El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Setembro, 2016

LAS ORACIONES DE DOÑA ALEJANDRA

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Yo le dije a doña Alejandra que rezara por mí y ella me supo leer y auscultar. Me envió palabras para soportar huracanes y una canción que me ancló a la tradición de valentía y coraje de mi familia.

Mi abuelo era redero. Muchas veces le propusieron ser jefe de su gremio en los barcos donde se ganaba la vida. Pero a él no le gustaba mandar. No quería saber de política, ni de elevaciones mundanas.

En la única ocasión en que aceptó ser jefe de rederos, obligado por la necesidad de sacar adelante a sus cuatro hijos, la muerte pactó cita con él al otro lado del océano, al sur de Terranova, en las costas de Saint-Pierre-et-Miquelon. Unas redes rebosantes de peces fueron demasiado esfuerzo para los cables de su pesquero, provocando la quiebra de uno de ellos, que, a modo de látigo furioso, destrozó los cuerpos y las vidas de varios hombres, entre ellos mi abuelo José Bastida. A quien nunca llegué a conocer.

Por eso, quizá no sabe doña Alejandra cuánto acertó al enviarme esta oración hermosísima, que le agradezco desde lo más profundo del alma.

LA MONTAÑA

Mi bisabuela decía que uno no se podía fiar de la Gente de la Montaña. Tanto ella como mi abuela -su hija- me hablaban de aquella vez en que la Iglesia había enviado sacerdotes misioneros para catequizar adecuadamente a esas gentes.

A pesar de haberlo preguntado más de una vez, nunca me quedó claro en qué lugar geográfico exacto de nuestra comarca se encontraba ese sitio que ellas llamaban “la Montaña”.

“Un día había ido a Skjenne con su padre y había visto el sorprendente objeto precioso que poseían allí los de la granja. Era una espuela de oro purísimo, maciza, de forma anticuada, con maravillosos adornos. Como todos los hijos de la comarca, conocía su origen.

Poco tiempo después de que san Olav hubiera convertido el valle al cristianismo, Audhild, la Bella de Skjenne, fue secuestrada en la montaña por los trolls. Subieron allí arriba la campana de la iglesia y la hicieron sonar para llamar a la joven. Al tercer día llegó por encima de la cerca, tan cubierta de oro que brillaba como una estrella. Entonces la cuerda se rompió, la campana rodó por la pendiente y Audhild tuvo que regresar a la montaña.

Pero una noche, muchos años después, doce guerreros llegaron a la casa del sacerdote, que fue el primer sacerdote de Sil. Llevaban cascos de oro y estribos de plata y cabalgaban grandes caballos alazanes. Eran los hijos de Audhild y del rey de la montaña y pedían que su madre fuera enterrada como cristiana en tierra consagrada. En la montaña había intentado conservar su fe y celebrado las fiestas de precepto; aquella era una gracia que pedía. El sacerdote se la negó. La gente decía que a causa de aquello él no tenía ningún descanso en su tumba, que en las noches de otoño le oían andar por el bosque, al norte de la iglesia, llorando de arrepentimiento por su dureza de corazón. La misma noche, los hijos de Audhild fueron a Skjenne llevando recuerdos de su madre a sus viejos padres. A la mañana siguiente encontraron la espuela de oro en su patio. Y el pueblo de los trolls continúa teniendo a los de Skjenne por parientes; de ahí su extraordinaria suerte en la montaña.

Cuando regresaban a casa cabalgando, en la noche de verano, Lavrans dijo a su hija:

-Los hijos de Audhild recitaban las oraciones cristianas que habían aprendido de su madre. No sabían pronunciar el nombre de Dios y el nombre de Jesús, pero recitaban el Padre Nuestro y el Credo así: Creo en el Todopoderoso, creo en su Único Hijo, creo en el Espíritu Santo. Y también decían: Salve bendita mujer entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tus entrañas, consuelo del mundo.

Cristina miró tímidamente el flaco semblante moreno de su padre. En la clara noche de verano parecía más torturado que nunca por las preocupaciones y las meditaciones.

-Nunca me habíais contado esto, padre -dijo con dulzura.

-¿No lo hice? No. Supondría sin duda, que no obtendrías de ello otra cosa que pensamientos demasiado graves para tu edad. Sira Eirik dijo que estaba escrito por el apóstol san Pablo que no sólo la raza de los hombres gime en el dolor…”

Cristina, hija de Lavrans, de Sigrid Undset; Encuentro, 2007; pgs. 572-573.

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