LA COSA MÁS LAMENTABLE QUE HAY ES UNA MASA DE GENTE

por El Responsable

Mientras más importante sea una cosa, el número de sus defensores importa menos.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 224.

“La escena es, en medio del caos de un linchamiento, escueta. La turba llega a la casa de Sherburn. Hay un pequeño jardín. La turba se instala, gritando (no se podían ni oír los propios pensamientos con el ruido que hacía aquella gente) detrás de la cerca. Alguien grita derribad la cerca. Hubo un estruendo de gente que aplastaba y arrancaba y destrozaba la madera, y la cerca cayó y las primeras filas de la muchedumbre empezaron a avanzar como una ola. Sólo entonces aparece Sherburn. Está sobre el tejado del porche y lleva un fusil de dos cañones y está inmóvil y perfectamente tranquilo, mirando a los que destrozan su cerca, que al verlo allí en lo alto se quedan, a su vez, quietos. Durante un rato no pasa nada. La inmovilidad es perfecta. La turbamulta abajo y el coronel Sherburn arriba, mirando. Al cabo Sherburn suelta una risa y dice:

¡La mera idea de que vosotros vais a linchar a alguien es divertida! ¡La idea de que pensáis que tenéis coraje suficiente para linchar a un hombre! Como sois lo bastante valientes, claro, para embrear y emplumar a pobres mujeres desamparadas y sin amigos que pasan por aquí, ¿eso os hace pensar que tenéis agallas para poner las manos en un hombre? Pues yo os digo que un hombre está muy a salvo en manos de diez mil tipos de vuestra especie…, mientras sea la luz del día y no le sorprendáis por la espalda.

¿Os conozco bien a vosotros? Os conozco hasta la médula. Yo nací y me crié aquí en el Sur, y he vivido también en el Norte; así que conozco cómo sois los tipos corrientes en todas partes. El hombre corriente es un cobarde. En el Norte se deja pisotear por cualquiera, sabéis, y se va a casa a rezar pidiendo un espíritu humilde para aguantarlo. En el Sur un hombre solo ha asaltado a plena luz del día una diligencia llena de hombres y les ha robado a todos. Vuestros periódicos os llaman tanto gente valiente a veces, que pensáis que sois más valientes que cualquiera, pero lo cierto es que sois sólo igual de valientes que los otros, y ni una gota más. ¿Por qué creéis que vuestros jurados no ahorcan a los asesinos? Porque temen que los amigos del muerto les peguen un tiro por la espalda, en la oscuridad…, y eso es precisamente lo que harían, naturalmente.

Por eso los absuelven siempre; y luego un hombre se hace acompañar de un centenar de cobardes enmascarados, y linchan al tipo. Vuestro error es que no habéis traído con vosotros a un hombre; ésa es una equivocación, y otra es que no habéis venido en la oscuridad con las máscaras puestas. Mejor dicho, habéis traído a una parte de un hombre, ese Buck Harkness, y si no le hubierais tenido para poneros en marcha, se os habría ido todo en fanfarronerías.

No habéis querido venir. Al hombre corriente no le gustan ni las dificultades ni el peligro. A vosotros no os gustan ni las dificultades ni el peligro. Pero si sólo medio hombre, como Buck Harkness, va y os grita: ¡Linchadlo, linchadlo!, tenéis miedo a echaros atrás, miedo a que se os descubra tal y como sois, cobardes, y por eso levantáis el grito y os agarráis a los faldones de ese medio hombre, y venís acá enloquecidos, jurando las cosas que vais a hacer. La cosa más lamentable que hay es una masa de gente; un ejército no es más que eso: una masa; y no luchan con el valor que es suyo de nacimiento, sino con el valor que les presta su masa y sus oficiales. Pero una masa sin un hombre a la cabeza está por debajo del calificativo de lamentable. Ahora, lo que debéis hacer es meter el rabo entre las piernas e iros a casa y esconderos en un agujero. Si va a haber un linchamiento verdadero, se hará de noche, al estilo del Sur; y los que se presenten al linchamiento llevarán sus máscaras puestas, y traerán a un hombre. Ahora, marchaos…, y llevaos a vuestro hombre. Y al decir esto apoyó el fusil en el brazo izquierdo y lo amartilló.

La muchedumbre fue echándose hacia atrás y al fin se desbandó, y todos se fueron corriendo por todas partes…

Sin duda Mark Twain no tenía en gran estima el valor de las personas. Conocía y podía distinguir a los cobardes allí donde los viera. No mejor opinión tenía de sus colegas escritores, en quienes apreciaba el aroma de la impostura. El coronel Sherburn, que es un hombre paciente, también es un asesino al que no le tiembla el pulso a la hora de matar a un borracho fanfarrón que incluso levanta las manos en el instante crucial de su muerte (Oh, Señor, no dispares), como si todo hubiera sido una broma, una representación teatral que ha ido demasiado lejos. Sherburn adolece de cierta inflexibilidad que hoy consideraríamos políticamente incorrecta. Pero es un hombre y se comporta como tal, mientras los demás se comportan como masa, los que pretenden lincharlo, o como actores, el infortunado Boggs, dispuesto a recitar su papel pero no a cumplir su palabra, el mismo Boggs que sin desmontar del caballo le ha preguntado a Huck: ¿De dónde eres tú, muchacho? ¿Estás listo para morir?

Twain siempre estuvo listo para morir. Sólo así se entiende su humor.”

Del artículo Nuestro guía en el desfiladero; recogido en Entre paréntesis, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2005; pgs. 277-280.

Hail Mary

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