NIHIL MIHI DEERIT

por El Responsable

Ni la religión se originó en la urgencia de asegurar la solidaridad social, ni las catedrales fueron construidas para fomentar el turismo.

[…] La religión no es socialmente eficaz cuando prohíja soluciones sociopolíticas, sino cuando logra que sobre la sociedad espontáneamente influyan actitudes puramente religiosas.

[…] Lo que importa en el cristianismo es su verdad, no los servicios que le puede prestar al mundo profano.
(El apologista vulgar lo olvida.)

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 84, 1372, 1358.

Cuando empecé a rezar el Rosario, sentía especial predilección por los Misterios Dolorosos. Mi mujer diría que se debe a mi morbosa querencia por el sufrimiento y la autoflagelación.

No me atrevo a negarlo.

El caso es que, poco a poco, me fueron atrayendo otros Misterios. Rezarlos y meditarlos me ha llevado a cambiar mi opinión sobre muchos de ellos. Hasta el punto de que, ahora mismo, el Misterio que más me place rezar no es Doloroso, sino Gozoso.

Se trata del Misterio del Niño perdido y hallado en el templo (Lc 2, 41-50).

Mis primeros acercamientos al Cristianismo fueron más políticos que religiosos. Buscaba no tanto un dios, sino una ideología que reemplazara a todas aquellas que habían fracasado en dar sentido a mi existencia.

Es ésta una forma muy chapucera de ser cristiano, aunque sea una de las más comunes (sobre todo en nuestros días). Como José y María, durante cierto tiempo pensé que llevaba a Dios conmigo a buen recaudo en mi caravana. Pronto descubrí que no estaba donde lo había dejado. No tardé en entender que Dios no era una cosa que yo podía llevar a donde a mí me diera la gana: Cristo estaba donde tenía que estar, ocupándose de los asuntos de su Padre, no de mis antojos y pasatiempos.

Acabé entendiendo que no era Él quien me tenía que seguir a mí, sino yo el que tenía que tratar de seguirlo a Él. Lo cual suele significar caminar hacia lugares a los que a uno, en principio, no le apetece demasiado ir; o que ni siquiera logra entender, en un primer momento, la necesidad de caminar hacia ellos.

Simplemente, uno se deja llevar.

Como la oveja en que ha optado por convertirse.

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