QUEL FANATISME!

por El Responsable

Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1320.

“Entonces vieron adelantarse al estrado a una mujer viejecita, de aspecto tímido, y que parecía encogerse en sus pobres vestidos. Iba calzada con unos grandes zuecos de madera, y llevaba ceñido a las caderas un gran delantal azul. Su cara delgada, rodeada de una toca sin ribete, estaba más llena de arrugas que una manzana reineta pasada, y de las mangas de su blusa roja salían dos largas manos de articulaciones nudosas. El polvo de los graneros, la potasa de las coladas y la grasa de las lanas las habían puesto tan costrosas, tan rozadas y endurecidas que parecían sucias aunque estuviesen lavadas con agua clara; y, a fuerza de haber servido, seguían entreabiertas como para ofrecer por sí mismas el humilde homenaje de tantos sufrimientos pasados. Una especie de rigidez monacal realzaba la expresión de su cara. Ni el menor gesto de tristeza o de ternura suavizaba aquella mirada pálida. En el trato con los animales, había tomado su mutismo y su placidez. Era la primera vez que se veía en medio de tanta gente; y asustada interiormente por las banderas, por los tambores, por los señores de traje negro y por la cruz de honor del consejero, permanecía completamente inmóvil, sin saber si adelantarse o escapar, ni por qué el público la empujaba y por qué los miembros del jurado le sonreían. Así se mantenía, delante de aquellos burgueses eufóricos, aquel medio siglo de servidumbre.

-¡Acérquese, venerable Catalina – Nicasia – Isabel Leroux! -dijo el señor consejero, que había tomado de las manos del presidente la lista de los galardonados.

Y mirando alternativamente el papel y a la vieja señora, repetía con tono paternal:

-¡Acérquese, acérquese!

-¿Es usted sorda? -dijo Tuvache, saltando en su sillón.

Y empezó a gritarle al oído:

-¡Cincuenta y cuatro años de servicio! ¡Una medalla de plata! ¡Veinticinco francos! Es para usted.

Después, cuando tuvo su medalla, la contempló. Entonces una sonrisa de felicidad se extendió por su cara, y se le oyó mascullar al marcharse:

-Se la daré al cura del pueblo para que me diga misas.

-¡Qué fanatismo! -exclamó el farmacéutico, inclinándose hacia el notario.”

Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Altaya, 1994; pgs. 222-223.

Pedra de abalar de Chamorro

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