El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: mayo, 2016

LA TENTACIÓN DE SAN GILBERTO

“Le cité una cosa que me había dicho el Aga Khan unas semanas antes cuando lo entrevisté. Su Alteza dijo que, si se cayese un muro y le aplastase un pie, exclamaría Es lo mejor que me podía pasar.

Respondió G.K.C. solemnemente: Entonces el idioma persa debe de estar muy escaso de palabrotas. Y soltó una carcajada.

(Verán que en estas páginas, G.K.C. se carcajea muchas veces. Pero no es culpa mía, sino suya.)

Pero observarás lo que le ocurre al Aga Khan -prosiguió-: padece de mi antigua enfermedad. Lo alaba todo. Y hace caso omiso de las verdades equilibradoras que completan la espléndida paradoja de la existencia. Él dice: ¡Hágase Tu voluntad! pero no ¡Líbranos del mal! Nosotros reconocemos que el universo es de Dios, pero que el enemigo existe.

Esta fue, pues, mi gran tentación. Ahora podría ser un heresiarca reconocido, como el señor Bernard Shaw o el señor H. G. Wells o el señor Aldous Huxley, dedicándome a interpretar el universo en términos de un poquito de verdad que me atrajese personalmente. No, me parece que no habría sido un heresiarca tan interesante como el señor Shaw, porque él, con su tremenda honestidad intelectual, con su agilidad, ha ido saltando de herejía en herejía, al ir comprobando que ninguna funciona.

Pero yo habría sido un heresiarca, digamos, proporcionado. Y habría tenido discípulos. Cualquier heresiarca del montón es capaz de reunir discípulos suficientes como para llenar una sala pequeña, y hacerse la ilusión de que tiene una clientela tan universal como un jinete famoso. Pero me parece que yo habría conseguido algo más. Me parece que habría causado sensación.

Me daban miedo dos cosas. La primera, mi herejía, tan peligrosa como verdadera. Y segunda, mis seguidores. Estaba orgulloso de ellos. Qué espectáculo, de haber podido llevarlos detrás en procesión a todas partes. Pero me asustaban. Vi lo que los seguidores de Shaw le habían hecho, ágilmente, al ir él esquivándolos. Así que, como no soy experto esquivando, convencí a mis seguidores para que me soltasen. Caí muy suavemente sobre una roca.

Algunos pensarán que no era gran cosa esa roca. Pero sea como fuere, era lo suficientemente fuerte como para soportar cómodamente el tremendo volumen de Gilbert Chesterton.”

G.K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton; Rialp, 2011; pgs. 73-74.

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THE OUTCASTS

A veces es tan complicado expresar con palabras mi profundo amor por la Iglesia Militante…

NIHIL MIHI DEERIT

Ni la religión se originó en la urgencia de asegurar la solidaridad social, ni las catedrales fueron construidas para fomentar el turismo.

[…] La religión no es socialmente eficaz cuando prohíja soluciones sociopolíticas, sino cuando logra que sobre la sociedad espontáneamente influyan actitudes puramente religiosas.

[…] Lo que importa en el cristianismo es su verdad, no los servicios que le puede prestar al mundo profano.
(El apologista vulgar lo olvida.)

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 84, 1372, 1358.

Cuando empecé a rezar el Rosario, sentía especial predilección por los Misterios Dolorosos. Mi mujer diría que se debe a mi morbosa querencia por el sufrimiento y la autoflagelación.

No me atrevo a negarlo.

El caso es que, poco a poco, me fueron atrayendo otros Misterios. Rezarlos y meditarlos me ha llevado a cambiar mi opinión sobre muchos de ellos. Hasta el punto de que, ahora mismo, el Misterio que más me place rezar no es Doloroso, sino Gozoso.

Se trata del Misterio del Niño perdido y hallado en el templo (Lc 2, 41-50).

Mis primeros acercamientos al Cristianismo fueron más políticos que religiosos. Buscaba no tanto un dios, sino una ideología que reemplazara a todas aquellas que habían fracasado en dar sentido a mi existencia.

Es ésta una forma muy chapucera de ser cristiano, aunque sea una de las más comunes (sobre todo en nuestros días). Como José y María, durante cierto tiempo pensé que llevaba a Dios conmigo a buen recaudo en mi caravana. Pronto descubrí que no estaba donde lo había dejado. No tardé en entender que Dios no era una cosa que yo podía llevar a donde a mí me diera la gana: Cristo estaba donde tenía que estar, ocupándose de los asuntos de su Padre, no de mis antojos y pasatiempos.

Acabé entendiendo que no era Él quien me tenía que seguir a mí, sino yo el que tenía que tratar de seguirlo a Él. Lo cual suele significar caminar hacia lugares a los que a uno, en principio, no le apetece demasiado ir; o que ni siquiera logra entender, en un primer momento, la necesidad de caminar hacia ellos.

Simplemente, uno se deja llevar.

Como la oveja en que ha optado por convertirse.

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MAS TAMBIÉN UNA DOLOROSA ESPINA

“No estoy seguro de que pueda haber progreso en el arte. El progreso como tal está presente en la ciencia. Cualquiera entiende lo que significa el progreso en la técnica bélica. El arte presenta una situación más compleja… muchos objetos artísticos del pasado parecen ser más contemporáneos que nuestro arte actual. ¿Cómo se explica? No porque el genio supiese lo que iba a pasar doscientos años después. Creo que la modernidad de la música de Bach no se desvanecerá aunque pasen otros doscientos años, quizá nunca lo haga… la razón no es sólo que, en términos absolutos, es simplemente mejor que la música contemporánea… el secreto de su contemporaneidad reside en la cuestión: ¿con qué profundidad ha percibido el autor-compositor, no ya su propio presente, sino la totalidad de la vida, de sus alegrías, de sus tribulaciones y misterios?… Es como si se nos hubiera dado un problema a resolver, un número (el UNO, por ejemplo), terriblemente complejo cuando se rompe en pequeñas partes. Encontrar la solución es un proceso largo y requiere una intensa concentración; pero la sabiduría reside en la reducción. Si podemos pensar que diferentes partes (épocas, vidas) están unidas por una única solución (UNA), entonces ÉSA es algo más que la solución a una única parte. Es la solución correcta a todos los problemas, a todas las partes (épocas, vidas) -y siempre lo ha sido. Así que los límites de una única parte también están limitados por aquélla y esto ocurre siempre… siempre lo más contemporáneo es esa obra en la cual hay una solución más cierta y grande (UNA). El arte tiene que tratar con preguntas eternas, no sólo dar cuenta de los temas del día.

En cualquier caso, si queremos alcanzar el corazón de una obra musical, de cualquier tipo que sea, no podemos abstenernos del proceso de reducción. En otras palabras, tenemos que deshacernos de nuestro lastre -épocas, estilos, formas, orquestación, armonía, polifonía- y así llegar a una voz, a sus entonaciones. Sólo entonces estaremos cara a cara [con la cuestión]: ¿es verdad o mentira?

De una entrevista realizada a Arvo Pärt en la Radio de Estonia, en 1968 (año en el que compuso Credo, obra en la que por primera vez incluía un texto religioso; poco tiempo después se produciría su conversión y su entrada en la Iglesia Ortodoxa Rusa); citado en Arvo Pärt, de Paul Hillier; Oxford University Press, 2002; pg. 65 [traducción propia].

EL SAGRARIO

Lo inflamó la genealogía de la moral
y nada quedó de él,
salvo su voluntad.
Decidió entonces cambiar el mundo;
pero el mundo lo cambió a él.
Se convirtió en grial de aguas fecales,
que nadie quería beber.

Salvo Él.

Pero cuando Él se lo bebió a él
sólo quedó un cáliz vacío.
Místicos de la llanura le enseñaron a caminar tranquilo entre la nada.
Drásticamente consciente de todos los absurdos, maldades y desesperaciones
musitó sin embargo un fiel

al eterno retorno de la creación
tal cual ha sido hecha.
Pues sólo un pecho vacío puede ejercer de sagrario.

LA COSA MÁS LAMENTABLE QUE HAY ES UNA MASA DE GENTE

Mientras más importante sea una cosa, el número de sus defensores importa menos.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 224.

“La escena es, en medio del caos de un linchamiento, escueta. La turba llega a la casa de Sherburn. Hay un pequeño jardín. La turba se instala, gritando (no se podían ni oír los propios pensamientos con el ruido que hacía aquella gente) detrás de la cerca. Alguien grita derribad la cerca. Hubo un estruendo de gente que aplastaba y arrancaba y destrozaba la madera, y la cerca cayó y las primeras filas de la muchedumbre empezaron a avanzar como una ola. Sólo entonces aparece Sherburn. Está sobre el tejado del porche y lleva un fusil de dos cañones y está inmóvil y perfectamente tranquilo, mirando a los que destrozan su cerca, que al verlo allí en lo alto se quedan, a su vez, quietos. Durante un rato no pasa nada. La inmovilidad es perfecta. La turbamulta abajo y el coronel Sherburn arriba, mirando. Al cabo Sherburn suelta una risa y dice:

¡La mera idea de que vosotros vais a linchar a alguien es divertida! ¡La idea de que pensáis que tenéis coraje suficiente para linchar a un hombre! Como sois lo bastante valientes, claro, para embrear y emplumar a pobres mujeres desamparadas y sin amigos que pasan por aquí, ¿eso os hace pensar que tenéis agallas para poner las manos en un hombre? Pues yo os digo que un hombre está muy a salvo en manos de diez mil tipos de vuestra especie…, mientras sea la luz del día y no le sorprendáis por la espalda.

¿Os conozco bien a vosotros? Os conozco hasta la médula. Yo nací y me crié aquí en el Sur, y he vivido también en el Norte; así que conozco cómo sois los tipos corrientes en todas partes. El hombre corriente es un cobarde. En el Norte se deja pisotear por cualquiera, sabéis, y se va a casa a rezar pidiendo un espíritu humilde para aguantarlo. En el Sur un hombre solo ha asaltado a plena luz del día una diligencia llena de hombres y les ha robado a todos. Vuestros periódicos os llaman tanto gente valiente a veces, que pensáis que sois más valientes que cualquiera, pero lo cierto es que sois sólo igual de valientes que los otros, y ni una gota más. ¿Por qué creéis que vuestros jurados no ahorcan a los asesinos? Porque temen que los amigos del muerto les peguen un tiro por la espalda, en la oscuridad…, y eso es precisamente lo que harían, naturalmente.

Por eso los absuelven siempre; y luego un hombre se hace acompañar de un centenar de cobardes enmascarados, y linchan al tipo. Vuestro error es que no habéis traído con vosotros a un hombre; ésa es una equivocación, y otra es que no habéis venido en la oscuridad con las máscaras puestas. Mejor dicho, habéis traído a una parte de un hombre, ese Buck Harkness, y si no le hubierais tenido para poneros en marcha, se os habría ido todo en fanfarronerías.

No habéis querido venir. Al hombre corriente no le gustan ni las dificultades ni el peligro. A vosotros no os gustan ni las dificultades ni el peligro. Pero si sólo medio hombre, como Buck Harkness, va y os grita: ¡Linchadlo, linchadlo!, tenéis miedo a echaros atrás, miedo a que se os descubra tal y como sois, cobardes, y por eso levantáis el grito y os agarráis a los faldones de ese medio hombre, y venís acá enloquecidos, jurando las cosas que vais a hacer. La cosa más lamentable que hay es una masa de gente; un ejército no es más que eso: una masa; y no luchan con el valor que es suyo de nacimiento, sino con el valor que les presta su masa y sus oficiales. Pero una masa sin un hombre a la cabeza está por debajo del calificativo de lamentable. Ahora, lo que debéis hacer es meter el rabo entre las piernas e iros a casa y esconderos en un agujero. Si va a haber un linchamiento verdadero, se hará de noche, al estilo del Sur; y los que se presenten al linchamiento llevarán sus máscaras puestas, y traerán a un hombre. Ahora, marchaos…, y llevaos a vuestro hombre. Y al decir esto apoyó el fusil en el brazo izquierdo y lo amartilló.

La muchedumbre fue echándose hacia atrás y al fin se desbandó, y todos se fueron corriendo por todas partes…

Sin duda Mark Twain no tenía en gran estima el valor de las personas. Conocía y podía distinguir a los cobardes allí donde los viera. No mejor opinión tenía de sus colegas escritores, en quienes apreciaba el aroma de la impostura. El coronel Sherburn, que es un hombre paciente, también es un asesino al que no le tiembla el pulso a la hora de matar a un borracho fanfarrón que incluso levanta las manos en el instante crucial de su muerte (Oh, Señor, no dispares), como si todo hubiera sido una broma, una representación teatral que ha ido demasiado lejos. Sherburn adolece de cierta inflexibilidad que hoy consideraríamos políticamente incorrecta. Pero es un hombre y se comporta como tal, mientras los demás se comportan como masa, los que pretenden lincharlo, o como actores, el infortunado Boggs, dispuesto a recitar su papel pero no a cumplir su palabra, el mismo Boggs que sin desmontar del caballo le ha preguntado a Huck: ¿De dónde eres tú, muchacho? ¿Estás listo para morir?

Twain siempre estuvo listo para morir. Sólo así se entiende su humor.”

Del artículo Nuestro guía en el desfiladero; recogido en Entre paréntesis, de Roberto Bolaño; Anagrama, 2005; pgs. 277-280.

Hail Mary

VENCERME A MÍ

La curva del conocimiento del hombre por sí mismo asciende hasta el XVII, declina paulatinamente después, en este siglo finalmente se desploma.

Para hablar correctamente de los hombres hay que esperar el historismo del XIX; para hablar correctamente del hombre basta el XVII.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1213.

“HERMOSURA: ¿Todo ha de ser para ti
austeridad y rigor?
¿No ha de haber placer un día?
Dios, di ¿para qué crió
flores, si no ha de gozar
el olfato el blando olor
de sus fragantes aromas?
¿Para qué aves engendró,
que, en cláusulas lisonjeras,
cítaras de pluma son,
si el oído no ha de oírlas?
¿Para qué galas, si no
las ha de romper el tacto
con generosa ambición?
¿Para qué las dulces frutas,
si no sirve su sazón
de dar al gusto manjares
de un sabor y otro sabor?
¿Para qué hizo Dios, en fin,
montes, valles, cielo, sol,
si no han de verlo los ojos?
Ya parece, y con razón,
ingratitud no gozar
las maravillas de Dios.

DISCRECIÓN: Gozarlas para admirarlas
es justa y lícita acción
y darle gracias por ellas,
gozar las bellezas, no
para usar dellas tan mal
que te persuadas que son
para verlas las criaturas,
sin memoria del Criador.

[…] Pues que ya vencer aguarda
mi valor grandes vitorias,
hoy ha de ser la más alta:
vencerme a mí.”

Citas tomadas de El gran teatro del mundo, 687-718, Cátedra, 2005; y La vida es sueño, 3255-3258, Cátedra, 2008; de Pedro Calderón de la Barca.

'Bufón con libros', de Diego Velázquez (hacia 1644)

‘Bufón con libros’, de Diego Velázquez (hacia 1644)

WHICH THOU MUST LEAVE ERE LONG

¿Qué quiere decir el soneto?, preguntó abruptamente e hizo una pausa. Sus ojos registraron la sala con una impotencia severa y poco menos que satisfecha. ¿Señor Wilbur? No hubo respuesta. ¿Señor Schmidt? Alguien tosió. Sloane dirigió sus brillantes ojos oscuros hacia Stoner. Señor Stoner, ¿qué quiere decir el soneto?

Stoner tragó y trató de abrir la boca.

Es un soneto, señor Stoner, dijo Sloane con sequedad, una composición poética de catorce versos, que sigue ciertas pautas que estoy seguro habrá usted memorizado. Está escrito en lengua inglesa, la cual, según creo, llevará usted varios años hablando. Su autor es William Shakespeare, un poeta que está muerto, pero que a pesar de ello ocupa una posición de cierta importancia en las mentes de algunos. Miró a Stoner durante un momento más y entonces se le pusieron los ojos en blanco, mientras los fijaba ciegamente en algún lugar más allá de la clase. Sin mirar el libro recitó el poema de nuevo y su voz se hizo más profunda y suave, como si las palabras, sonidos y ritmos se hubieran convertido en un instante en él mismo:

En aquella época del año puedes contemplar en mí,
cuando las hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan
de esas ramas que se agitan frente al frío,
desnudos coros ruinosos en los que tarde cantaban dulces pájaros.
En mí ves el ocaso de aquel día
después de que la puesta de sol se funda en poniente;
por la negra noche arrebatada,
la otra cara de la Muerte, que condena al descanso.
En mí ves el resplandor de aquel fuego,
el que sobre las cenizas de su juventud yace,
como el lecho de muerte en que ha de expirar,
consumido por aquello que le alimentaba.
Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,
amar bien aquello que debes abandonar pronto.

En aquel momento de silencio alguien se aclaró la garganta. Sloane repitió los versos, su voz se hizo plana, volvía a ser su voz.

Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,
amar bien aquello que debes abandonar pronto.

Los ojos de Sloane regresaron a William Stoner y dijo secamente, El señor Shakespeare le habla a través de trescientos años señor Stoner, ¿le escucha?

William Stoner se dio cuenta de que por unos instantes había estado conteniendo el aliento. Lo expulsó suavemente, siendo entonces consciente de la ropa moviéndose sobre el cuerpo mientras el aliento le salía de los pulmones. Desvió la vista de Sloane hacia otro punto de la sala. La luz penetraba por las ventanas y se posaba sobre los rostros de sus compañeros de manera que la iluminación parecía venir de dentro de ellos mismos para salir hacia la oscuridad; un alumno pestañeó y una sombra delgada cayó sobre una mejilla cuya parte inferior había recogido la luz del sol. Stoner advirtió que sus dedos se estaban soltando de su firme agarre al escritorio. Volteó las manos frente a sus ojos, maravillándose de lo morenas que estaban, de la intrincada manera en que las uñas se adaptaban al romo final de sus diminutas venas y arterias, pulsando delicada y precariamente desde las yemas de los dedos a través de su cuerpo.

Sloane volvió a hablar. ¿Qué le comunica, señor Stone? ¿Qué quiere decir el soneto?

Los ojos de Stoner se elevaron lentamente y sin convicción. Quiere decir, dijo, y con un pequeño movimiento elevó las manos en el aire. Sentía su mirada ausente mientras buscaba la figura de Archer Sloane. Quiere decir, dijo de nuevo, y no pudo terminar lo que había empezado.

Sloane le miro con curiosidad. Después movió la cabeza bruscamente y dijo, La clase ha terminado. Sin mirar a nadie se dio media vuelta y salió del aula.

William Stoner era apenas consciente de los alumnos de su alrededor que se levantaban gruñendo y refunfuñando de sus asientos y salían renqueando de clase. Durante algunos minutos después de que se hubieran ido permaneció sentado sin moverse, absorto en el suelo de estrechos tablones que habían ido perdiendo barniz a causa de las incesantes pisadas de estudiantes que nunca vería ni conocería. Deslizó su propio pie por el suelo, escuchando el seco chirrido de la madera en sus suelas y sintiendo la aspereza a través del cuero. Después él también se levantó y salió despacio de la clase.

El leve frescor de últimos de otoño penetraba por su ropa. Miró a su alrededor, a las desnudas ramas nudosas que se rizaban y retorcían frente al cielo despejado. Topaban con él estudiantes corriendo hacia sus clases; oía el murmullo de sus voces y el sonido de sus tacones contra los caminos empedrados, y veía sus rostros encendidos por el frío, inclinados frente a la suave brisa. Les miraba con curiosidad, como si no les hubiera visto antes y se sentía muy distante y muy cerca de ellos. Retuvo el sentimiento para sí mientras se apresuraba hacia su siguiente clase, y lo retuvo durante la lección de su profesor de química de suelos, contra el zumbido que dictaba cosas para ser escritas en cuadernos y recordadas mediante un arduo proceso que ni siquiera ahora le resultaba familiar.

En el segundo semestre de aquel curso William Stoner abandonó las asignaturas de ciencias e interrumpió sus estudios en la Facultad de Agricultura. Asistió a cursos de introducción a la filosofía y a la historia antigua y a dos asignaturas de literatura inglesa. En verano regresó de nuevo a la granja de sus padres, ayudó a su padre con la cosecha y no mencionó su trabajo en la universidad.”

Stoner, de John Williams; Baile del Sol, 2011; pgs. 16-19.

SER Y TIEMPO

Un antiguo amor entró en su librería.

Se saludaron con educación. Él sonrió con sincera simpatía. Ella venía a recoger un pedido que había hecho unos días antes, un libro en inglés. Él hizo lo posible para que todo ocurriese con amable normalidad.

Ella volvió a la caja con el libro encargado y se dispuso a pagar. Y esas manos que se habían entrelazado tantas veces, en medio de promesas y lágrimas y gemidos de amor eterno, se intercambiaron ordenadamente tarjeta y datáfono para que ella pagase su libro.

Él volvió a sentir aquel vacío clamoroso, esa nada que ahora revestía a aquella figura femenina. Y volvió a preguntarse cómo era posible aquel milagro inverso: que aquella imagen que le había hecho llorar de deseo, amor, esperanza y pena, ahora estuviese a su lado sin que reaccionase ni una sola fibra de su ser.

Sí, él lo había descubierto muy joven: el tiempo lo cura todo.

Una mujer preguntó por un libro mientras ellos finalizaban el intercambio comercial. Se despidió cordial de su antiguo amor y prestó atención a la nueva cliente. Llevaba ya un rato dando vueltas por la librería. De origen sudamericano, evidente a la vista y al oído.

Trabaja en un hotel cercano y aprovecha una pausa para venir a comprar libros. Escoge dos, encarga otro. Y en un momento dado, se apoya en el mostrador de la caja, y le pregunta al librero:

-¿Qué libro le recomendarías a una persona que ha perdido un hijo, para que pueda superarlo?

Al librero le sorprende tanto la pregunta, que por un momento intenta seriamente pensar una posible respuesta. Finalmente, consigue balbucear:

-No creo que haya ningún libro adecuado para eso…

La mujer dice que ha estado leyendo algunas cosas, pero ninguna le ayuda. El librero piensa que no le extraña.

-¿Pasó hace mucho? -se decide a preguntar.

Pasó hace seis meses. Ella le regaló un patinete un viernes. El lunes, una ridícula caída provocó la muerte del chaval. Ella no puede dejar de pensar en el momento en que se le ocurrió comprar aquel patinete.

-Bueno… ¿me ha dicho que tardará una semana como mucho? -le pregunta al librero-. Entonces me pasaré el próximo sábado a recogerlo. Está muy bien esta librería, así no necesito ir a la Casa del Libro, esto me queda mejor.

Sonríe. Su tono de voz es firme. No se aprecia calma química. Está en carne viva, pero parece haber agotado todas las lágrimas.

La mujer vuelve a su hotel. Y el librero se queda tan solo como el empleado de una Oficina de Cartas no Reclamadas.

Y no puede evitar llorar en la librería vacía.

HOLZWEGE

Las verdades no están en la circunferencia de un círculo cuyo centro es el hombre.

Las verdades se levantan en parajes fragosos que el hombre recorre siguiendo los meandros de una senda sinuosa que las revela, las oculta, finalmente las ostenta o las esconde.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 74.

'Turkey Pond', de Andrew Wyeth (1944)

‘Turkey Pond’, de Andrew Wyeth (1944)

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester