DETECTIVES ACANTILADOS

por El Responsable

Eran las siete bastante pasadas de la mañana y yo me removía nervioso en la parada del mercado; supuestamente, por ahí debería pasar el bus que iba a Cedeira, pero el artefacto no aparecía. Para mi inmenso alivio, el carromato surgió en la curva cuando yo ya empezaba a sospechar que me había pegado el madrugón para nada. Para nada no, la verdad; porque gracias a mi manía de llegar media hora antes a todas mis citas, conseguí enterarme de que el autobús de Cedeira no se cogía en la estación -hasta donde había ido en un primer momento-, sino en el mercado.

El caso es que conseguí montarme en el bus y el propio viaje a Cedeira, que dura más o menos una hora, resultó bastante bonito de por sí. Desde Cedeira, todo el camino a Teixido está muy bien señalado y es imposible perderse.

Llegué al santuario a las diez, haciendo el último tramo a través del Camiño de Costa Pequena, que en ocasiones parece un túnel verde, completamente rodeado de ramas y troncos de árbol. Poco antes de entrar en el Camiño, justo cuando por primera vez pude asomarme a la inmensidad del océano y de los acantilados, tuve mi primer encuentro con un grupo de caballos salvajes, tres adultos y un potrillo.

Al llegar a Teixido, vi al cura del lugar abriendo la iglesia; así que pude rezar un misterio arrodillado ante el retablo del santuario; retablo que, al parecer, es barroco, pero cuyas figuras a mí me produjeron una sensación más propia de esculturas altomedievales.

Tras descansar unos minutos, continué el ascenso a la Garita de Herbeira, uno de los acantilados más altos de Europa. Fue en este tramo en el que me encontré con Paco.

Paco llevaba una bici con un pequeño remolque, en el que portaba, entre otras cosas, una tienda de campaña. Salió hace unas semanas de Zaragoza (él es originario del Pirineo aragonés) con 480 euros (de los que aún le quedaban 100) y había ido en bici hasta Finisterre; desde allí venía siguiendo la costa y hoy le tocaba llegar a Cariño. Ayer durmió en Teixido, donde pudo contemplar, según me contó, una hermosísima puesta de sol (casi más bella que la que vio en Finisterre, que ya fue mucho).

Llegué a la altura de Paco cuando iba empujando su bici por una de las terribles cuestas que tiene el recorrido hasta la Garita. Así que me puse a su lado y me dediqué a darle relevos, para que el hombre pudiese descansar un poco. Os puedo asegurar que no entiendo cómo ha podido hacer tanto camino solo, porque yo quedaba agotado después de cada relevo (que además no eran muy largos, he de reconocer).

Paco se divorció hace ocho años. Trabaja de monitor de esquí, cosa que le apasiona. En su tiempo libre, ayuda como voluntario a gente que ha pasado por el mundo de las drogas. A pesar de tener sólo 58 años, luce con bastante despreocupación los numerosos huecos de su dentadura. Tiene unos profundos, bellos y amables ojos verdes. Repite mucho la palabra espiritual y se desespera porque su hijo de 28 años lo único que hace en su tiempo libre es estar delante de un ordenador.

La intención de Paco es seguir un poco más por la costa gallega y después cruzar España para llegar a Cádiz.

Nos despedimos en la Garita de Herbeira, dándonos un abrazo. Nos deseamos mutuamente que nos fuera bien en la vida. Y nos lo deseamos de verdad, de eso estoy seguro.

Buscar, buscar… buscar es fundamental; no se puede dejar de buscar en la vida… Así me dijo Paco en un momento de nuestra ascensión.

Y es que, claro, ¿dónde puede ser más fácil encontrar a un detective salvaje que al borde de un acantilado?

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