UN HURAÑO AFÁN

por El Responsable

“Cuando una persona odia con tanta fuerza, en realidad odia algo de ella misma. Alex odia todas sus ilusiones de muchacho: la inocencia, Dios, la esperanza.”

Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh; Tusquets, 2010; pg. 126.

“Cuando se sienten fuertes afanes de realizar un valor y, simultáneamente, la impotencia de cumplir voluntariamente estos deseos, por ejemplo, de lograr un bien, surge una tendencia de la conciencia a resolver el inquietante conflicto entre el querer y el no poder, rebajando, negando el valor positivo del bien correspondiente y aun, en ocasiones, considerando como positivamente valioso un contrario cualquiera de dicho bien. Es la historia de la zorra y las uvas verdes. Cuando hemos luchado en vano por el amor y la consideración de una persona, descubrimos fácilmente nuevas cualidades negativas en ella, o nos conformamos nos consolamos, diciéndonos que con la cosa a que tiende nuestro deseo no se consigue tanto, que la cosa no posee esos valores, o no los posee en la medida que creíamos. Se trata, en primer término, tan sólo de la afirmación, verbalmente formulada, de que alguna cosa, un determinado bien, o una persona, o un estado, en suma, la cosa concreta deseada, no posee el valor positivo que tanto incitó nuestro deseo; por ejemplo, que la persona cuya amistad habíamos ansiado tener, no es tan honrada, o valiente, o lista; que las uvas no saben tan bien, que están, quizá, verdes. Este tipo de casos no es todavía una falsificación de los valores, sino otra opinión distinta sobre las cualidades de la cosa, de la persona, etc., mediante las cuales ésta nos presentaba, al principio, determinados valores. Reconocemos, como antes, los valores de la honradez. La zorra no dice que lo dulce es malo, sino que las uvas están verdes.

[L]a persona resentida siente como una mágica atracción hacia fenómenos como la alegría de la vida, el lustre, el poder, la dicha, la riqueza, la fuerza; no puede pasar de largo junto a ellos, ha de contemplarlos (quiera o no). Pero al mismo tiempo le atormenta en secreto el deseo de poseerlos, deseo que ella sabe es vano; y esto determina a su vez una deliberada voluntad de apartar la mirada de ellos, un huraño afán de prescindir de ellos, de desviar la atención de eso que atormenta el alma, afán bien comprensible por la teleología de la conciencia. El progreso de este movimiento interior conduce, en primer término, a una característica falsificación de la verdadera imagen del mundo. El mundo de la persona resentida recibe una estructura muy determinada en su relieve de los valores vitales, cualesquiera que sean los objetos que aquella persona tome en cuenta. A medida que esta desviación vence sobre la atracción de valores positivos, la persona se hunde (con omisión de los valores intermedios y de tránsito) en los males opuestos a aquéllos, males que ocupan un espacio cada vez mayor en la esfera de su atención valorativa. Hay en esa persona algo que quisiera injuriar, rebajar y empequeñecer, y que hace presa, valga la palabra, sobre toda cosa en que puede desfogarse. De este modo, calumnia involuntariamente la existencia y el mundo, para justificar la última constitución de su vida valorativa.

Pero este medio que la conciencia emplea involuntariamente para estimular el deprimido sentimiento de la vida y los impulsos vitales paralizados (la falsificación de la imagen del mundo), tiene sólo una eficacia limitada. Aquellas manifestaciones de una vida positiva, la dicha, el poder, la belleza, el talento, la bondad, etc., se ofrecen una y otra vez a la persona resentida. Por mucho que en su interior agite el puño contra ellas, por mucho que quiera aniquilarlas, para escapar al tormento del conflicto entre el apetito y la impotencia -esos valores existen y se imponen-. El deliberado desvío de los ojos no es siempre posible y, además, es ineficaz a la larga. Cuando, pues, una manifestación de esa especie se impone irresistiblemente, basta la mirada hacia ella para desatar un impulso de odio contra su portador, X, sin que éste haya perjudicado en lo más mínimo ni ofendido a la persona resentida. Los enanos y jorabados, por ejemplo, que se sienten humillados por la mera presencia de los demás hombres, revelan por eso tan fácilmente este odio peculiar, esta ferocidad de hiena pronta al asalto. El odio y enemistad de esta especie, justamente porque primordialmente carece de fundamento en la obra o conducta del enemigo, es el más hondo e irreconciliable que existe.”

El resentimiento en la moral, de Max Scheler; Caparrós, 1998; pgs. 50-51, 52-53.

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