El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: enero, 2017

TABERNEROS ERRANTES, REUNÍOS

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 263.

“Considerando que en un monasterio bien ordenado, ansia común de todos es alcanzar la verdadera devoción, no son necesarias las comunicaciones particulares, pues buscando en particular lo que es común, se pasaría de las particularidades a las parcialidades; mas a las personas que en el mundo han abrazado la verdadera virtud les es necesaria esta especie de alianza mutua por medio de una amistad santa y sagrada; pues por medio de ella se animan, se ayudan y estimulan a obrar el bien. Y así como los que caminan por la llanura no tienen necesidad de darse la mano, pero los que andan por senderos escabrosos y pendientes se agarran unos a otros para avanzar más seguros, los religiosos no necesitan de alianzas particulares, pero los que están en el mundo sí, para ayudarse y socorrerse mutuamente en medio de tantos pasos difíciles como tienen que salvar.”

Introducción a la vida devota, de San Francisco de Sales; en Obras selectas, BAC, 2010; pg. 149.

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¿QUÉ HACE UN HOMBRE?

“-¿Estás listo para recibir tu brazalete y convertirte en un hombre?

-Sí.

-¿Y qué hace un hombre?

-Lucha.

-¿Y?

-Cuida de su familia.”

UN HURAÑO AFÁN

“Cuando una persona odia con tanta fuerza, en realidad odia algo de ella misma. Alex odia todas sus ilusiones de muchacho: la inocencia, Dios, la esperanza.”

Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh; Tusquets, 2010; pg. 126.

“Cuando se sienten fuertes afanes de realizar un valor y, simultáneamente, la impotencia de cumplir voluntariamente estos deseos, por ejemplo, de lograr un bien, surge una tendencia de la conciencia a resolver el inquietante conflicto entre el querer y el no poder, rebajando, negando el valor positivo del bien correspondiente y aun, en ocasiones, considerando como positivamente valioso un contrario cualquiera de dicho bien. Es la historia de la zorra y las uvas verdes. Cuando hemos luchado en vano por el amor y la consideración de una persona, descubrimos fácilmente nuevas cualidades negativas en ella, o nos conformamos nos consolamos, diciéndonos que con la cosa a que tiende nuestro deseo no se consigue tanto, que la cosa no posee esos valores, o no los posee en la medida que creíamos. Se trata, en primer término, tan sólo de la afirmación, verbalmente formulada, de que alguna cosa, un determinado bien, o una persona, o un estado, en suma, la cosa concreta deseada, no posee el valor positivo que tanto incitó nuestro deseo; por ejemplo, que la persona cuya amistad habíamos ansiado tener, no es tan honrada, o valiente, o lista; que las uvas no saben tan bien, que están, quizá, verdes. Este tipo de casos no es todavía una falsificación de los valores, sino otra opinión distinta sobre las cualidades de la cosa, de la persona, etc., mediante las cuales ésta nos presentaba, al principio, determinados valores. Reconocemos, como antes, los valores de la honradez. La zorra no dice que lo dulce es malo, sino que las uvas están verdes.

[L]a persona resentida siente como una mágica atracción hacia fenómenos como la alegría de la vida, el lustre, el poder, la dicha, la riqueza, la fuerza; no puede pasar de largo junto a ellos, ha de contemplarlos (quiera o no). Pero al mismo tiempo le atormenta en secreto el deseo de poseerlos, deseo que ella sabe es vano; y esto determina a su vez una deliberada voluntad de apartar la mirada de ellos, un huraño afán de prescindir de ellos, de desviar la atención de eso que atormenta el alma, afán bien comprensible por la teleología de la conciencia. El progreso de este movimiento interior conduce, en primer término, a una característica falsificación de la verdadera imagen del mundo. El mundo de la persona resentida recibe una estructura muy determinada en su relieve de los valores vitales, cualesquiera que sean los objetos que aquella persona tome en cuenta. A medida que esta desviación vence sobre la atracción de valores positivos, la persona se hunde (con omisión de los valores intermedios y de tránsito) en los males opuestos a aquéllos, males que ocupan un espacio cada vez mayor en la esfera de su atención valorativa. Hay en esa persona algo que quisiera injuriar, rebajar y empequeñecer, y que hace presa, valga la palabra, sobre toda cosa en que puede desfogarse. De este modo, calumnia involuntariamente la existencia y el mundo, para justificar la última constitución de su vida valorativa.

Pero este medio que la conciencia emplea involuntariamente para estimular el deprimido sentimiento de la vida y los impulsos vitales paralizados (la falsificación de la imagen del mundo), tiene sólo una eficacia limitada. Aquellas manifestaciones de una vida positiva, la dicha, el poder, la belleza, el talento, la bondad, etc., se ofrecen una y otra vez a la persona resentida. Por mucho que en su interior agite el puño contra ellas, por mucho que quiera aniquilarlas, para escapar al tormento del conflicto entre el apetito y la impotencia -esos valores existen y se imponen-. El deliberado desvío de los ojos no es siempre posible y, además, es ineficaz a la larga. Cuando, pues, una manifestación de esa especie se impone irresistiblemente, basta la mirada hacia ella para desatar un impulso de odio contra su portador, X, sin que éste haya perjudicado en lo más mínimo ni ofendido a la persona resentida. Los enanos y jorabados, por ejemplo, que se sienten humillados por la mera presencia de los demás hombres, revelan por eso tan fácilmente este odio peculiar, esta ferocidad de hiena pronta al asalto. El odio y enemistad de esta especie, justamente porque primordialmente carece de fundamento en la obra o conducta del enemigo, es el más hondo e irreconciliable que existe.”

El resentimiento en la moral, de Max Scheler; Caparrós, 1998; pgs. 50-51, 52-53.

SAM

“Después de la boda disfrutaron de una semana de luna de miel en Somerset pero, tal como esperaban, al cabo de unas semanas la noticia de que el batallón de Tolkien estaba destinado a la matanza del Somme empañó su felicidad.

[…] Tolkien fue rescatado del horror bestial por una fiebre de origen desconocido, como lo llamaron los oficiales médicos. Para las tropas era simplemente fiebre de las trincheras. Lo licenciaron y regresó a casa, agradecido por haber escapado de la pesadilla. Muchos de sus amigos no tuvieron tanta suerte y se unieron a las filas de los cuerpos que cubrían la tierra de nadie.

Entre las persistentes imágenes negativas que lo acosarían durante años, Tolkien guardó al menos una imagen positiva que inspiró uno de los personajes más entrañables de El Señor de los Anillos: Mi ‘Sam Gamyi’ –escribió muchos años después-, es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los asistentes y soldados rasos que conocí en la guerra de 1914, y que me parecieron muy superiores a mí mismo.”

                        Tolkien: hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pgs. 51, 52.

Alexandra & Sean Astin and Sarah & Maisy McLeod as Elanor, Sam, Rosie, & 'Baby Gamgee', Final scene, ROTK. (Sam and Rosie's second child was a male named Frodo)

LANZAROTE ENFURECIDO

Retorna Lanzarote enfurecido
con barba de ermitaño
y ropaje pordiosero
aniquilando enemigos con su espada
tratando de ahogar en sangre ajena
el feo rostro de su acto cometido.

Vuelve rabioso Lanzarote
traidor de su Señor
mancilla de su Reina
cabalgando un resentimiento desbocado.

Pues no puede olvidar Lanzarote
el día que rogó al Cielo
por dragones ante los que mostrar su valía
batallas campales para su arrojo
mil torneos para su gallardía.

Mas cayó el del Lago donde cae el más plebeyo
arrastrando desde su alta caballería
con estruendo de brillante armadura
todo lo más sagrado.

Más furiosa es su furia
si cabe
porque él mismo reconoce en ella
un último arrebato de soberbia.

Quiere acallar
en el desquiciado griterío de la masacre
el ruido ensordecedor de la culpa.

Para acabar entendiendo
agotado entre cadáveres
que no sana su llaga
multiplicándose en heridas.

UNA HISTORIA RARA Y TRISTE

“Es una historia bastante rara y triste -dijo luego de una pausa-. Cuando el mundo era joven, y los bosques vastos y salvajes, los Ents y las Ents-mujeres (y había entonces Ents-doncellas: ¡ah, la belleza de Fimbrethil, Miembros de Junco, de los pies ligeros, en nuestra juventud!) caminaban juntos y habitaban juntos. Pero los corazones de unos y otros no crecieron del mismo modo: los Ents se consagraban a lo que encontraban en el mundo, y las Ents-mujeres a otras cosas, pues los Ents amaban los grandes árboles, y los bosques salvajes, y las faldas de las altas colinas, y bebían de los manantiales de las montañas, y comían sólo las frutas que los árboles dejaban caer delante de ellos; y aprendieron de los Elfos y hablaron con los árboles. Pero las Ents-mujeres se interesaban en los árboles más pequeños, y en las praderas asoleadas más allá del pie de los bosques; y ellas veían el endrino en el arbusto, y la manzana silvestre y la cereza que florecían en primavera, y las hierbas verdes en las tierras anegadas del verano, y las hierbas granadas en los campos de otoño. No deseaban hablar con esas cosas, pero sí que entendieran lo que se les decía, y que obedecieran. Las Ents-mujeres les ordenaban que crecieran de acuerdo con los deseos que ellas tenían, y que las hojas y los frutos fueran del agrado de ellas, pues las Ents-mujeres deseaban orden, y abundancia, y paz (o sea que las cosas se quedaran donde ellas las habían puesto). De modo que las Ents-mujeres cultivaron jardines para vivir. Pero los Ents siguieron errando por el mundo, y sólo de vez en cuando íbamos a los jardines. Luego, cuando la Oscuridad entró en el Norte, las Ents-mujeres cruzaron el Río Grande, e hicieron otros jardines, y trabajaron los campos nuevos, y las vimos menos aún. Luego de la derrota de la Oscuridad las tierras de las Ents-mujeres florecieron en abundancia, y los campos se colmaron de grano. Muchos hombres aprendieron las artes de las Ents-mujeres, y les rindieron grandes honores; pero nosotros sólo éramos una leyenda para ellos, un secreto guardado en el corazón del bosque. Sin embargo aquí estamos todavía, mientras que todos los jardines de las Ents-mujeres han sido devastados: los Hombres los llaman ahora las Tierras Pardas.

Recuerdo que hace mucho tiempo, en los días de la guerra entre Sauron y los Hombres del Mar, tuve una vez el deseo de ver de nuevo a Fimbrethil. Muy hermosa era ella todavía a mis ojos, cuando la viera por última vez, aunque poco se parecía a la Ent-doncella de antes. Pues el trabajo había encorvado y tostado a las Ents-mujeres, y el sol les había cambiado el color de los cabellos, que ahora parecían espigas maduras, y las mejillas eran como manzanas rojas. Sin embargo, tenían aún los ojos de nuestra gente. Cruzamos el Anduin y fuimos a aquellas tierras, pero encontramos un desierto. Todo había sido quemado y arrancado de raíz, pues la guerra había visitado esos lugares. Pero las Ents-mujeres no estaban allí. Mucho tiempo las llamamos, y mucho tiempo las buscamos; y a todos les preguntábamos a dónde habían ido las Ents-mujeres. Algunos decían que nunca las habían visto; y algunos decían que las habían visto yendo hacia el oeste, y algunos decían al este, y otros el sur. Pero fuimos a todas partes y no pudimos encontrarlas. Nuestra pena era muy honda. No obstante, el bosque salvaje nos reclamaba, y volvimos. Durante muchos años mantuvimos la costumbre de salir del bosque de cuando en cuando y buscar a las Ents-mujeres, caminando de aquí para allá y llamándolas por aquellos hermosos nombres que ellas tenían. Pero el tiempo fue pasando y salíamos y nos alejábamos cada vez menos. Y ahora las Ents-mujeres son sólo un recuerdo para nosotros, y nuestras barbas son largas y grises. Los Elfos inventaron muchas canciones sobre la Busca de los Ents, y algunas de esas canciones pasaron a las lenguas de los Hombres. Pero nosotros no compusimos ninguna canción, y nos contentamos con canturrear los hermosos nombres cuando nos acordamos de las Ents-mujeres. Creemos que volveremos a encontrarnos en un tiempo próximo, quizá en una tierra donde podamos vivir juntos y ser felices. Pero se ha dicho que esto se cumplirá cuando hayamos perdido todo lo que tenemos ahora. Y es posible que ese tiempo se esté acercando al fin. Pues si el Sauron de antaño destruyó los jardines, el Enemigo de hoy parece capaz de marchitar todos los bosques.”

El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien; volumen II; Minotauro, 2001; pgs. 92-94.

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EL MONTARAZ DE LA NIEBLA

Dos sombras se acercaban a la cumbre del monte, donde parecía disiparse un poco la niebla.

-Necesito descansar -dijo una de las sombras.

-Ya no queda nada -dijo la otra.

-¿Crees que si llegamos un poco más tarde la cima se habrá ido? -preguntó con retranca la primera sombra.

La otra sombra resopló y buscó una piedra sobre la que sentarse.

Mientras recobraba el aliento, la primera sombra creyó escuchar un ruido.

-¿Hay caballos por aquí? -preguntó.

-No, que yo sepa -respondió la otra sombra.

-Pues me parece haber oído los cascos de uno…

-Quizá sea el Montaraz de la Niebla.

La primera sombra se acercó a la segunda, para verle bien la cara.

-¿El capataz de qué…?

-Montaraz. Montaraz de la Niebla -corrigió.

-¿De qué demonios hablas?

-Ni demonio, ni ángel. Quizá ni siquiera hombre ya… Las gentes del lugar dicen que no sólo oír, que incluso se le puede ver, los días de niebla muy cerrada, como hoy.

La primera sombra miró desconfiada a su alrededor, antes de preguntar nuevamente.

-¿Por qué los días de niebla?

-El Montaraz era el fiel servidor de un poderoso Señor; defendía sus fronteras, patrullaba sus caminos, luchaba sus guerras. Con tal vida, te puedes imaginar que recibió muchas heridas. Cansado de tanta pelea, le pidió a su Señor que le dejase volver a su tierra, para intentar buscar una buena mujer y formar una familia. El Señor se lo prohibió, pero él regresó igualmente. El día que llegó a su villa natal, la niebla era espesa, como hoy. Al cruzar el puente que servía de entrada al lugar, halló a una mujer que observaba con profunda tristeza el cauce del río. Reconoció entonces a aquella muchacha de la infancia con la que había tenido amores. Y ella lo reconoció a él. Al parecer, el reencuentro en el puente hizo que se enamoraran otra vez.

-¿Y qué ocurrió?

-Pues lo que suele ocurrir en estos casos apasionados. Fueron felices y tuvieron un hijo.

-Pero no comieron perdices.

-No. Él se fue de viaje, para reclamar ciertos derechos sobre unas tierras de su familia. Cuando volvió, la mujer y el niño habían desaparecido.

-¿Qué había pasado?

-Nadie le supo dar explicación. Ni su familia, ni la familia de ella. Ni sus amigos. Nadie sabía cómo había desaparecido, ni por qué.

-¿Quizá fue el antiguo Señor del Montaraz, en castigo por su deslealtad?

-Eso dijeron algunos. Eso sospechaba quizá el Montaraz, en lo profundo de su corazón -la sombra calló un instante, antes de continuar-. El caso es que el Montaraz busca desde entonces a su enamorada y a su hijo. Y dicen que busca los días de niebla, porque en día de niebla se había reencontrado con ella en el puente aquel.

La primera sombra creyó escuchar un suspiro cansado y unos cascos de caballo que se alejaban, lentamente, hacia el interior de la niebla.

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TODAVÍA NO ME HE ROCIADO DE GASOLINA

“El 20 de febrero [de 1966], el Sunday Telegraph informaba que Waugh se hallaba en vías de recuperación después de un angustioso año de melancolía nerviosa debida a la pena provocada en él por los cambios de la liturgia católico-romana que habían despojado a la misa de su latinidad tradicional. Lo cierto es que Waugh distaba mucho de estar recuperándose. He envejecido mucho estos dos últimos años, le escribía a Lady Diana Mosley en una carta de fecha 9 de marzo. No estoy enfermo, pero sí muy débil. No tengo ganas de ir a ningún sitio ni de hacer nada, y sé que soy un aburrimiento. El Concilio Vaticano [II] ha podido conmigo. Tres semanas después volvía a escribirle con la Semana Santa y el triduo de Pascua en la cabeza: La Pascua significaba mucho para mí. Antes del Papa Juan [XXIII] y de su Concilio: ellos han acabado con la belleza de la liturgia. Todavía no me he rociado de gasolina y me he prendido fuego, pero ahora tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría.

Incapaz de enfrentarse a la nueva liturgia, Waugh pidió a su viejo amigo de Downside, Dom Hubert van Zeller, que celebrara para él una misa privada en latín el domingo de Pascua. Pero el abad se opuso a ello arguyendo que, en ese momento, Dom Hubert debía estar presente con el resto de la comunidad. Entonces, Waugh le pidió lo mismo al padre Philip Caraman, su amigo y confidente durante sus últimos y difíciles años, que le visitaba con frecuencia y a quien Waugh describía como una visita paciente y amable. Caraman era jesuita y no necesitaba permiso de su superior, y aceptó enseguida.

El 10 de abril, Domingo de Pascua, a las diez de la mañana, el padre Caraman celebró misa en latín en la capilla católica de Wiveliscombe -a unas cinco millas de la casa de Waugh-, a la que tan solo asistieron la familia de este y unos cuantos amigos. Al salir de la iglesia, muchos de los presentes se fijaron en lo contento que estaba Waugh. El padre Caraman puso de relieve su serenidad y su alegría, como si la depresión se hubiese evaporado o como si acabara de salir de una noche oscura del alma: Se mostraba bondadoso y en paz consigo mismo, con esa tranquila serenidad que los sacerdotes solemos encontrar en quienes se están muriendo. Aproximadamente una hora más tarde, Waugh fallecía víctima de un ataque al corazón.

Creo que llevaba mucho tiempo rezando por su muerte, y esta no ha podido ser ni más hermosa ni más feliz, escribió su esposa a Lady Diana Cooper, así que solo puedo dar gracias a Dios por Su misericordia… Pero nuestras vidas nunca volverán a ser las mismas sin él.

Su hija Margaret también escribió a Lady Diana Cooper con palabras de gozo más que de pesar:

No estés muy triste por papá. Creo que ha sido como un milagro. Ya sabes cuántos deseos tenía de morir; y hacerlo el domingo de Pascua, cuando toda la liturgia habla de la muerte y de la resurrección, y después de oír la misa en latín y de recibir la Sagrada Comunión, es exactamente lo que él quería. Estoy segura de que en misa pidió por su muerte. Estoy muy contenta por él.

Escritores conversos, de Joseph Pearce; Palabra, 2006; pgs. 430-431.

FRATERNALMENTE

Se sentó en el banco y dejó la lata de cerveza a su lado. Le dio un trago mientras esperaba el comienzo de la misa.

Al salir a escena el sacerdote oficiante, un barullo atonal y dodecafónico se elevó de los primeros bancos, donde se apelotonaban las párracas del lugar. El hombre se planteó por un momento arrancarse las orejas con sus propias manos. Finalmente, decidió darle otro trago a la cerveza, más largo en esta ocasión.

Durante la homilía, al ver que la tabarra improvisada del sacerdote duraba más de cinco minutos, aprovechó para echar un vistazo al guásap.

Cuando llegó el momento del saludo de paz, su cuerpo se tensó. Fijó la mirada en el cáliz y trató de no prestar atención a ningún otro estímulo sensorial. Fue inútil. Una párraca, con una enorme sonrisa rebosante de humanidad, se le acercó desde los lejanos primeros bancos con la mano extendida. Y así se quedó, de pie ante él, hasta que el hombre se vio obligado a prestar atención a ese ser saludante: miró a la señora, miró su mano. Con gesto neutro de invitación, el hombre acercó la lata de cerveza a la mano de la señora. La señora se alejó con rostro malhumorado.

Terminada la misa, la párraca malhumorada se volvió a acercar, antes de que el hombre lograse alcanzar la puerta de salida.

-Buenas tardes -dijo muy tiesa.

-Buenas tardes -dijo él, dándole otro trago a la cerveza.

-Me he fijado en que no ha comulgado usted.

-Eso se debe a que estaba usted prestándome más atención a mí que al oficio.

-El padre estará encantado de recibirle en confesión, si se encuentra usted en pecado.

-Pues hombre, teniendo en cuenta que estoy divorciado y soy adúltero… pues supongo que sí, estoy en pecado. Pero la confesión sería una pérdida de tiempo.

-¿Por qué?

-Porque no tengo propósito de enmienda.

-No es usted católico, entonces.

-Me temo que sí lo soy.

-¿Teme…? No parece temer nada.

-Si no fuera católico, supongo que me aceptaría como mero hombre de mi época. Estoy solo, copulo cuando me place y tengo un hijo al que apenas veo. Sería uno más entre la masa de desastres existenciales que la degenerada sociedad actual considera vida moderna. Soy tan moderno, de hecho, que, teniendo en cuenta mis propias expectativas, hasta tiene gracia…

-Entonces, ¿por qué se considera católico?

-Porque, bien pensado, no tiene ninguna gracia.

El hombre abrió la puerta de salida.

-¿Y no piensa hacer nada para remediarlo? -dijo la señora, más malhumorada que nunca.

-Sí.

-¿Qué?

-Rezar. Buenas tardes.

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EL ALIENTO DE DIOS

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“¿Y mi papá?
No se puede hacer nada más.
Creo que me gustaría decirle adiós.
¿Estarás bien?
Sí.
Adelante. Te espero aquí.
Volvió al bosque y se arrodilló al lado de su padre. Estaba envuelto en una manta como el hombre le había prometido y el chico no lo destapó sino que se sentó a su lado y ahora estaba llorando pero no podía parar. Lloró mucho rato. Te hablaré todos los días, susurró. Y no me olvidaré. Pase lo que pase. Luego se levantó y dio media vuelta y regresó a la carretera.

La mujer al verle lo rodeó con sus brazos y lo estrechó. Oh, dijo, me alegro tanto de verte. A veces le hablaba de Dios. Él intentó hablar con Dios pero lo mejor era hablar con su padre y eso fue lo que hizo y no se le olvidó. La mujer dijo que eso estaba bien. Dijo que el aliento de Dios era también el de él aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos.

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.”

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pgs. 209-210.

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Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester