El sosiego acantilado

Mes: Xuño, 2016

LA OBSCENA INOCENCIA

“Broch es un genial desenmascarador del sonambulismo, o sea de ese autoembobamiento con el que los hombres se esconden a sí mismos su propio vacío, con una hórrida buena fe que es la mayor falsificación y que inducía a la abuela de Biagio Marin, tal como cuenta el poeta, a decirle: Acuérdate de que quien peca por ignorancia, por ignorancia se condena. Marin, con toda justicia, consideraba esas palabras como una de las grandes enseñanzas morales de su vida. Si a veces -en determinadas circunstancias en las que, a pesar de todo esfuerzo, no es de veras posible darse cuenta de la situación y de los valores que están realmente en juego- la así llamada buena fe puede ser un atenuante, más a menudo es en cambio un agravante, puesto que es el resultado de una prolongada labor de corrupción de la propia conciencia, aturdida, embriagada o empañada por la costumbre de la mentira y el mal, hasta el extremo de llegar a ser incapaz de distinguir el bien del mal, a convencerse de estar en lo cierto incluso cuando se mancha de culpas porque se niega a mirar cara a cara a la realidad, a la dificultad y la responsabilidad en la elección, a la necesidad de juzgar y de ser juzgada. Si se comete una violencia o una injusticia a sabiendas de que se hace daño, existe al menos la posibilidad de enmendarse y de reparar los agravios; posibilidad que no cabe cuando se es tan obtuso como para no darse cuenta de lo que se hace o tan arrogante y ciego como para considerarlo justo. […] Si hay un Día del Juicio, esa ignorancia, esa especie de obscena inocencia, probablemente se les achacará en su contra, como creía la abuela de Marin.

Dicha ignorancia no sólo hace referencia a la dimensión moral, sino que afecta a la relación con toda la realidad, la existencia y la historia, y a la incapacidad de mirarlas cara a cara sin rémoras, de aguantar su desnuda y abrasadora tensión. Cuanto más lacerante se vuelve esa tensión, tanto más se defienden de ella -lográndolo- los hombres que tienen miedo a no poder soportarla, y se defienden intentando ofuscar su percepción, vivir como sonámbulos…”

Utopía y desencanto, de Claudio Magris; Anagrama, 2001; pgs. 243-244.

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FARSANTES

“Los antiguos comprendieron la imposibilidad de exigirle al mundo una perfección de la que, debido a su naturaleza caída, ellos mismos carecían. Ahora, las multitudes exigen derechos y reclaman responsabilidades en cuanto alguno de estos es contradicho. Farsantes, piden a los demás una perfección de la que ellos son incapaces.”

La clemencia del tiempo, de Ander Mayora Unzueta; Los Papeles del Sitio, 2015; pg. 128.

'La confesión', de Giuseppe Molteni (1838)

‘La confesión’, de Giuseppe Molteni (1838)

LUCHA DE GIGANTES

Las partículas elementales han confundido el verdadero combate con una deposición de papel, mientras aplauden la valentía de acusar a las ovejas de los desmanes de los lobos -a los que se someterán como harén en cuanto fuere necesario-.

La fidelidad ha sido saldada en un supermercado de caprichos.

La imaginación ha tomado el poder: hombres y mujeres se diluyen en una sopa monstruosa de géneros absurdos y abortos cobardes.

Saruman ha cambiado su capa blanca por un pareo arcoíris.

Nosotros no creemos que la libertad moderna libere nada, salvo un ejército innumerable de demonios.

En nuestros intempestivos sueños de patriarcas heterosexuales, nuestro mejor amigo rechaza al Enemigo en nombre de la sangre recién nacida.

Somos los cruzados que defienden espalda contra espalda el minúsculo reino asediado de sus familias menguantes, armados con ridículos rosarios de cinco misterios.

Sabemos que nada nos ha sido pedido, comparado con lo que se nos ha de pedir. Para ello nos preparamos. Cada tribulación es un entrenamiento para soportar un castigo mayor.

Y en el castigo -con expresión de fiesta bella y cruel- nos crecemos.

Somos la mala hierba
que pisoteada por gigantes
se transforma en la sal de la tierra
empeñada en defender todo lo bello y bueno que Dios creó en su mundo.

MORRIÑA

“Chegóu das Américas un home rico e trouxo consigo un negriño cubano, coma quen trai unha mona, un papagaio, un fonógrafo…

O negriño foi medrando na aldea, onde deprendéu a falar con enxebreza, a puntear muiñeiras, a botar aturuxos abrouxadores.

Un día morréu o home rico e Panchito trocóu de amo para ganalo pan. Co tempo fíxose mozo comprido, sen máis chatas que a súa coor… Aínda que era negro coma o pote, tiña gracia dabondo para facerse querer de todos. Endomingado, con un caravel enriba da orella e unha ponla de malva na chaqueta, parescía talmente un mozo das festas.

Unha noite de estrelas xurdéu no seu maxín a idea de saír polo mundo á cata de riquezas. Tamén Panchito sintéu, como tódolos mozos da aldea, os anceios de emigrar. E unha mañán de moita tristura gabeóu polas escaleiras dun trasatlántico.

Panchito ía camiño da Habana e os seus ollos mollados e brilantes esculcaban no mar as terras deixadas pola popa.

Nunha rúa da Habana o negro Panchito tropezóu cun home da súa aldea e confesóulle saloucando:

-Ai, eu non me afago nesta terra de tanto sol; eu non me afago con esta xente. ¡Eu morro!

Panchito retornóu á aldea. Chegóu probe e endeble; pero trouxo moita fartura no corazón. Tamén trouxo un sombreiro de palla e máis un traxe branco…”

Cousas, de Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao; na Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992;  pxs. 99-100.

ENSERES

Hoy, como tantos otros domingos, he ido a comer a casa de mi madre.

Mientras esperaba a que estuviera lista la comida, me he acercado a la terraza. Me gusta comprobar cómo va creciendo el naranjo que les regalé (mi limonero, por cierto, cumplió ayer diez años).

Me fijé entonces en la alacena que Julio, el compañero de mi madre, restauró ya hace un tiempo. Es un mueble precioso, que hoy se veía especialmente bello, sumergido en la abundante luz de la jornada.

Pero, al mismo tiempo, sentí que el mueble parecía demandar otro lugar. No me refiero a un simple cambio de sitio. Encajonado en la estrechez de la pequeña terraza, su mera presencia imponía otra disposición del mundo alrededor: otros espacios, otros ritmos, otras rutinas. Pensé que sería una alacena feliz en una casa de campo, asomada a una ventana desde la que pudiera ver una huerta bien cuidada y un pequeño jardín; y, más allá, el camino que marca la adecuada distancia con el mundo.

Unas manos de mujer cortarían flores cada mañana para poner en el jarrón que reposa en la alacena.

Me vinieron entonces a la mente las reflexiones de Fernando sobre los enseres, que tengo frescas en la memoria por haber tocado el tema en su reciente conferencia sobre Gómez Dávila.

Los enseres gozan así de una doble formalización, constan de partes formales o piezas y, a su vez, pueden distinguirse en su estructura elementos sintácticos o de relación, que remiten a su composición con otros objetos culturales, y elementos semánticos que determinan, justamente, lo que el objeto es de suyo, relativamente al margen de su articulación con esos otros objetos con los que conforma, sin embargo, una red, paisaje o esfera cultural o idiomática. Así, cuando en un determinado entorno cultural aparece un objeto exótico su presencia destaca, como destaca en el discurso la palabra de un idioma foráneo.

Elementos para la comprensión de las raíces metapolíticas de Europa. Del fundamento antropológico de la comunidad al ocaso de la familia en la sociedad universal; tesis doctoral en Sociología de Fernando Muñoz; pg. 70.

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CUARTO ANIVERSARIO

Releo mi diario de 2012. No tardo mucho, porque apenas tiene anotaciones. Pero las que hay, son de este calibre: Souben onte que o domingo 17 de xuño deste ano, Deus mediante, hei recibir os sacramentos da Eucaristía e da Confirmación.

Ese mismo fin de semana, se produjo un incendio en mis amadas fragas del Eume. Y yo releía la Historia del Rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda, el interesante estudio que Carlos García Gual escribió sobre la materia de Bretaña. Apunto yo lo siguiente el domingo 1 de abril (traducido del gallego original):

Veo el progresivo desarrollo del Ciclo Artúrico como la construcción de una catedral gótica: varias generaciones de escritores, muchos de ellos anónimos, que van haciendo crecer, de un modo casi vegetal, todos los símbolos y significados de la mitología cristiana del Grial.

Los autores no dudan a la hora de admitir que las historias que se proponen relatar fueron leídas en otros libros, escritas por manos ajenas. El autor aún no es un ego diminuto, con deseos de gloria mercantil-literaria. Aún es, nada más (pero nada menos), un simple albañil de una catedral gótica.

PARA MI COMPAÑERA, LA SIN PAR LIBRERA VANESA

“Era incomparablemente bello, aquel De profundis así cantado. Le retorció los nervios a Durtal aquella sublime súplica acabada en sollozos en el momento en que el alma iba a traspasar las fronteras humanas, sobresaltándole el corazón. Luego quiso abstraerse, deteniéndose sobre todo en el sentido de la triste queja con la que el ser caído, lamentablemente, implora, gimiendo, a su Dios. Y le volvían aquellos gritos de la tercera estrofa, esos con los que suplicando, desesperado, desde lo hondo del abismo, a su Salvador, el hombre, sintiéndose escuchado, vacila, avergonzado, sin saber qué decir. Las excusas preparadas le parecen vanas, los argumentos ajustados le parecen anodinos y entonces balbucea: si tienes en cuenta las iniquidades, Señor, Señor, ¿quién hallará gracia?

En camino, de Joris-Karl Huysmans; Homo Legens, 2006; pgs. 7-8.

LA CASUÍSTICA DEL AMOR

Los tres traspiés de la Iglesia han sido: el aristotelismo, el jesuitismo, la comisión bíblica.

Lo que aleja de Dios no es el pecado, sino el empeño en disculparlo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs 1129, 1376.

“Pero desde luego hay otros aspectos del deterioro eclesial y social que nos han llevado a este punto: el estrago de la falsa renovación en la Iglesia de los últimas décadas; la increíblemente estúpida política de inculturación aplicada a una desarraigada cultura occidental invadida por un secularismo militante; la inexorable y progresiva erosión del matrimonio y la familia en la sociedad; el ataque a la Iglesia, más potente desde el interior que desde el exterior, como denunciaba el Papa Benedicto; la prolongada defección de algunos teólogos y laicos en materia de anticoncepción; los espantosos escándalos sexuales; los innumerables sacrilegios; la pérdida del espíritu de la liturgia; los cismas internos de facto sobre toda una serie de cuestiones y enfoques graves, sutilmente disfrazados bajo una apariencia de unidad de iure de la Iglesia; los modelos de profunda disonancia espiritual y moral que bullen actualmente bajo el andrajoso título de católico. ¿Y nos sorprendemos de que la Iglesia esté en un estado de debilitamiento y esté desapareciendo?

Podríamos incluso rastrear los largos antecedentes temporales de Amoris laetitia. Como tengo un espíritu algo anticuado, veo este documento como el mal fruto de ciertos desarrollos del segundo milenio en la Iglesia occidental. Indico brevemente dos en concreto: la forma rígidamente racionalista y dualista del tomismo promovida por los jesuitas en el siglo XVI y, en ese contexto, su elaboración de la comprensión casuística del pecado mortal en el siglo XVII. El arte de la casuística ha sido aplicado a una nueva categoría de ciencia sacra llamada teología moral en la que, me parece, la regla de cálculo es sabiamente empleada para estimar técnicamente, caso por caso, la culpabilidad mínima necesaria para evitar la imputación de pecado mortal. ¡Qué meta espiritual! ¡Qué visión espiritual! Hoy, la casuística vuelve a levantar su fea cabeza bajo la nueva forma de la ética de la situación y Amoris laetitia, francamente, está llena de ella, ¡aunque fue expresamente condenada por San Juan Pablo II en la encíclica Veritatis Splendor!”

Extracto del comentario de Anna M. Silvas a la exhortación apostólica post-sinodal Amoris laetitia, leído en la página de Sandro Magister.

'La petite barque', de Émile Friant (1895)

‘La petite barque’, de Émile Friant (1895)

QUE ES LO QUE TIENE EL AIRE EN LA MAÑANA

Hoy me he enterado de que una amiga de la infancia ferrolana está embarazada.

La noticia me ha producido una alegría extraordinaria; tanta, que hasta me ha llegado a resultar un poco extraña y exagerada. Desde aquellos tiempos, han pasado ya casi treinta años. Creo que nos hemos visto un par de veces desde entonces. Nos reencontramos, como tantos otros, gracias al Facebook; y gracias al mismo, hemos ido conociendo los acontecimientos de nuestras respectivas vidas.

Pero es innegable que he sentido una alegría inmensa cuando he conocido la noticia. Supongo que se mezclan muchas emociones y recuerdos distintos en esta dicha.

Me fui de Ferrol a los diez años. Mi madre había conseguido trabajo en Madrid. Ella se fue antes, pero yo me quedé en Ferrol para terminar quinto de EGB.

Recuerdo que, tras conocer mi marcha definitiva para ir a vivir a Madrid, decidí aprovechar al máximo mis últimos cuatro meses de vida ferrolana. Me fui de Ferrol siendo completamente feliz. En Ferrol.

Lo primero que hice al llegar a Madrid fue llamar a mi amigo Richi para que me dijera cómo había quedado nuestro equipo de barrio en el partido que había jugado contra otro barrio cercano. Era un partido muy importante. No eran partidos de ninguna liga municipal, ni federada. Los partidos se organizaban a modo de desafío entre chavales de barrio y eran intensos como sólo lo podía ser una pelea entre bandas rivales. Creo que ganamos.

Me sorprende pensar que sólo teníamos diez años. Cuando ahora veo a un niño de diez años y lo comparo con aquellas bestias que nosotros éramos, sólo puedo sentir pena por el destino de Occidente.

Nosotros teníamos algo muy importante: teníamos calle. Calle de astilleros, de reconversiones industriales, de generaciones destruidas por la heroína. Jugábamos en los viejos edificios abandonados de la estación de tren, sorteando jeringuillas para ir a cazar tritones en las charcas.

Para que volviese a casa, mi abuela abría la ventana de su quinto piso y empezaba a berrear mi nombre. Era muy típico que algún amigo me avisase de que mi abuela me estaba llamando, mientras estaba yo entretenido en algún juego o trastada. No había teléfonos móviles, pero mi abuela tenía un vozarrón formidable.

Y los fines de semana, cada cual a su aldea, a vivir una existencia de otra época, entre vacas, gallinas, bosques y acantilados.

No es difícil de entender, por lo tanto, que tengamos la cabeza un pelín trastornada: demasiadas contradicciones en muy pocos kilómetros cuadrados.

El mismo año que llegué a Madrid, 1988, la Unión publicó un disco con el que tuvo mucho éxito, y que yo le pedí a mi madre que me comprara. El disco incluía una canción, sencilla pero verdadera, que ya me iba avisando de lo que me esperaba. De lo que nos esperaba a todos. Llevo treinta años tarareando esa canción.

Yo viví una primera expulsión del paraíso a los diez años. Después vinieron otras.

En cualquier caso, le pido a Dios que algún día le pueda contar al hijo de Myriam cómo su madre y yo jugábamos felices por las calles del Inferniño.

Creo que ya conseguí acostumbrarme a vivir al este del Campo de la Vía.

Y GALGO CORREDOR

El galgo se lanzó a correr junto a mí
unos breves segundos.

Corrimos juntos
unos breves segundos
a la vera del río.

Corríamos juntos
y el galgo parecía gozar
conmigo
unos breves segundos
por una llanura eterna.

Se acabó el tiempo juntos.

Volvió el ruido del tráfico
atascando los puentes sobre el río.

Seguí corriendo solo
sobre el cemento.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

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apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester