pos del rey galopaban los Jinetes de la escolta, pero ninguno lograba darle alcance. Con ellos galopaba Éomer, y la crin blanca de la cimera del yelmo le flotaba al viento, y la vanguardia del primer éored rugía como un oleaje embravecido al estrellarse contra las rocas de la orilla, pero nadie era tan rápido como el rey Théoden. Galopaba con un furor demente, como si la fervorosa sangre guerrera de sus antepasados le corriera por las venas en un fuego nuevo; y transportado por Crinblanca parecía un dios de la antigüedad, el propio Orome el Grande, se hubiera dicho, en la batalla de Valar, cuando el mundo era joven. El escudo de oro resplandecía y centelleaba como una imagen del sol, y la hierba reverdecía alrededor de las patas del caballo. Pues llegaba la mañana, la mañana y un viento del mar; y ya se disipaban las tinieblas; y los hombres de Mordor gemían, y conocían el pánico, y huían y morían, y los cascos de la ira pasaban sobre ellos. Y de pronto los ejércitos de Rohan rompieron a cantar, y cantaban mientras mataban, pues el júbilo de la batalla estaba en todos ellos, y los sonidos de ese canto que era hermoso y terrible llegaron aun a la Ciudad.

[…]

¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído
y tuvo una muerte digna. Cuando el túmulo se levante
llorarán las mujeres. ¡Ahora la guerra nos reclama!

El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; pgs. 137, 145.

NO ES ÉSA MI DOCTRINA

“En la inmensa mayoría de las cuestiones cuyo discernimiento nos importa, no obtenemos más que verosimilitudes, aproximaciones. Desesperar de tal circunstancia, es desesperar de ser hombre, siendo aquélla una de las leyes más inflexibles de nuestra naturaleza. ¿Se sigue de ello que el hombre no debe actuar en ningún caso, porque nunca puede estar seguro de nada? Ciertamente, no es ésa mi doctrina.”

Carta de Alexis de Tocqueville a Charles Stöffels, escrita en Filadelfia, el 22 de octubre de 1831; en Tocqueville. Lettres choisies. Souvenirs, Gallimard, 2003; pg. 240 (traducción propia).

Retrato de su mujer, hecho por Jeremy Lipking (2016)

LA INTUICIÓN DE LA EXPERIENCIA

Noticia del Hollywood Citizen-News, 24 de febrero de 1955: ‘Raymond Chandler, conocido autor de novelas policiacas, fue dado de alta hoy de la guardia psiquiátrica del hospital condal de San Diego, donde fue internado tras un aparente intento de suicidio. La policía informó que Chandler había estado bebiendo sin cesar desde la muerte de su esposa en diciembre.’

Carta a Roger Machell
5 de marzo de 1955

Todo está bien en mí, o tan bien como podría desearse. Sinceramente, no podría decirle si realmente me proponía hacerlo o si mi inconsciente puso en escena un dramón barato. El primer disparo salió sin que me propusiera disparar. Nunca había usado la pistola, y el gatillo era tan liviano que apenas lo toqué para poner la mano en posición cuando se disparó, y la bala rebotó en las paredes de azulejos de la ducha y salió por el techo. Igualmente podría haber rebotado en dirección a mi estómago. La carga me pareció muy débil. Esto se confirmó cuando el segundo disparo (el que debía hacer el trabajo) no salió. Los cartuchos tenían cinco años y supongo que en este clima la carga se había descompuesto. En ese punto perdí el conocimiento… No sé si será o no un defecto emocional, pero no tengo absolutamente ningún sentimiento de culpa ni siento la menor vergüenza por encontrarme con gente en La Jolla que sabe qué sucedió. Lo emitieron por radio aquí. Recibí cartas de todas partes, algunas amables y simpáticas, otras severas, algunas tontas más allá de lo creíble. Recibí cartas de policías, activos y retirados, de dos funcionarios de Inteligencia, uno en Tokio y uno en March Field, Riverside, y una carta de un detective privado en actividad en San Francisco. Todas estas cartas decían dos cosas: 1) que deberían haberme escrito mucho tiempo antes porque yo no sabía cuánto habían significado mis libros para ellos, y 2) cómo es posible que un escritor que nunca fue policía haya llegado a conocerlos de modo tan preciso y retratarlos con tanta exactitud. Un hombre que había servido veintitrés años en la policía de Los Ángeles decía que podía nombrar a prácticamente cada policía que yo he descrito en mis libros. Parecía pensar que yo los había conocido realmente. Esta clase de cosas me hizo dudar un poco porque siempre había creído que si un policía o detective de la vida real leía una novela policiaca, no podía sino reírse con desdén. ¿Quién fue (Stevenson posiblemente) el que dijo que la experiencia es en gran medida cuestión de intuición?”

El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos, de Raymond Chandler; Emecé, 2004; pgs. 252-253.

ALL THE LONELY PEOPLE

Ahí vienen, empujando sus carros de la compra. Media hora para cruzar dos calles. Toda la mañana para ir hasta el súper y volver a casa. Su vejez es demasiado lenta para el mundo que ha crecido alrededor.

Y la misma inquietud de todos los días en la cabeza: ¿quién les ayudará a subir la compra hasta su piso sin ascensor?

¿Cómo ha ocurrido, esa soledad? ¿Se lo preguntarán ellas? ¿O ya han dejado de preguntárselo?

Hijos demasiado ocupados con la vida moderna para hacerse cargo.

O amores que nunca llegaron a cuajar. Abandonos, quizá.

O la decisión de afrontar una vida solitaria cuando aún no se sabe lo que es la vejez.

Ahí vienen, empujando sus carros de la compra: miles de Sísifos arrugados, a punto de ser aplastados por la piedra que les castiga.

A muchas aún me las encontraba en las misas vespertinas de las diversas parroquias de Cuatro Caminos. Aguantaban su soledad porque, en realidad, no estaban solas.

Pero los nuevos solitarios se dejarán atropellar por sus carros de la compra.

DÍA DE CAMPO

Varios zapateros se perseguían sobre la superficie del río. El día no había conocido nubes. Un tapiz azul se percibía tras las ramas de los árboles. Una niña y un niño conversaban sentados junto al agua.

-Si respiro muy lentito, puedo llegar a controlar los latidos de mi corazón. A veces, he conseguido que se detenga durante varios segundos.

El niño la miró con fascinación asustada.

-¿Por qué te gusta que tu corazón deje de latir? -preguntó.

La niña desvió la mirada hacia el lugar donde jugaban los zapateros.

-Porque cuando se acelera, siempre acaba doliendo mucho… -musitó.

El niño se quedó por unos momentos con la mirada clavada en el suelo. El sol poniente esparcía reflejos dorados sobre al agua casi inerte.

-Pero eso es como morirse… -dijo el niño en un susurro.

La niña volvió a mirarle. Una lágrima dorada se deslizaba lentamente por la mejilla del niño, que seguía con la mirada perdida en la tierra húmeda.

La niña le agarró la mano. También ella lloraba silenciosa.

El sol acabó de esconderse tras la bella pared rocosa de la otra orilla, esculpida con paciencia por el río durante eones.

El día de campo había terminado. Pero el niño no quería volver a casa.

SI TE DEPRIMES, NO CONDUZCAS

Aprovecho los tiempos muertos en el archivo para hacer tests del examen teórico del carné de conducir.

Justo enfrente se sienta mi compañero, que trastea en su ordenador, del que sale música de Radio 3.

El día anterior le había comentado que me llamaba la atención la gran cantidad de preguntas que hacían los tests sobre la depresión. Supongo que las estadísticas que maneja la DGT muestran que cada vez tiene más influencia en los accidentes de tráfico; por eso salen tantas preguntas al respecto, le dije. De hecho, muchas de las preguntas parecen destinadas a que el futuro conductor sepa qué precauciones debe tomar si acaba sufriendo esa enfermedad.

Mientras hacía uno de los tests, volvió a salir otra pregunta sobre el tema. Me llamó la atención el enunciado y se lo leí a mi compañero:

La depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas…

Mi compañero no dijo nada.

-La pregunta que a uno le suscita inmediatamente tal aseveración es: ¿por qué la depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas…? -comenté.

Mi compañero siguió sin decir nada.

Pero la pregunta permanece, molesta, como un borrón gris en el arco iris de plástico de la Modernidad triunfante: ¿por qué en este primer mundo que nos hemos fabricado a imagen y semejanza de nuestros más insospechados deseos, la depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas?

¿Por qué?

‘Gas’, de Edward Hopper (1940)

SI ÉL NO ES LA PALABRA DE DIOS

“Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.

Cuando volvió el chico seguía durmiendo. Retiró la lona de plástico azul que lo cubría y la dobló y la llevó al carrito de supermercado y la metió dentro y regresó con los platos y unos copos de avena en su bolsa de plástico y una botella de plástico de sirope. Extendió en el suelo la pequeña lona que les servía de mesa y colocó las cosas y se sacó la pistola del cinturón y la dejó sobre el mantel y luego se quedó mirando cómo dormía el chico. Se había quitado la mascarilla por la noche y estaba sepultada bajo las mantas. Observó al chico y miró entre los árboles hacia la carretera. Ese lugar no era seguro. Ahora que era de día podían verlos desde la carretera. El chico se movió. Luego abrió los ojos. Hola, papá, dijo.
Aquí estoy.
Ya lo sé.”

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pg. 10.

LA LITERATURA, ES DECIR, LA VIDA

The Wire es la mejor serie de televisión que yo haya visto. Y, a mi buen entender, una de las cimas del arte (de cualquier arte) en lo que llevamos de siglo XXI.

Si tuviera que dedicar una entrada diaria en este blog a cada una de las escenas de la serie que me parecen soberbias, creo que ya no haría otra cosa en lo que me queda de vida.

Elijo la que enlazo más abajo porque explica por sí misma lo que la literatura significa para mí y para tantos otros. No es un gusto, no es un placer, no es un hobby. Es, como el resto de artes dramáticas (el teatro, el cine, las series… la pintura, cuando no se diluye en abstracciones), la propia estructura de la esencia humana ejercitada para la autocomprensión y la compartición a distancia (a veces miles de kilómetros, a veces miles de años) de experiencias vitales.

En sus mejores versiones y resultados, son hallazgos de búsquedas honestas (por lo tanto, acantiladas), que transforman tanto al autor como a los lectores.

Yo, como tantos otros, puedo decir sin mentir: tras leer tal o cual novela, mi forma de entender la vida cambió.

El que habla sobre buena literatura, habla sobre la vida. Esa es la clave, creo yo, para reconocer la buena literatura: te hace hablar en serio de la vida. De lo que realmente importa. De cómo emplear el tiempo que nos ha sido regalado. Planteando preguntas, ofreciendo respuestas -no pocas veces contradictorias-. Pero obligándote a mirar todos los ángulos de tu existencia en profundidad, sin posibilidad alguna de autoengaño. Sin respuestas fáciles, sin falsas comodidades.

Ojalá algún día pueda decirle a mi hijo (o hija): “hey, me gustaría que vieras una cosa”, mientras le pongo el primer capítulo de The Wire.

“-Es una putada, porque el tío va adonde tiene que ir y la piba no era para tanto. Daisy tenía un polvo y mal echado, ¿me entiende? Lo dio todo por ella y, al final, no sirvió para nada.

-Fitzgerald dijo que no había segundos actos en las vidas estadounidenses. ¿Pensáis que es así?

-Joder, estamos en prisión. Será mejor no creer eso…

-Nos dice que el pasado nos acompaña siempre. De dónde venimos, lo que vivimos y cómo lo vivimos… todo eso importa. Creo que eso es lo que quería decir.

-Continúa.

-Es como al final del libro, con los barcos y las mareas… Uno puede cambiar, ¿no? Puedes decir que eres otra persona e inventarte una vida nueva. Pero lo que hiciste primero es tu verdadera identidad y lo que pasó antes es lo que realmente pasó. Da igual que cualquier idiota se crea distinto, porque lo único que te hace distinto es lo que haces o lo que vives… Tenía un montón de libros en la biblioteca. Le flipaban los libros, pero si cogemos uno de la estantería, ni siquiera lo ha abierto. Tiene un montón de libros y no ha leído ninguno. Gatsby era quien era e hizo lo que hizo. Y como no estaba preparado para aceptar la realidad, esa mierda le pasó factura. Eso pienso, en cualquier caso.”

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS ESPINAS?

“Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue posible revelar otro secreto de la vida del principito. Me preguntó, como fruto de un problema larga y silenciosamente meditado:

–Si un cordero come arbustos, se comerá también las flores, ¿no?

–Un cordero se come todo lo que encuentra.

–¿Aún las flores que tienen espinas?

–Sí; también las que tienen espinas.

–Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?

Confieso que yo no lo sabía. Estaba muy ocupado tratando de arreglar el motor ya que el desperfecto parecía muy grave. Además, el agua se agotaba y todo esto me hacía temer lo peor.

–¿Para qué sirven las espinas?

El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta alguna de sus preguntas. Irritado por la gravedad del arreglo de mi avión, le respondí lo primero que se me ocurrió para salir del paso:

–Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

–¡Oh!

Y después de un silencio, me dijo resentido:

–¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden y las espinas son su defensa.

No le respondí nada; en ese instante me decía: “Si esto continúa resistiendo, no sé qué más hacer”. El principito interrumpió de nuevo mis reflexiones:

–¿Tú… tú crees que las flores…?

–¡No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles y pueda yo ocuparme de cosas serias.

Se quedó absorto.

–¡De cosas serias!

Me miraba con el martillo en la mano, los dedos negros por la grasa y con medio cuerpo dentro de algo que le parecía muy feo.

–¡Hablas como las personas mayores!

Me avergonzó mucho e implacable, añadió:

–¡Todo lo confundes…! ¡Todo lo mezclas…!

Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.

–Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha aspirado una flor, nunca ha observado una estrella, nunca ha querido a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumar y restar. Y todo el día repite como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”… Y esto lo llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!

–¿Un qué?

–Un hongo.

El principito estaba pálido por el disgusto.

–Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos se comen las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores hacen tanto esfuerzo en fabricar sus espinas si éstas no van a servirles para defenderse? ¿Es que no es importante la guerra entre los corderos y las flores? ¿No es esto mucho más serio y mucho más importante que las sumas de un señor gordo y colorado?… Y… si yo conozco una flor única que sólo existe en mi planeta y sé que un corderillo puede destruirla sin ni siquiera darse cuenta, ¿es que esto no es importante?

Enrojeció aún más y prosiguió:

–Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar entre millones y millones de estrellas, es suficiente mirar al cielo para ser feliz pues puede decir satisfecho: “Mi flor está allí, en alguna parte…” ¡Pero si el cordero se la come, será tan doloroso como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¿Y… esto tampoco es importante?

No pudo decir más. Estalló en sollozos.

La noche había caído. Yo había dejado el martillo; ya no importaban la avería, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Le pedí perdón, lo arrullé entre mis brazos diciéndole: “la flor que tú amas no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para tu flor… te…” Yo ya no sabía qué decirle, cómo consolarle y qué hacer para recuperar su confianza; me sentía muy torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry; capítulo VII.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Prensaboxeo.com

La gran comunidad del boxeo en español al día

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester