El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Maio, 2016

IGNATIUS JACQUES

“Ignatius se incorporó y clavó el sable de plástico en el pecho del joven.

-Toma, carroña -gritó, hundiendo el sable en el jersey de cachemira. La punta del sable se rompió y cayó al suelo.

-Por Dios, hombre -gritó el joven-. Me romperás el jersey, loco.

[…] -Oh, nunca sospeché que fueses una persona tan divertida. Estuviste tan antipático en aquel bar pringoso y horrible.

-Mi personalidad tiene muchas facetas.

-Me asombras -el joven miró detenidamente el atuendo de Ignatius-. Pensar que te dejan andar suelto por ahí. En cierto modo, te respeto.

-Muchísimas gracias -el tono de Ignatius era suave, complacido-. La mayoría de los necios no entienden mi visión del mundo en absoluto.

-Me lo imagino, me lo imagino.

-Sospecho que bajo tu fachada ofensiva y vulgarmente afeminada, puede haber una especie de alma. ¿Has leído suficientemente a Boecio?

-¿A quién? Oh, Dios mío, no. Yo no leo siquiera los periódicos.

-Entonces, debes iniciar inmediatamente un programa de lecturas, para que puedas llegar a comprender las crisis de nuestra época -dijo solemnemente Ignatius-. Empezaremos con los últimos romanos, incluido Boecio, claro. Luego, profundizaremos extensamente en la Alta Edad Media. Podrás dejar a un lado el Renacimiento y la Ilustración. Todo eso es más que nada propaganda peligrosa. Ahora que lo pienso, será mejor que te saltes también a los románticos y a los victorianos. En cuanto al período contemporáneo, deberías estudiar algunos cómics seleccionados.

-Eres fantástico.

-Te recomiendo especialmente Batman, porque tiende a trascender la sociedad abismal en que se encuentra. Su moral es bastante rigurosa, además. Le respeto muchísimo.”

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole; Anagrama, 1983; pgs. 236, 242. El 26 de marzo de 1969, a los 31 años de edad, Toole se suicidaba en su coche mediante intoxicación letal con monóxido de carbono, empalmando una manguera al tubo de escape; lo hizo en medio de un viaje de ida y vuelta a California, durante el cual intentó visitar Andalusia, la casa de su admirada Flannery O’Connor.

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LA NATURALEZA

Expulsó al hombre, y puso delante del jardín de Edén los querubines y la llama de la espada llameante para guardar el camino del árbol de la vida.

Génesis 3, 24

“Monstruosos y abominables eran aquellos ojos, bestiales y a la vez resueltos y animados por una horrible delectación, clavados en la presa, ya acorralada.”

El Señor de los Anillos. Las dos torres, de J. R. R. Tolkien; Minotauro, 2001; pg. 432.

“La televisión le interesaba menos. Sin embargo seguía, con el corazón en un puño, la emisión semanal de La vida de los animales. Las gacelas y los gamos, esos gráciles mamíferos, se pasaban la vida aterrorizados. Los leones y las panteras vivían en un apático embrutecimiento sacudido por breves explosiones de crueldad. Mataban, despedazaban, devoraban a los animales más débiles, viejos o enfermos; después volvían a sumirse en un sueño estúpido, animado solamente por los ataques de los parásitos que los devoraban por dentro. Algunos parásitos también eran atacados por parásitos más pequeños; estos últimos eran, a su vez, caldo de cultivo para los virus. Los reptiles se deslizaban entre los árboles, clavando sus venenosos colmillos en pájaros y mamíferos; hasta que de pronto los troceaba el pico de una rapaz. La voz pomposa y estúpida de Claude Darget comentaba estas atroces imágenes con un tono injustificable de admiración. Michel temblaba indignado, y sentía que se formaba en su interior otra convicción inquebrantable: en conjunto, la naturaleza salvaje era una porquería repugnante; en conjunto, la naturaleza salvaje justificaba una destrucción total, un holocausto universal; y la misión del hombre sobre la Tierra era, probablemente, ser el artífice de ese holocausto.”

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 37-38.

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COSAS

Suelo preguntarme qué hacer con mi escritura.

A veces tengo la tentación del libro, pero me reconozco demasiado perezoso. O que no he encontrado la historia que me motive bastante para perseguir su transcripción durante el tiempo suficiente -que viene siendo lo mismo, pero dicho con otras palabras-.

Me turba además una preocupación que transporto desde mis jóvenes años de ocupaciones políticas: que la escritura no sea mero panfleto, sino persecución de verdades. En la escritura, como dijo el maestro Novoneyra -en uno de los poemas más bellos que se han escrito en lengua gallega- es necesario dejarse en libertá, sin forzal’os sonos a morrer nin levalos a posta pra gardarme. Un consejo que él mismo no siguió en demasiadas ocasiones, degradando su talento poético en contribuciones grotescas con las que pretendía defender sus convicciones políticas.

Si la escritura es verdad no puede ser un mero despliegue de certidumbres propias para adoctrinar a las masas y liberarlas de sus errores. Si la escritura es honesta ha de mostrar su condición de apuesta entre tinieblas, como lo son todas en este valle de lágrimas.

Mas tampoco puedo negar que soy católico: que entre las sombras me alumbra una esperanza, me soporta una fe, me obliga un amor. Y si esto no apareciese en mi escritura, tampoco podría ésta ser verdad.

Así las cosas, ¿cómo escribir sin acabar componiendo un burdo catecismo para correligionarios?

Soy el primero en comprender a todos aquellos alejados de mi fe, cada uno por sus propias y personales razones. Soy el primero en comprender, porque yo mismo he vivido muchos años fuera de la Iglesia una existencia completamente opuesta y enfrentada a cualquier criterio católico.

Y tampoco quiero engañar a nadie, no quiero esconder que uno de los objetivos de mi vida es llevar al huerto a cuántos más contemporáneos mejor. Aunque ha de quedar claro que a donde los quiero llevar es al Huerto de los Olivos, no a ningún cristianismo adulterado de sonrisas bobaliconas y alegrías forzadas.

Tengo mis referentes sobre lo que es escribir católicamente. No me valen Cervantes y Tolkien, que escribían así sin ser conscientes de que lo hacían. Mi propia biografía, sin embargo, me impide hacerlo sin una continua presencia consciente de mi propia condición de católico retornado -prácticamente converso en sentido estricto-. Por ello, el ejemplo más acabado de lo que yo creo ser buena literatura católica es Espada de honor de Evelyn Waugh; mucho más que Retorno a Brideshead, que en cierto sentido me resulta tramposa, quizá por escoger como protagonista a un personaje que, a pesar de su supuesta oposición al catolicismo de sus amigos, es evidente que está en proceso de conversión. Guy Crouchback, sin embargo, me parece uno de los personajes más honestos y formidables de la historia de la literatura; y para ello resulta crucial que sea católico y que sepamos de su catolicidad desde el principio -en una de las primeras escenas lo encontramos confesándose con un cura italiano, tras conocer el rancio abolengo católico de su familia-. Pero, al mismo tiempo, la idea que el lector se puede hacer de su catolicismo se parece más a la oscura noche del alma de un San Juan de la Cruz que a las bobas apologías producidas por el actual catolicismo de masas. De hecho, toda la novela se puede entender como una subida al monte Carmelo de la auténtica fe por parte del protagonista, curado de adolescentes fervores caballerescos y utopías pseudo-políticas.

Un católico verá en Crouchback a un héroe de la fe. Cualquier otro lector simplemente verá a un personaje complicado, atado a ciertos prejuicios sin sentido; pero entenderá también que es un hombre que ha escogido un camino estrecho por el que andar en la vida, más allá de lo que ese camino le parezca. Entenderá que hay una apuesta, aunque no sea la suya. Y, ¿quién sabe?, quizá acabe sintiendo curiosidad por las razones para apostar de esa manera. Quizá perciba una ligera chispa de la belleza inefable que ese camino tiene para nosotros, los católicos. Pero sin ocultar nunca, ¡jamás!, que es un camino estrecho.

Soy católico; ni puedo, ni lo quiero esconder. Soy reaccionario, en el sentido colachiano del término (que no es lo mismo que ser conservador o romántico), y considero que este escolio de don Nicolás es una verdad como un templo: Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar [1406].

Así me gustaría escribir a mí, como invitando.

Pero no encuentro mejor forma de hacerlo que estos pequeños relatos aparecidos aquí de vez en cuando, acompañados normalmente de una imagen. En esto sigo una tradición típicamente gallega. No deja de ser el esquema propio de las Cousas de mi querido Daniel Castelao; figura casi-santificada del nacionalismo gallego, de la que me niego a prescindir, precisamente por el importante componente reaccionario que tenía ese primer brote de nacionalismo en mi pequeño país -y que, como era fácilmente predecible, no tardó en pudrirse con el transcurrir de las décadas-.

Pero sólo un católico inconsciente (al estilo de Cervantes y Tolkien) podría escribir una cousa como ésta, que os ofrezco aquí traducida desde su original gallego:

Camino olvidado que ya no va a ninguna parte. Un camino calzado de piedra, plagado de zarzas enmarañadas y de ortigas ásperas, que se pierde en la boca negra de un sendero.

Yo siempre preguntaba a mi abuela: ¿Dónde va a dar la vereda vieja?

Y mi abuela me respondía con cierto misterio: No va a ninguna parte, mi niño.

Aquella vereda vieja tiraba de mí, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla. Y más allá del escalofriante sendero me encontré con una aldea sin gente.

Casales de buena piedra, lagares que recuerdan épocas de bonanza, vigas podridas, montones de teja; todo va amortajado con hiedras, zarzas y laureles, y por encima de aquella exuberante vegetación las hojas amarillas y rojas de una viña sin fruto.

Bajo un nogal seco me senté a descifrar sentimientos que aún hoy están allí en espera.

Cuando volví a casa escuché de mi abuela la historia de la aldea olvidada.

-Ocurrió que los del lugar, armados ladrones, robaron el monasterio de Armenteira.

Esperando el momento del reparto de la riqueza el capitán la enterró en sitio secreto; pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.

Desde entonces todo fueron desgracias. Morían las vacas, se perdían los frutos, morían contrahechos los niños, se secaban las fuentes. Para ahuyentar el mal fario se levantaron gran cantidad de cruceiros.

De nada valió nada. Al final se supo todo y aún hoy el lugar está aislado de las gentes de bien.

Castelao. Obra completa. 1. Narrativa e Teatro; Akal, 1992; pgs. 59-60.

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ADICCIONES

-Buenas tardes.

-Buenas…

-Vengo a recoger un pedido.

-A nombre de…

-R[…] C[…].

-Un momentito… -busco en nuestro fantástico programa de gestión de librerías-. Sí, tiene cinco libros para recoger…

-Ya, pero sólo me voy a llevar dos -me corta el cliente; debo de poner cara de interrogación, pues enseguida se explica-. Como llegue a casa con más libros, mi mujer me mata…

Me río.

-Se sorprendería si supiera la cantidad de clientes que tenemos con ese mismo problema -le digo-. Mi propia mujer me ha dicho: libro que entra, libro que sale. Así que he optado por no llamar mucho la atención sobre mis últimas adquisiciones… Ayer mismo, un cliente nos dejó la bolsa con los cuatro o cinco libros que había comprado, porque decía que si volvía a casa con ellos, su mujer no le iba a dejar entrar. Así que le hemos guardado la bolsa para que se la lleve otro día.

El cliente resopla y lanza una mirada apesadumbrada al infinito, confirmando que ese es el pan suyo de cada día.

-Está claro que es una infidelidad con la que tendremos que cargar por el resto de nuestras vidas… -reflexiona, filosófico-. Yo he hecho de todo ya. Lo de dejar la bolsa en la librería, por supuesto. En cierta ocasión, llegué a esconder los libros que había comprado en la sala de calderas de nuestro edificio…

Me vuelvo a reír y le doy los dos libros que se llevará hoy. Queda el resto a la espera de mejor ocasión. El cliente se marcha con una tragicómica mezcla de alegría y miedo.

Hasta que el mono le haga buscar de nuevo a su hombre: que soy yo.

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