CAD 7

por El Responsable

Salgo a dar una vuelta, para bajar la cena y matar el aburrimiento.

Cuando uno vuelve a vivir en el Barrio de su juventud, los paseos abandonan el ámbito de las meras tres dimensiones y pasan a tener cuatro: el tiempo se convierte en protagonista, haciendo brotar un recuerdo en cada vistazo que uno le echa al mundo alrededor.

Durante el paseo, he vuelto a cruzar por delante del edificio de la foto. Es el CAD de Hortaleza. CAD significa: Centro de Atención al Drogodependiente. Lo visité no pocas veces, hace casi veinte años.

Durante un viaje a Galicia, me cogieron con media bellota de hachís en un parque de Santiago de Compostela. Me sorprendió a traición un policía de paisano mientras me liaba un porro; digo a traición porque ni siquiera Mortadelo se habría disfrazado mejor de abuelo de parque. Me cogió completamente desprevenido, ese agente a punto de jubilarse.

Poco tiempo después, llegaba a mi casa madrileña una alegre carta con su peculiar versión de la diatriba de las pastillas de Matrix: si elegía la pastilla roja, tenía que pagar una multa; si escogía la azul, el premio era un proceso de desintoxicación en el CAD más cercano. Yo, de natural pobre, opté por la pastilla azul.

Como el caso era bastante común entre los jóvenes de mi generación, pude oír docenas de historias que me decían que el trámite era una parida y con un fin de semana de charlas quedaría limpio de polvo y multa. Pero claro, nadie había oído hablar del CAD 7, el de Hortaleza, mi Barrio.

Resultó ser el CAD más eficiente de Madrid. Sus funcionarios se tomaban muy en serio su trabajo. Nadie tardaba menos de nueve meses en librarse de la dichosa multa. Tenía que ir una vez a la semana. Según llegaba, me hacían un análisis de orina para confirmar que lo estaba dejando; para evitar trapicheos con el pis como los que se pueden ver en The Wire, teníamos que mear delante de un funcionario, que además siempre era una funcionaria. Lo cual complica bastante la paz de ánimo necesaria para alguien que quiere miccionar, he de decir.

Tras la meada semanal, tocaba una hora de sesión de grupo con todos los porreros del Barrio lo suficientemente torpes como para dejarse pillar liándose un canuto. La media de edad era de unos 18 años, salvo por la psicóloga, la asistenta social y un politoxicómano muy majo de unos cuarenta y tantos, al que habían bajado de división porque había conseguido concentrarse más en su trabajo de pintor de brocha gorda que en la ingesta de cocaína.

Como yo ya había tenido clases en la Facultad de Filosofía con el profesor Fuentes (ya sabéis… pertenezco a una escuela de pensamiento que considera que la psicología ni es una ciencia ni lo será jamás…) iba a mis reuniones de porreros anónimos con la tensión del militante, dispuesto a ignorar y/o despreciar cualquier tontería que la psicóloga y la asistenta social pudieran decir. Cuando comprendí que aquella actitud sólo iba a conducirme a pasar el resto de mi vida meando una vez a la semana delante de una funcionaria, decidí relajarme y dedicar aquella hora de charla a eso, a charlar.

Como había dejado de fumar hachís en cuanto me llegó la condenada carta, me convertí rápidamente en un alumno aventajado del sistema estatal de lucha contra la drogodependencia. Al mismo tiempo, para no perder habilidades básicas, durante los meses que estuve en tratamiento me dediqué a liarle los porros a los colegas.

El día que me liberaron, uno de ellos me esperó a la salida del CAD, con un canuto listo para ser encendido. Nos saludamos, me lo pasó junto con el mechero, y yo me lo encendí con una profunda y satisfecha calada. Después nos fuimos por ahí a celebrarlo.

La verdad es que yo nunca dejé las drogas. Más bien, se me cayeron. Por desidia o aburrimiento. En cualquier caso, sigo consumiendo algunas que me parecen esenciales para una buena vida: alcohol y tabaco.

Entiendo perfectamente que la gente se drogue de una forma desmedida en este mundo que nos hemos construido. Entre drogas ilegales, legales y las recetadas por el mafioso sistema fármaco-psiquiátrico, dudo que quede alguien sereno sobre la faz de la tierra.

Y no me extraña.

Entre otras cosas, he probado el éxtasis (el MDMA, no el de Santa Teresa), una única vez en la vida. La sensación de felicidad y plenitud es de una potencia tal, que resulta indescriptible. Todo es bueno, todo está bien, la vida es maravillosa, todos son mis amigos, todo tiene sentido. Exactamente igual que el típico eslogan de cualquier nueva campaña de evangelización de la Conferencia Episcopal. Pero claro, con la verdad química haciendo realidad lo que la Conferencia Episcopal sólo puede impostar con risas y sonrisas, éstas sí, estupefacientes.

En cualquier caso, mi Dios no es el de la Conferencia Episcopal, ni el de cualquier otra secta protestante. Se parece más al geniecillo maligno de Descartes. Goza viéndome caer, disfruta arrastrándome por el fango. Mi Dios tiene un negro sentido del humor.

Por eso precisamente creo en Él. Creo que realmente me ama cuando me humilla. Creo que realmente todo el mal que me hace acabará siendo mejor para mí.

En el fondo, creo que no me abandono a los paraísos artificiales porque amo profundamente, más de lo que soy capaz de entender, el sufrimiento que mi Dios me inflige. Quizá porque sólo en la plena consciencia del dolor puedo dar la medida auténtica de mi ser, sea ésta la que fuere, ante las tribulaciones que mi Dios me envía.

Sólo en la dramaticidad que el dolor y el sufrimiento permiten puede el mundo tener sentido.

Sólo en un mundo donde se puede estar mal tiene sentido la palabra mejorar.

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