El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: noviembre, 2016

EL BEBÉ Y LA ÓPERA

“Y en seguida la frase ésa le brindó voluptuosidades especiales que nunca se le ocurrieron antes de haberla oído, que sólo ella podía inspirarle, y sintió hacia ella un amor nuevo.

Con su lento ritmo le encaminaba, ora por un lado ora por otro, hacia una felicidad noble, ininteligible y concreta. Y de repente, al llegar a cierto punto, cuando él se disponía a seguirla, hubo un momento de pausa y bruscamente cambió de rumbo y, con un movimiento nuevo, más rápido, menudo, melancólico, incesante y suave, le arrastró con ella hacia desconocidas perspectivas. Luego, desapareció. Anheló con toda el alma volverla a ver por tercera vez. Y salió efectivamente, pero ya no le habló con mayor claridad, y la voluptuosidad fue esta vez menos intensa. Pero cuando volvió a casa sintió que la necesitaba, como un hombre que al ver pasar a una mujer entrevista un momento en la calle, siente que se le entra en la vida la imagen de una nueva belleza que da a su sensibilidad un valor aún más grande, sin saber siquiera ni cómo se llama la desconocida ni si la volverá a ver nunca.

Aquel amor por una frase musical pareció por un instante que prendía en la vida de Swann una posibilidad de rejuvenecimiento. Hacía tanto tiempo que renunció a aplicar su vida a un ideal, limitándola al logro de las satisfacciones de cada día, que llegó a creer, sin confesárselo nunca formalmente, que así habría de seguir hasta el fin de su existencia; es más: como no sentía en el ánimo elevados ideales, dejó de creer en su realidad, aunque sin poder negarla del todo. Y tomó la costumbre de refugiarse en pensamientos sin importancia, con lo cual podía dejar a un lado el fondo de las cosas. E igual que no se planteaba la cuestión de que acaso lo mejor sería no ir a sociedad, pero, en cambio, sabía exactamente que no se debe faltar a un convite aceptado y que, si después no se hace la visita de cortesía, hay que dejar tarjetas, lo mismo en la conversación se esforzaba por no expresar nunca con fe una opinión íntima respecto a las cosas, sino en proporcionar muchos detalles materiales que en cierto modo tuvieran un valor intrínseco y que le servían para no dar el pecho. Ponía una extremada precisión en los datos de una receta de cocina, en la exactitud de la fecha del nacimiento o muerte de un pintor o en los títulos de sus obras. Y algunas veces llegaba, a pesar de todo, hasta formular un juicio sobre una obra, o sobre un modo de tomar la vida, pero con tono irónico, como si no estuviera muy convencido de lo que decía. Pues bien; como esos valetudinarios que, de pronto, por haber cambiado de clima, por un régimen nuevo, o a veces por una evolución orgánica espontánea y misteriosa, parecen tan mejorados de su dolencia, que empiezan a entrever la posibilidad inesperada de empezar a sus años una vida enteramente distinta, Swann descubrió en el recuerdo de la frase aquélla, en otras sonatas que pidió que le tocaran para ver si daba con ella, la presencia de una de esas realidades invisibles en las que ya no creía, pero que, como si la música tuviera una especie de influencia electiva sobre su sequedad moral, le atraían de nuevo con deseo y casi con fuerzas de consagrar a ella su vida.”

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust; Alianza, 1996; pgs. 317-319.

EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

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BUON UOMO

Estaba llevando bastante bien mi declaración de no aptitud.

La decepción era amortiguada por la posibilidad que ya contemplaba cercana de reencontrarme con los míos. Así que dedicaba el tiempo de espera a tratar de animar a los que no lo estaban llevando tan bien; en la medida de lo posible, porque había gente que, al no haber pasado el corte, se quedaba literalmente atrapada en un país extraño, sin apenas dinero, a mucha distancia de sus lugares de origen. Ver aquello convertía mi propia situación en algo nimio, lo que me ayudaba a mantener la calma.

Hasta que entramos en el autobús que nos iba a llevar de Aubagne a la estación de Saint Charles de Marsella. Decidí sentarme junto al joven camarada italiano. Él tenía cara de estar muy decepcionado, a pesar de que sólo había recibido un no apto temporal; en 6 meses podrá volver a intentar ser legionario. Una medida típica para fortalecer la vocación militar de algunos jóvenes que la Comisión aún ve demasiado verdes. El italiano sólo tiene 21 años; como Baptiste, el medio melé sudafricano de Ciudad del Cabo, al que expliqué un día, mientras lavábamos platos, por qué los marineros gallegos llamaban Capetón a su ciudad. También él podrá volver dentro de medio año. Trato de animar a ambos diciéndoles que no tardando mucho formarán parte de la Legión Extranjera.

Pero el italiano sigue tristón, mirando a través de la ventana los edificios de la base de Aubagne. Aprendió algo de español en el instituto y habla conmigo en una mezcla diglósica de idiomas:

-Mi dispiace… Tanto buon uomo que va para casa…

Lo dice señalando con un gesto a los que llenamos el autobús y vuelve a fijar la mirada a través de la ventana, quizá para esconder su emoción.

Estaba llevando bastante bien mi declaración de no aptitud, hasta que el joven italiano dijo aquello. Tuve que hacer de tripas corazón para no echarme a llorar como un niño, en medio de aquel autobús repleto de rechazados aspirantes a legionarios, venidos desde las cuatro esquinas del planeta.

En tan poco tiempo, ya se nos había metido el bicho dentro.

Chaque légionnaire est ton frère d’arme…

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ALLONS VOIR UN COUCHER DE SOLEIL…

Andaba yo ensimismado en la lectura de una revista de la Legión Extranjera, cuando Thibaut, el joven de 21 años de Toulouse, me sacó repentinamente de mi recogimiento:

-Espagne! -voceó a mi izquierda.

-What?… -contesté yo, sobresaltado.

-The sunset -respondió Denman a mi derecha.

El neoyorquino de padres brasileños tenía la mirada fija en el horizonte. Iba a ser nuestra última noche en Malmousque. Ambos conocían ya mi amor por las puestas de sol. Las hermosas puestas de sol de Marsella, de las que gozábamos cada día durante la cena.

Nos quedamos los tres hipnotizados por la belleza del círculo rojo que se ocultaba sosegadamente tras el Frioul.

Ese rojo que ellos portan ahora en la manga y para el que yo no he sido encontrado apto.

Por todos ellos, para los que siguen soñando con un Noël à Castel, o los que, como yo, han tenido que partir civil, fueron dirigidas mis oraciones la mañana de ayer en la basílica de Notre Dame de la Garde.

Que Deus lles teña no seu colo, camarades.

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EVA REITERADA DE LA DERROTA Y LA ALEGRÍA

JUECES 4,8

Iré al combate solo si tú vienes;
solo si me acompañas al combate.
Por el mayo paciente que no acaba,
iré al combate solo si tú vienes.
Pues no hay Jerusalén si tú no vienes;
sin ti, sin la mitad de luz del alma,
sin la mitad aún viva de mi alma,
sin la mitad que salvas de mi alma.
Has sido recaída reiterada
y también mi insistencia en la pureza;
si esa fidelidad se tiene en cuenta,
si es pureza insistir en la caída.
Eva la reiterada, mi derrota.
Porque en Jerusalén nada más puro,
nada que tú no seas, nada mío,
porque en Jerusalén nada me vale
de todos los errores que no fuiste.
Eva la reiterada, mi alegría,
nada podía protegerme, nada.
Avasallaste la mitad del alma
y la mitad del alma ardió en la culpa
mientras la otra mitad se iluminaba
reflejando las llamas de ese incendio.
Esa luz era pura y era tuya,
venía de esas llamas y era pura;
aunque viniera de ellas era pura,
porque al menos allí faltó mi orgullo.
Eva de la derrota y la alegría,
tú serás quien me lleve a la victoria,
si en estas condiciones hay combate,
si hay para la victoria condiciones.

Poema incluido en Gloria, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2016; pgs. 20-21. Gracias, José Luis, amigo mío. Qué sencillo te resulta hallar belleza y compartirla.

SÓLO TÚ LO HACES DIFÍCIL

Venencia.
De avenencia.
1. f. Utensilio formado por un pequeño recipiente cilíndrico en el extremo de una larga varilla, que se emplea para extraer pequeñas cantidades de vino de una cuba.

Desde el derrumbe del pasado verano, decidimos hacernos cargo del papel que tanto hemos defendido en estas páginas, dejándonos despeinar por los huracanes marinos al borde del acantilado.

Nos hemos dejado la media piel que nos quedaba en el intento, pero la cercanía del abismo nos ha permitido afinar la vista.

Condenando todo a una carrera contrarreloj, hemos descubierto las costumbres y tradiciones que queremos para nuestra existencia:

Ir a comer al Candela después de un partido de rugby.

Acariciar borrachos a la gata de la Venencia.

Comerle la oreja a Jaime. Y las mollejas.

Y, sobre todo, dejarse robar el aliento por el asma en tu cama. O el vermú cotidiano (cotidianidad de tres días) al lado del árbol, en nuestro Barrio. O el paseo a través de las décadas y las cataratas.

Todo ha sido verdad al abalanzarnos sobre la distancia. Descubrí la felicidad al amagar exilio.

Puta vida, siempre igual. Pero estas son tus normas, mi Dios, y las acepto y las acato.

Sólo te ruego que protejas a los míos. Que los hagas felices, buenos y bellos.

Y que me concedas la gracia del retorno.

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TAMBOR DE GUERRA 

Cómo me gustaría escribir hoy
algo verdadero.

Escribir un adiós
que sea sólo un hasta luego.

Una caricia
en forma de cuento.

Una sonrisa con rima
con tinta
con tiento.

Con manos ágiles de poeta
recias de guerrero.
Que consuelan, que irritan,
que aman, que matan,
que dan, que quitan.

Soñar que el mundo no me asusta
y vivo
en la muerte siendo.

Que me convierto en el hombre
que mi niño profetizaba:
aspirante a soldado
aprendiz de viejo
escritor de taberna
borracho de cielo.

Que cruzo el fuego
que lleno la nada.

Que invado el infierno
y regreso a casa.

SÓLO NECESITO DESPEGAR

Dios poda a veces nuestras ramas como un jardinero impaciente.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 280.

“De vuelta en Yucca Avenue, metí el Oldsmobile en el garaje y husmeé en el buzón. Nada, como siempre. Subí el largo tramo de escalones de secuoya y abrí la puerta. Todo estaba igual. El cuarto estaba igual de mal ventilado, soso y desangelado que siempre. Abrí un par de ventanas y me preparé una copa en la cocina. Me senté en el sofá y miré a la pared. Fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, siempre regresaba a esto. Una pared vacía en un cuarto anodino en una casa anodina.

Dejé la copa encima de una mesa sin probarla. El alcohol no era la solución. Nada era la solución, más que un corazón profundo y endurecido que no pida nada a nadie.

Empezó a sonar el teléfono. Lo cogí y dije con voz hueca:

-Marlowe al habla.

-¿Es el señor Philip Marlowe?

-Sí.

-Le están intentando localizar desde París, señor Marlowe. Volveré a llamarlo dentro de un rato.

Colgué el teléfono lentamente y creo que la mano me tembló un poco. Por conducir muy deprisa, o por dormir poco.”

Playback, de Raymond Chandler; Alianza, 2002; pgs. 183-184.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester