LA REALIDAD

por El Responsable

Era un hombre grande y orondo, que proyectaba cierta tristeza profunda en su forma de hablar y en su mirada.

-Mire, estaba buscando una novela de superación personal, de cómo salir de una situación complicada; pero que acabe bien. Que dé ganas de salir adelante -hizo una pausa-. Yo es que sólo leo ensayo, no sé nada de literatura, y no se me ocurre qué podría leer… Quizá una historia bonita, de amor, fácil. Algo así…

A mí se me quedó cara de aviador con avión averiado en medio del desierto y niñito rubio pidiendo que le dibuje un cordero. No tenía el día muy católico, así que puse todo mi empeño en quitarme de encima el muerto lo antes posible.

Pero el gordo triste me perseguía e insistía. Cuando le proponía algo, me bombardeaba con preguntas sobre lo adecuado de mi propuesta y planteaba mil dudas sobre mi criterio.

-Es que yo sólo leo ensayo, sabe usted…

Me exasperaba esa dicotomía estúpida que parecía establecer entre ensayo y novela; me costaba horrores mantener las formas y sabía que mis respuestas estaban siendo secas y cortantes. Toda mi concentración era requerida para no mandarlo al carajo a él y a todos los ensayos que se había leído.

Al fin conseguí que se llevara un libro y respiré aliviado cuando lo vi salir por la puerta.

Entonces se acercó a la caja una señora de unos cincuenta años para pagar sus libros.

-Me acaba de dar una lección de lo que es ser un buen librero -me dijo-. Se notaba que ese hombre sufría. Y usted le ha ayudado mucho. No he podido evitar escucharles. Cómo se nota la experiencia…

-Señora, no llevo ni dos meses trabajando aquí… -traté de explicar, con una sonrisa sorprendida y avergonzada.

-Ha sido muy bello de ver, la verdad.

La señora pagó y se fue. Y yo me quedé de pie en la caja. Confuso, como la vida.

'Joven decadente', de Ramón Casas (1899)

‘Joven decadente’, de Ramón Casas (1899)

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