QUE ES LO QUE TIENE EL AIRE EN LA MAÑANA

por El Responsable

Hoy me he enterado de que una amiga de la infancia ferrolana está embarazada.

La noticia me ha producido una alegría extraordinaria; tanta, que hasta me ha llegado a resultar un poco extraña y exagerada. Desde aquellos tiempos, han pasado ya casi treinta años. Creo que nos hemos visto un par de veces desde entonces. Nos reencontramos, como tantos otros, gracias al Facebook; y gracias al mismo, hemos ido conociendo los acontecimientos de nuestras respectivas vidas.

Pero es innegable que he sentido una alegría inmensa cuando he conocido la noticia. Supongo que se mezclan muchas emociones y recuerdos distintos en esta dicha.

Me fui de Ferrol a los diez años. Mi madre había conseguido trabajo en Madrid. Ella se fue antes, pero yo me quedé en Ferrol para terminar quinto de EGB.

Recuerdo que, tras conocer mi marcha definitiva para ir a vivir a Madrid, decidí aprovechar al máximo mis últimos cuatro meses de vida ferrolana. Me fui de Ferrol siendo completamente feliz. En Ferrol.

Lo primero que hice al llegar a Madrid fue llamar a mi amigo Richi para que me dijera cómo había quedado nuestro equipo de barrio en el partido que había jugado contra otro barrio cercano. Era un partido muy importante. No eran partidos de ninguna liga municipal, ni federada. Los partidos se organizaban a modo de desafío entre chavales de barrio y eran intensos como sólo lo podía ser una pelea entre bandas rivales. Creo que ganamos.

Me sorprende pensar que sólo teníamos diez años. Cuando ahora veo a un niño de diez años y lo comparo con aquellas bestias que nosotros éramos, sólo puedo sentir pena por el destino de Occidente.

Nosotros teníamos algo muy importante: teníamos calle. Calle de astilleros, de reconversiones industriales, de generaciones destruidas por la heroína. Jugábamos en los viejos edificios abandonados de la estación de tren, sorteando jeringuillas para ir a cazar tritones en las charcas.

Para que volviese a casa, mi abuela abría la ventana de su quinto piso y empezaba a berrear mi nombre. Era muy típico que algún amigo me avisase de que mi abuela me estaba llamando, mientras estaba yo entretenido en algún juego o trastada. No había teléfonos móviles, pero mi abuela tenía un vozarrón formidable.

Y los fines de semana, cada cual a su aldea, a vivir una existencia de otra época, entre vacas, gallinas, bosques y acantilados.

No es difícil de entender, por lo tanto, que tengamos la cabeza un pelín trastornada: demasiadas contradicciones en muy pocos kilómetros cuadrados.

El mismo año que llegué a Madrid, 1988, la Unión publicó un disco con el que tuvo mucho éxito, y que yo le pedí a mi madre que me comprara. El disco incluía una canción, sencilla pero verdadera, que ya me iba avisando de lo que me esperaba. De lo que nos esperaba a todos. Llevo treinta años tarareando esa canción.

Yo viví una primera expulsión del paraíso a los diez años. Después vinieron otras.

En cualquier caso, le pido a Dios que algún día le pueda contar al hijo de Myriam cómo su madre y yo jugábamos felices por las calles del Inferniño.

Creo que ya conseguí acostumbrarme a vivir al este del Campo de la Vía.

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