LA FUGA

por El Responsable

Había dispuesto las cuatro latas vacías de cerveza como si fueran las cuatro torres de un castillo en miniatura. Dio otro trago a una quinta lata, mientras colocaba un soldadito -hecho con un trozo de servilleta de papel- en lo alto de una de las torres. Miró a la joven pareja de la mesa de al lado y les sonrió, mientras señalaba su maqueta con gesto orgulloso.

Fiat pax in virtute tua et abundantia in turribus tuis… -balbuceó.

El joven y la joven se miraron y gesticularon burlonamente. Enseguida dejaron de prestarle atención y devolvieron las miradas a la televisión del bar. El borracho eructó para sí mismo, sin estridencias; acabó atendiendo también a las noticias.

-…es que si eres cura, vas incitando a que te corten el pescuezo -dijo la joven-. Lo que no tiene nombre es que te maten mientras vas a un concierto. O en tus vacaciones; ya no se puede viajar tranquilo a un montón de sitios interesantísimos…

Su acompañante asintió con la cabeza, antes de añadir:

-Qué se puede esperar, de las religiones…

Una lata aplastada golpeó la cabeza del joven y rebotó hasta el suelo. El chaval, desconcertado, miró a su alrededor, buscando una explicación. El castillo en miniatura tenía una torre menos; y el borracho le miraba con una mueca de profunda satisfacción. El joven le miró con cara de no entender nada.

-Supongo que le causará menos sorpresa mi acción -dijo el borracho-, si le digo que mi naturaleza tiene cierta tendencia a la religiosidad.

Los dos jóvenes le seguían mirando estupefactos.

-Aunque lo realmente sorprendente, he de decir -añadió el borracho-, es mi puntería; teniendo en cuenta el estado en el que me encuentro. Desde luego, estaba de Dios hacerle sangre.

El rostro del joven se puso blanco.

-¿Sangre? -tartamudeó-. ¿Qué sangre?

Su compañera señaló con un tímido dedo su propia frente. El joven repitió el gesto en la suya. Después miró el dedo, manchado por un hilillo de sangre; y, acto seguido, se desmayó. Momento en el que se acercaron un par de camareros y algunos clientes, que habían estado observando la escena en pasmado silencio.

-Dios mío, he creado un mártir laico… -dijo el borracho, al tiempo que se dibujaba una sonrisa crispada en su boca.

Mientras crecía el tumulto, el borracho se dirigió dando tumbos hacia la puerta del bar. Ya en la calle, le recibió la luminosidad de bajo consumo de la ciudad nocturna y los mil ruidos del ocio de fin de semana.

-Cuando suba la marea, esta gente nos venderá como a perros… -murmuró-. Hay que irse de aquí.

Se fue haciendo eses por la acera atestada, la mirada fija en el cielo sin estrellas. Algunos clientes, apocados, le veían marcharse desde la puerta del bar. Un sonido de sirenas crecía en la distancia.

'Invierno', de Andrew Wyeth (1946)

‘Invierno’, de Andrew Wyeth (1946)

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