POLUCIONES DIURNAS

por El Responsable

La niebla se deslizaba por la superficie del río. Parecía salir de la pipa que fumaba la figura que reposaba en las ruinas del molino. Sentado sobre las losas medievales, dejaba balancearse la pierna derecha sobre el curso del agua, mientras iba pasando las cuentas de un rosario de cinco misterios. Su caballo se entretenía mordisqueando la vegetación de la ribera. Su galgo de tres patas observaba adormilado el sosegado fluir de las aguas.

-¡Arrodillao! -se oyó desde la otra orilla.

El galgo levantó la cabeza y miró en dirección al grito. El fumador arqueó una ceja para ayudarse a enfocar. El caballo siguió mordisqueando sin prestar mayor atención.

Una figura apareció dando saltos en la otra orilla. Barba recogida en tres coletas y cabello recogido en otras dos. Un calzoncillo de color caqui cubriendo vagamente la entrepierna y otro calzoncillo del mismo color encasquetado en la cabeza. Cazadora de camuflaje cruzada por un arco y un carcaj lleno de flechas a la espalda.

-¡Humillao! -volvió a gritar, antes de volver a saltar, esta vez en medio de la corriente; pareció hundirse, pero reapareció para subirse en una piedra que hacía de isleta en medio del cauce-. ¿Qué estás haciendo, Humillao? -el personaje señaló histéricamente en dirección al rosario que el fumador portaba en su mano-. ¿Rezando otra vez, Arrodillao? Rezar es de curas, Humillao. Los curas son todos pederastas. Por lo tanto, rezar es de pederastas. Bueno, la verdad es que yo no se lo voy a echar en cara a los curas…. Yo también me follaría unos cuantos niños lindos; estoy harto de las ovejas de ese granjero idiota de Monterromo. ¿Te van los muchachillos, Arrodillao?

El galgo había dejado de prestar atención y volvía a mirar el irse del río. El fumador devolvió la ceja a su sitio. El caballo acababa de descubrir unas hierbas bien sabrosas.

El ser de la isleta se había excitado con su propia conversación, así que se sacó su enorme falo del exiguo calzoncillo caqui y empezó a masturbarse con entusiasmo.

-¡Mira, Arrodillao! Si nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, dejémonos llevar por todas las corrientes -dicho lo cual, eyaculó con ruidosa satisfacción-. ¡Nuestro semen también va a dar al mar, Amargao!

El fumador dejó de fumar un momento, dejó de pasar las cuentas de su rosario e hizo un gesto como dando a entender que iba a decir algo. El personaje de la isleta se sentó con curiosidad en su roca, tras devolver con mucha dificultad su enorme falo a los límites del calzoncillo caqui.

-Un día, cuando aún vivía en la ciudad, pasé por delante de un banco en el que un indigente se había construido su refugio de cartón. Era pleno día y la ciudad tenía la actividad propia de nuestro contemporáneo mercado pletórico. Justo cuando pasé a su lado, noté un movimiento extraño a la altura de la cintura: miré un momento y vi que el hombre se estaba masturbando sin recato. Su mirada parecía perdida, en una extraña mezcla de concentración y ausencia. Justo cuando yo pasaba delante del indigente, una abuela hacía lo mismo en dirección contraria con sus dos nietas. Pero creo que ellas no se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo.

El personaje de la isleta estalló en una sonora carcajada.

-¿Y tú qué hiciste, Humillao? -preguntó con alegre curiosidad.

-Nada -respondió el fumador, antes dar otra chupada a su pipa-. Quería sentirme enfadado y decirle algo; ponerle en su sitio, o algo por el estilo. Suponía que era eso lo que debía hacer. Pero sólo era capaz de sentir una inmensa pena. ¿Qué infiernos tiene que haber conocido un hombre para actuar así…?

El ser de las cinco coletas se quedó mirando con repentina seriedad al fumador durante unos largos segundos.

-¡Qué profundo eres, Amargao! -estalló, antes de carcajearse nuevamente.

El fumador vació su pipa en el río, se puso el rosario al cuello y metió la escopeta en la funda que colgaba a un lado de la silla de montar. El galgo se alejó del río dando saltitos, siguiendo a su amo que ya cabalgaba entre los árboles.

El ser de las cinco coletas se quedó en el río, pescando a flechazos desde la isleta.

'Las tentaciones de San Antonio' (detalle), de El Bosco (entre 1500 y 1525)

‘Las tentaciones de San Antonio’ (detalle), de El Bosco (entre 1500 y 1525)

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