EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

por El Responsable

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

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