El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Abril, 2016

POLUCIONES DIURNAS

La niebla se deslizaba por la superficie del río. Parecía salir de la pipa que fumaba la figura que reposaba en las ruinas del molino. Sentado sobre las losas medievales, dejaba balancearse la pierna derecha sobre el curso del agua, mientras iba pasando las cuentas de un rosario de cinco misterios. Su caballo se entretenía mordisqueando la vegetación de la ribera. Su galgo de tres patas observaba adormilado el sosegado fluir de las aguas.

-¡Arrodillao! -se oyó desde la otra orilla.

El galgo levantó la cabeza y miró en dirección al grito. El fumador arqueó una ceja para ayudarse a enfocar. El caballo siguió mordisqueando sin prestar mayor atención.

Una figura apareció dando saltos en la otra orilla. Barba recogida en tres coletas y cabello recogido en otras dos. Un calzoncillo de color caqui cubriendo vagamente la entrepierna y otro calzoncillo del mismo color encasquetado en la cabeza. Cazadora de camuflaje cruzada por un arco y un carcaj lleno de flechas a la espalda.

-¡Humillao! -volvió a gritar, antes de volver a saltar, esta vez en medio de la corriente; pareció hundirse, pero reapareció para subirse en una piedra que hacía de isleta en medio del cauce-. ¿Qué estás haciendo, Humillao? -el personaje señaló histéricamente en dirección al rosario que el fumador portaba en su mano-. ¿Rezando otra vez, Arrodillao? Rezar es de curas, Humillao. Los curas son todos pederastas. Por lo tanto, rezar es de pederastas. Bueno, la verdad es que yo no se lo voy a echar en cara a los curas…. Yo también me follaría unos cuantos niños lindos; estoy harto de las ovejas de ese granjero idiota de Monterromo. ¿Te van los muchachillos, Arrodillao?

El galgo había dejado de prestar atención y volvía a mirar el irse del río. El fumador devolvió la ceja a su sitio. El caballo acababa de descubrir unas hierbas bien sabrosas.

El ser de la isleta se había excitado con su propia conversación, así que se sacó su enorme falo del exiguo calzoncillo caqui y empezó a masturbarse con entusiasmo.

-¡Mira, Arrodillao! Si nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, dejémonos llevar por todas las corrientes -dicho lo cual, eyaculó con ruidosa satisfacción-. ¡Nuestro semen también va a dar al mar, Amargao!

El fumador dejó de fumar un momento, dejó de pasar las cuentas de su rosario e hizo un gesto como dando a entender que iba a decir algo. El personaje de la isleta se sentó con curiosidad en su roca, tras devolver con mucha dificultad su enorme falo a los límites del calzoncillo caqui.

-Un día, cuando aún vivía en la ciudad, pasé por delante de un banco en el que un indigente se había construido su refugio de cartón. Era pleno día y la ciudad tenía la actividad propia de nuestro contemporáneo mercado pletórico. Justo cuando pasé a su lado, noté un movimiento extraño a la altura de la cintura: miré un momento y vi que el hombre se estaba masturbando sin recato. Su mirada parecía perdida, en una extraña mezcla de concentración y ausencia. Justo cuando yo pasaba delante del indigente, una abuela hacía lo mismo en dirección contraria con sus dos nietas. Pero creo que ellas no se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo.

El personaje de la isleta estalló en una sonora carcajada.

-¿Y tú qué hiciste, Humillao? -preguntó con alegre curiosidad.

-Nada -respondió el fumador, antes dar otra chupada a su pipa-. Quería sentirme enfadado y decirle algo; ponerle en su sitio, o algo por el estilo. Suponía que era eso lo que debía hacer. Pero sólo era capaz de sentir una inmensa pena. ¿Qué infiernos tiene que haber conocido un hombre para actuar así…?

El ser de las cinco coletas se quedó mirando con repentina seriedad al fumador durante unos largos segundos.

-¡Qué profundo eres, Amargao! -estalló, antes de carcajearse nuevamente.

El fumador vació su pipa en el río, se puso el rosario al cuello y metió la escopeta en la funda que colgaba a un lado de la silla de montar. El galgo se alejó del río dando saltitos, siguiendo a su amo que ya cabalgaba entre los árboles.

El ser de las cinco coletas se quedó en el río, pescando a flechazos desde la isleta.

'Las tentaciones de San Antonio' (detalle), de El Bosco (entre 1500 y 1525)

‘Las tentaciones de San Antonio’ (detalle), de El Bosco (entre 1500 y 1525)

LA SANTA COTIDIANIDAD

Cristo resucitado debe llegar de un momento a otro por estas playas de Galilea
entretanto voy a pescar dice Pedro y los demás vamos también contigo
y allí van surcando esas aguas del mundo en una pequeña barca
que ignora ser la Iglesia Católica militante
ahora van echando unas redes que ignoran ser
pescadoras del hombre esa especie de los abismos
la noche estrellada inmensa ha pasado rápida
sobre la cabeza apostólica de la Iglesia militante
las redes una y otra vez vacías pero qué noche de la miseria
esta noche que ignora ser la historia de la salvación
al amanecer divisan en la playa a un hombre
a un prófugo de la especie de los abismos
que les grita como si fuera el jefe de la operación abismo
echad las redes a la derecha y encontraréis
es la hora del amanecer en que todo puede pasar
todo pasa en efecto y las redes se llenan como proféticas
Juan observa con su corazón al forastero jefe
que tan bien conoce las costumbres del pez abismo
y de súbito su corazón grita es el Señor es él
entonces Pedro se tira al agua y llega a Jesús nadando
chorreando abismos llega a Jesús primero
como corresponde al primado romano de la Iglesia Católica
Jesús ha encendido un fuego pero no dice nada
la pesca milagrosa yace a los pies del gran Pescador
y nadie dice nada y el silencio es como el amor de Dios
a los pies del silencio están los peces del amor de Dios
venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres
esa palabra tiene tres años y esta mañana resucitó
la mañana es silencio y gestos como soplar el fuego
gestos como repartir el pan y palabras simples como
traed el pescado a las brasas como venid y comed y
eso es todo en el silencio de la mañana pascual
qué diantres hay en el interior de este misterio glorioso
casi nada casi todo la inaudita naturalidad
con que se exhibe la gloria de Dios en el nuevo mundo
los gestos cotidianos trascendidos de eternidad
eso es pues la Iglesia Católica la comunión de los santos
el perdón de los pecados la resurrección de los muertos
eso es pues la eternidad en el tiempo unas pocas palabras
trabajar y hacer fuego y pescar y pescar abismos
con redes milagrosas cautivar el amor de Dios
eternizar los gestos de la santa cotidianidad
y marcharse caminando por las arenas como si nada
para esto ha citado Cristo a los suyos en Galilea
aquí no ha pasado nada y ha pasado todo
la noche estrellada inmensa ha pasado rápida sobre el abismo
y la Iglesia apostólica está a punto de resucitar.

Libro de la Pasión,  La resurrección, 15; incluido en la antología Oficio, de José Miguel Ibáñez Langlois; selección y prólogo de Enrique García-Máiquez; Númenor, 2006; pgs. 291-293.

'Cristo y los pescadores (¿Me amas tú más que éstos?), de J. Kirk Richards (2012)

‘Cristo y los pescadores (¿Me amas tú más que éstos?), de J. Kirk Richards (2012)

MEMENTO, HOMO

“La casa de Belloc es bastante espaciosa, pero cochambrosa y desoladora… Belloc ha aparecido arrastrando los pies -desde el infarto cerebral le cuesta mucho caminar- e increíblemente desaliñado… murmurando para sí y olvidando lo que acaba de decir hace un momento; con barba y ojos iracundos y enojados… Nada que ver con un hombre sereno. Aunque se ha pasado la vida hablando de religión, no parece que quede mucha en él… me ha recordado al rey Lear.”

De los diarios de Malcolm Muggeridge, citados por Joseph Pearce en su libro Escritores conversos; Palabra, 2006; pg. 507.

'Visitando a la abuela', de Denis Ichitovkin

‘Visitando a la abuela’, de Denis Ichitovkin

RENDICIÓN INCONDICIONAL

“-…Hubo un tiempo en que yo pensaba que todo lo que necesitaba para ser feliz era irme. Así lo creía nuestro pueblo. Debían huir del mal. Algunos esperaban encontrar un hogar en Palestina. La mayoría se contenta con quedarse en Italia… con tan solo cruzar el mar, como si fuera el Mar Rojo… ¿Hay algún sitio libre del mal? Es demasiado simple decir que solo los nazis querían la guerra. También los comunistas la querían. Era el único modo de que llegaran al poder. Gran parte de mi gente la deseaba igualmente, para vengarse de los alemanes y apresurar la creación de un estado judío. Me parece que había por todas partes como un deseo de guerra, un deseo de morir. Incluso los hombres buenos pensaban que su honor privado se satisfaría por medio de la guerra, que podrían afirmar su virilidad matando y haciéndose matar. Aceptarían las asperezas en compensación por haber sido egoístas y perezosos. El peligro justificaba el privilegio. Conocí a algunos italianos, quizá no muchos, que se sentían así. ¿No los había en Inglaterra?

-Que Dios me perdone -dijo Guy-. Yo fui uno de ésos.

Guy había llegado al final de la cruzada a la que se había consagrado junto a la tumba de Sir Roger. Su vida como alabardero había terminado.”

Rendición incondicional, de Evelyn Waugh; Cátedra, 2011; pgs. 407-408.

'El viento del oeste', de Winslow Homer (1891)

‘El viento del oeste’, de Winslow Homer (1891)

MEDIA TARDE

Nú er ég kominn heim
eftir ferðalag um höfin djúp.
Aldan var svo há,
seltan át upp allt.
Ég drukknaði í svartholi,
í dauðans hönd ég tók.
Svo há, hún var svo há,
en tunglið lýsti leið, já tunglið lýsti leið.
Svo há, svo há, alda syndanna, alda syndanna.

[Ahora he regresado a casa // tras un viaje por los mares profundos. // La ola era tan alta, // la sal lo comió todo. // Me hundí en un agujero negro, // me arranqué de las manos de la muerte. // Tan alta, era tan alta, // pero la luna iluminaba un camino, sí la luna iluminaba un camino. // Tan alta, tan alta, la ola de los pecados, la ola de los pecados.]

En Compostela

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