UN, DOS, TRES… UN, DOS, TRES…

por El Responsable

Era el típico niño que le decía a sus amiguitos que los Reyes Magos eran los padres. Digno hijo de su roja madre.

Pero también él tuvo que sufrir traumáticas desilusiones.

El final del primer volumen de la Biblioteca de los Jóvenes Castores anunciaba para el siguiente número un artículo en el que se explicaría cómo hacerse invisible. Aquel niño no pudo soportar el lento paso del tiempo durante aquella eterna semana. Había entendido la promesa de invisibilidad con la literalidad propia de un lector salafista del Corán: cuando leyera aquel artículo, sería capaz de aparecer y desaparecer a su antojo. Pasó la semana en una fiebre de fantasías y proyectos. Para al final descubrir que, tras la potentísima palabra INVISIBILIDAD, se escondía un concepto bastante más prosaico: camuflaje

El siguiente desengaño fue más profundo. Su madre había traído del trabajo un cesto para que su vástago se acostumbrase a recoger la ropa sucia, tratando así de vencer su costumbre de decorar la habitación con calcetines y calzoncillos usados. El cesto era un cilindro blanco que su madre, para endulzarle la naciente disciplina, le dijo que podía dibujar, pintar o llenar de pegatinas. A aquel chaval de once años se le iluminó la cara cuando pensó que podía adornarlo con el nombre de su novia.

Su madre le miró muy seria. Le preguntó:

-¿Y si deja de gustarte?

Su hijo parpadeó sin entender. Había conocido a aquella niña poco después de llegar a la nueva ciudad. Estaba convencido de que ya nunca se iban a separar. Crecerían juntos, estudiarían juntos, se casarían, tendrían hijos y vivirían juntos para siempre. ¿Cómo iba a dejar de gustarle?

Su madre intentó explicarle que no todas las novias son para siempre.

Y sí, su madre tenía razón: no mucho tiempo después, aquella niña dejó de gustarle.

Pero antes de que tal cosa ocurriese, aprendieron juntos a bailar el vals para la obra de final de curso del colegio.

Y algo de ese ritmo común quedó en su vida para siempre.

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