ÍNTIMO Y METAFÍSICO ANHELO DE PATRIARCADO

por El Responsable

He wanted to lose the madness over the mountains, he said, and begin again…

De vuelta en la pensión, me pongo Legends of the Fall en el portátil por enésima vez, para ir esperando el sueño.

El coronel Ludlow siempre me ha parecido un ejemplo casi perfecto de reaccionario. Pero el auténtico protagonista de la película no es él, ni ninguno de sus tres hijos. Es la historia de una casa, de una de esas casas de nacer de vivir de morir.

En mis 39 años de vida, he pasado ya por siete soluciones habitacionales, más o menos el mismo número que ha gastado mi madre. Mis raíces se agitan inquietas según sopla el viento. Como mi limonero, la tierra más estable que he conocido es la de una pequeña maceta, siempre dispuesta a seguir dando tumbos por el mundo.

Pero he conocido ese tipo de casas orgánicas que van creciendo y transformándose según las necesidades de la familia que las habita. He ahí mi íntimo anhelo de patriarcado. Echar raíces en una tierra a la que mi sangre mire con amor así pasen los siglos, como castillo templario contemplando cada invierno las nieves de los montes Aquilanos.

Como no le queda más remedio que acabar entendiendo al coronel Ludlow, la esencia del patriarca no es la de imponer caminos a sus vástagos, sino construir un hogar al que poder regresar cada vez que la vida les demuestre por qué es un valle de lágrimas.

La película es, por lo tanto, una sucesión de tristes despedidas y alegres regresos, a modo de variaciones sobre el eterno tema de la parábola del Hijo Pródigo. Esa casa paterna de la que tantas veces renegamos y a la que siempre acabamos deseando regresar.

Esa casa en la que la pequeña luz de una vela marca la presencia de un Padre y un Hijo elevados a la categoría de Dios.

He ahí mi anhelo metafísico de patriarcado.

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