UN BUEN ACTOR SECUNDARIO

por El Responsable

Mi primo Fran es lo más parecido que hay en mi vida a un hermano.

En su compañía me encontraba aquel día de verano en el que nuestro amigo Miguel nos guio, cruzando un estrecho puente de piedra con nuestras bicicletas (puente que en realidad eran los restos, a modo de desfiladero, del techo de un antiguo edificio militar), hasta las baterías de los acantilados.

Los que desde entonces, y ya para siempre, serían mis acantilados.

Fran es una de esas personas a las que parece resultarles extraordinariamente fácil ser buenas. Algo que, a los que tenemos por amargo pasatiempo coleccionar demonios, no deja de producirnos cierta envidia; pero que, al mismo tiempo, disfrutamos admirados, como si estuviésemos contemplando una bella filigrana de madera en el majestuoso coro de una iglesia gótica.

Observar a mi primo en su cotidianidad -me encanta oírle canturrear mientras come- es un placer que sólo pueden comprender los que, como yo, se han pasado buena parte de su existencia preguntándose cómo diablos vivir: cómo ser felices y cómo ser buenas personas. Al mirarle tengo las mismas sensaciones que me produce mirar un cuadro de Hopper; me digo: este tío sabe de la vida.

En las Navidades del año 2005 estaba a punto de nacer su primer retoño, una nena. En la felicitación que me envió en aquella ocasión, escribió lo siguiente:

Aún recuerdo perfectamente nuestras búsquedas navideñas con el fin de encontrar los regalos y cómo se disparaba el corazón al dar con ellos.

Ahora se abren nuevas puertas, nuevas posibilidades en las que uno deja de ser protagonista para intentar llegar a ser un buen actor secundario, como fueron nuestras familias en aquellos días…

Un buen actor secundario.

Jamás he olvidado esa postal. La tengo ahora mismo aquí delante, mientras escribo. Y sé que me acompañará hasta el final de mis días.

He leído grandes novelas en estos años que he olvidado completamente, formidables poemas de los que no me viene a la mente ni una sílaba, enjundiosos ensayos de sabios consagrados de cuyo nombre no quiero ni acordarme.

Pero desde que leí aquella postal, he tenido claro que, llegar a ser bueno y feliz en este mundo, tiene casi todo que ver con aprender a ser un buen actor secundario.

Más, si cabe, cuando un nuevo protagonista se prepara para salir a escena. A Dios gracias.

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