EL REY PESCADOR

por El Responsable

-A mí me gustaría creer, pero soy más atea que el demonio.

-Si hay alguien que no tiene ninguna duda sobre la existencia de Dios, ése es el demonio.

Ella se quedó pensando un instante.

-Bueno, pues soy más atea que nadie.

Él la miró divertido, dispuesto a escuchar una vez más el manido comentario.

-¿Por qué dices que te gustaría creer?

-Porque así la vida sería más fácil -respondió ella, respetando escrupulosamente el guión.

Él sonrió una sonrisa un tanto cansada; y quizá dejó escapar un suspiro que, en algún momento, amenazó con convertirse en bufido.

Le vino a la mente el escolio aquel: ¿en qué dios habrán creído los que dejan de creer en él? [626] Recordó su época incrédula. Y entendió que su propia incredulidad había nacido del contacto con un Cristo facilón, caricatura de catecismos infantiles paridos por conferencias episcopales chorreando “altura de los tiempos”, literatura adecuada para cualquier cutre sección de autoayuda.

Su fe, sin embargo, era la del pez pescado: se tragó una mosca de aspecto apetitoso y ahora era arrastrado por la corona de espinas que se le había clavado en la garganta. Allá en la superficie parecía haber una luz, pero apenas bastaba para iluminar las profundidades marinas.

Y volvió a recordar al maestro: la religión no explica nada, sino complica todo [286].

Sin decir nada más, sonrió nuevamente a su compañera, y siguió trabajando.

pescado

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