DONDE LAS FLORES ARRUGADAS

por El Responsable

“Y ahí de pie se ha quedado, junto a la verja, con la mano levantada a la mañana, la mano colgando del cielo. Y quiere llorar cuando piensa en su hijo, en que ya estará dormido otra vez, y dormirá todo el camino, con la barbilla hincada en el pecho y la boca abierta, o con la cabeza completamente caída hacia un lado, niños elásticos que pueden dormir así sin despertarse, pura contractura, y quiere llorar cuando piensa que nadie podrá sostenerle la frente mientras duerme, sujetarle la cabeza, colocársela bien, porque Julio va solo en el coche y está conduciendo, y quiere llorar porque recuerda que hace apenas unas semanas eran una familia dentro de un coche, yendo a algún lugar, y cuando el niño se dormía ella alargaba la mano desde el asiento del copiloto y le sujetaba la frente, y con la otra mano quizá cambiaba la música, y dentro del vehículo se respiraba ese aire formal de las familias, esa magnitud cotidiana, la cohesión de estar juntos, de ser un bloque, una construcción hecha de riñas y amor, y también de porquería, y también de inevitabilidad, pero cómo le rasga ahora ese recuerdo, ahora en su verdadera soledad, cómo la atrapa esa memoria, las breves palabras que ellos se decían con el niño ya dormido, las ganas de subir la música, el silencio, la sorpresa luego cuando al pasar los kilómetros Leo se despertaba con las mejillas ardiendo, y ellos dos la alegría, porque siempre es una alegría cuando un niño se despierta, siempre es una sorpresa que abra los ojos, porque es la confirmación de que de verdad existe, de que se le ha traído a este mundo, de que es tuyo, de que vive, y ellos dos virando el tono de voz y dándole la bienvenida, y en ese momento, justo al despertar, al volver el hijo al mundo de los padres, las cosas adoptando el sentido de las cosas, la mano de los días cerrándose sobre todos ellos, invernadero levantado frente al porvenir, calor y sintonía, ruido de familia que viaja en coche. Ahí de pie se ha quedado Sofía digiriendo su desposesión, y al cabo de un rato baja la mano, se mete dentro, cierra la verja, cruza el patio, donde el huerto adolece de falta de agua, donde las flores arrugadas, y entra en la casa.”

Piel de lobo, de Lara Moreno; Lumen, 2016; pgs. 223-224.

Obra de David Riedel

Obra de David Riedel

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