El sosiego acantilado

non mea voluntas

Mes: abril, 2016

QUEL FANATISME!

Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1320.

“Entonces vieron adelantarse al estrado a una mujer viejecita, de aspecto tímido, y que parecía encogerse en sus pobres vestidos. Iba calzada con unos grandes zuecos de madera, y llevaba ceñido a las caderas un gran delantal azul. Su cara delgada, rodeada de una toca sin ribete, estaba más llena de arrugas que una manzana reineta pasada, y de las mangas de su blusa roja salían dos largas manos de articulaciones nudosas. El polvo de los graneros, la potasa de las coladas y la grasa de las lanas las habían puesto tan costrosas, tan rozadas y endurecidas que parecían sucias aunque estuviesen lavadas con agua clara; y, a fuerza de haber servido, seguían entreabiertas como para ofrecer por sí mismas el humilde homenaje de tantos sufrimientos pasados. Una especie de rigidez monacal realzaba la expresión de su cara. Ni el menor gesto de tristeza o de ternura suavizaba aquella mirada pálida. En el trato con los animales, había tomado su mutismo y su placidez. Era la primera vez que se veía en medio de tanta gente; y asustada interiormente por las banderas, por los tambores, por los señores de traje negro y por la cruz de honor del consejero, permanecía completamente inmóvil, sin saber si adelantarse o escapar, ni por qué el público la empujaba y por qué los miembros del jurado le sonreían. Así se mantenía, delante de aquellos burgueses eufóricos, aquel medio siglo de servidumbre.

-¡Acérquese, venerable Catalina – Nicasia – Isabel Leroux! -dijo el señor consejero, que había tomado de las manos del presidente la lista de los galardonados.

Y mirando alternativamente el papel y a la vieja señora, repetía con tono paternal:

-¡Acérquese, acérquese!

-¿Es usted sorda? -dijo Tuvache, saltando en su sillón.

Y empezó a gritarle al oído:

-¡Cincuenta y cuatro años de servicio! ¡Una medalla de plata! ¡Veinticinco francos! Es para usted.

Después, cuando tuvo su medalla, la contempló. Entonces una sonrisa de felicidad se extendió por su cara, y se le oyó mascullar al marcharse:

-Se la daré al cura del pueblo para que me diga misas.

-¡Qué fanatismo! -exclamó el farmacéutico, inclinándose hacia el notario.”

Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Altaya, 1994; pgs. 222-223.

Pedra de abalar de Chamorro

EL SURCO LUMINOSO

“Tenía yo seis o siete años cuando papá nos llevó a Trouville. Nunca olvidaré la impresión que me causó el mar. No me cansaba de mirarlo. Su majestad, el rugido de las olas, todo le hablaba a mi alma de la grandeza y del poder de Dios.

Recuerdo que, durante el paseo que dimos por la playa, un señor y una señora me miraban correr feliz junto a papá y, acercándose, le preguntaron si era suya, y dijeron que era una niña muy guapa. Papá les respondió que sí, pero me di cuenta de que les hizo señas de que no me dirigiesen elogios…

Era la primera vez que yo oía decir que era guapa, y me gustó, pues no creía serlo. Tú ponías gran cuidado, Madre querida, en alejar de mí todo lo que pudiese empañar mi inocencia, y sobre todo en no dejarme escuchar ninguna palabra por la que pudiese deslizarse la vanidad en mi corazón. Y como yo sólo hacía caso a tus palabras y a las de María, y vosotras nunca me habíais dirigido un solo piropo, no di mayor importancia a las palabras y a las miradas de admiración de aquella señora.

Al atardecer, a esa hora en la que el sol parece querer bañarse en la inmensidad de las olas, dejando tras de sí un surco luminoso, iba a sentarme, a solas con Paulina, en una roca… Y allí recordé el cuento conmovedor de El surco de oro

Estuve contemplando durante mucho tiempo aquel surco luminoso, imagen de la gracia que ilumina el camino que debe recorrer la barquilla de airosa vela blanca… Allí, al lado de Paulina, hice el propósito de no alejar nunca mi alma de la mirada de Jesús, para que pueda navegar en paz hacia la patria del cielo…

Mi vida discurría serena y feliz. El cariño de que vivía rodeada en los Buissonnets me hacía, por decirlo así, crecer. Pero ya era, sin duda, lo suficientemente grande para empezar a luchar, para empezar a conocer el mundo y las miserias de que está lleno…

[…] Me sería imposible decir el número de libros que pasaron por mis manos; pero nunca permitió Dios que leyera ni uno sólo que pudiera hacerme daño. Es cierto que, al leer ciertos relatos caballerescos, no siempre percibía en un primer momento la realidad de la vida; pero pronto Dios me daba a entender que la verdadera gloria es la que ha de durar para siempre y que para alcanzarla no es necesario hacer obras deslumbrantes, sino esconderse y practicar la virtud de manera que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha…

[…] Dios me concedió la gracia de no conocer el mundo, a no ser justo para despreciarlo y alejarme de él. Podría decir que durante mi estancia en Alençon fue cuando hice mi presentación en sociedad. Todo era alegría y felicidad en torno a mí. Me veía festejada, mimada, admirada. En una palabra, durante quince días mi vida sólo se vio sembrada de flores… Y confieso que aquella vida tenía sus encantos para mí. La Sabiduría tiene mucha razón cuando dice: El hechizo de las bagatelas del mundo seduce hasta a las mentes sin malicia. A los diez años, el corazón se deja fácilmente deslumbrar. Por eso considero como una gracia muy grande el no haberme quedado en Alençon. Los amigos que teníamos allí eran demasiado mundanos y compaginaban demasiado las alegrías de la tierra con el servicio de Dios. No pensaban lo bastante en la muerte, y sin embargo la muerte ha venido a visitar a un gran número de personas a las que yo conocí, ¡¡¡jóvenes, ricas y felices!!! Me gusta volver con el pensamiento a los lugares encantandores donde vivieron, preguntarme dónde están, qué les queda hoy de los castillos y los parques donde las vi disfrutar de las comodidades de la vida… Y veo que todo es vanidad y aflicción de espíritu bajo el sol…, y que el único bien que vale la pena es amar a Dios con todo el corazón y ser pobres de espíritu aquí en la tierra…”

Teresa de Lisieux. Obras completas; Editorial Monte Carmelo, 2010; pgs. 118-119, 138, 139-140.

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LA APUESTA CRISTIANA

¡Me darás libremente el Anillo! En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña! ¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago! Más fuerte que los cimientos de la tierra. ¡Todos me amarán, y desesperarán!

Galadriel alzó la mano y del anillo que llevaba brotó una luz que la iluminó a ella sola, dejando todo el resto en la oscuridad. Se irguió ante Frodo, y pareció que tenía de pronto una altura inconmensurable y una belleza irresistible, adorable y tremenda. En seguida dejó caer la mano, y la luz se extinguió, y ella rió de nuevo, y he aquí que fue otra vez una delgada mujer elfa, vestida sencillamente de blanco, de voz dulce y triste.

-He pasado la prueba -dijo-. Me iré empequeñeciendo, y marcharé al oeste, y continuaré siendo Galadriel.”

El Señor de los Anillos. La Comunidad del Anillo, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; pg. 491.

“Agustín sabe todo esto de la fragilidad del tiempo, conoce todo lo que el tiempo profano puede dar de sí, recuerda los ciclos de la fortuna y del hado y los desprecia de entrada al situarse en otro ámbito. Su lógica todavía procede del combate contra sus propias pulsiones, narrado en Confesiones. Sin ese desprecio, no encuentra motivos para la gran aceptación cristiana, que se basa sobre todo en tener a Dios como testigo de su conciencia (CD XIV, 28). Lo que brinda el mundo humano sin la iluminación de la gracia, en tanto naturaleza de las cosas, no puede producirle sino hastío. La estructura más básica de su insatisfacción reside en un tiempo vital que no puede vincularse con fuerza a nada de lo ocurrido en el tiempo histórico. La idea apologética básica de Agustín, su defensa frente al argumento de la política, consiste en desvincular la religión cristiana de todo lo que sucede en el tiempo. Lo que el tiempo acoge es obra del hombre porque el propio tiempo es consecuencia de la libido insatisfecha del hombre. El amor a algo que no puede ser satisfecho es la estructura misma de la ciudad de la tierra. La frialdad estoica de Agustín, fruto de su viejo hedonismo experimentador, no puede apagar un afecto que ha quedado vacío, demasiado valioso para el hombre a pesar de no disponer de un objeto mundano que lo cumpla. Si alguien identifica un objeto para ese afecto, entonces entra en la lógica de la ciudad de la tierra. Ese es el fundamento de la civitas terrae, el amor a sí, el narcisismo (Kent, 2001, 217). Y este es el argumento del central pasaje de CD [La Ciudad de Dios] XIV, 28: Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. Si Agustín aborda un argumento político, es porque lo hace depender de esta antropología de la libido. El narcisismo, como estructura de la ciudad terrena, está regido por los hombres dominados por la libido dominandi. Esta libido afecta a las naciones o a los príncipes, pero en su estructura es idéntica. Se trata del ansia que los poderosos tienen por aumentar la propia fuerza, lo único que pueden forjar para estabilizar el aspecto huidizo de todos los bienes profanos. Eso particulariza a los seres humanos y les impide que puedan aceptar el ser todo en todas las cosas de Dios. En efecto, el narcisista querrá él estar en todas las cosas, como sucedía con los celos. El paradigma de este narcisismo es el propio Satán, que quiso estar en lugar de Dios, al que le siguió Caín, el primer príncipe del mundo, que quiso estar en lugar de su hermano para quedarse como único poder (Kent, 2001, 218). El sí mismo no puede ser objeto adecuado de amor. Esa es la tesis más básica de Agustín. Solo por la mediación del amor a Dios, y al prójimo, el sí mismo puede encontrar un camino adecuado para amarse (CD XIX, 14). De ahí la apuesta cristiana, tan paradigmática.”

Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes, de José Luis Villacañas; Trotta, 2016; pgs. 570-571.

'Sinfonía en blanco', de James Abbott McNeill Whistler (1862)

‘Sinfonía en blanco’, de James Abbott McNeill Whistler (1862)

REHUYENDO ÍTACA

“El carácter providencial del relato de Agustín tiene que ver con una economía de salvación especialmente dirigida a él, que concreta las apelaciones de san Pablo de forma intensa. Sin embargo, cualquiera puede estar en su lugar y a todos se nos dirige la exhortación a encontrar también nuestra providencia especial. El sentido de esta concreción implica una nueva forma de entender el programa pedagógico como un diálogo hermenéutico entre el alma y los acontecimientos de su vida, siempre valorados como donaciones y admoniciones, llamadas de Dios, según el modelo de los Salmos. Consciente de que la distancia entre la meta de conocer a Dios y el estado en que se encuentra el ser humano es demasiado grande como para superarlo mediante una revelación extática, repentina, la pedagogía consiste en ofrecer los detalles apropiados para los pequeños pasos, otra diánoia. Aquí, el aprender apunta a una interpretación adecuada del curso de la vida y su sentido convergente. Cuando se observa este curso, se descubre ante todo la resistencia automática que opone la pulsión de pecado a la comprensión del orden de la providencia. Ningún conocimiento es bastante para eliminar esa resistencia pulsional a la interpretación adecuada y esta es la experiencia de Agustín con los académicos, con los maniqueos, incluso con ese desajuste entre conocer y amar. Se ha dicho que las Confesiones son una odisea del alma, pero R. O’Connell (1969) no siempre destaca un hecho: que Agustín, en contra de Ulises, no quiere llegar a Ítaca, que una y otra vez se resiste a llegar a la meta, que gusta pensar que ya ha llegado. Confesiones nos ofrece la historia pormenorizada por la cual esa resistencia, una cadena que detiene y retiene el modo paulino (Conf. VIII, 5, 10), se quiebra y entonces el ser humano descubre que desde mucho tiempo antes estaba preparado para este acontecimiento final de liberación. Solo sabemos qué es Ítaca cuando estamos allí por primera vez. No hay aquí anámnesis. El camino así se nos descubre como el lugar por el que somos llevados hacia la libertad. Lo que los demás deben conocer de forma intensa en la obra de Agustín es que la acción propia del ser humano es proponer esa resistencia pulsional a la salvación, pero que, a pesar de todo, algo más fuerte impulsa. El ser humano pone el pecado con obstinación, mientras Dios pone el esfuerzo, resiste al que resiste y finalmente cura la inquietud entregando la fe. Desde el capítulo primero se nos expone esta doctrina: Mi fe te invoca, Señor, la fe que tú mismo me diste (Conf. I, 1, 1).”

Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes, de José Luis Villacañas; Trotta, 2016; pgs. 529-530.

'Ulises y las sirenas', de Herbert James Draper (1909)

‘Ulises y las sirenas’, de Herbert James Draper (1909)

MAR SESGO

Mar sesgo, viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.

En Scilas ni en Caribdis no repara,
ni en peligro que el mar tenga encubierto
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.

Con todo, si os faltare la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.

Que es enemigo Amor de la mudanza,
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza.

Incluido en la antología Poesías, de Miguel de Cervantes; Taurus, 1970; pg. 93. Según nota a pie de página, el significado de sesgo es sosegado.

LA REALIDAD

Era un hombre grande y orondo, que proyectaba cierta tristeza profunda en su forma de hablar y en su mirada.

-Mire, estaba buscando una novela de superación personal, de cómo salir de una situación complicada; pero que acabe bien. Que dé ganas de salir adelante -hizo una pausa-. Yo es que sólo leo ensayo, no sé nada de literatura, y no se me ocurre qué podría leer… Quizá una historia bonita, de amor, fácil. Algo así…

A mí se me quedó cara de aviador con avión averiado en medio del desierto y niñito rubio pidiendo que le dibuje un cordero. No tenía el día muy católico, así que puse todo mi empeño en quitarme de encima el muerto lo antes posible.

Pero el gordo triste me perseguía e insistía. Cuando le proponía algo, me bombardeaba con preguntas sobre lo adecuado de mi propuesta y planteaba mil dudas sobre mi criterio.

-Es que yo sólo leo ensayo, sabe usted…

Me exasperaba esa dicotomía estúpida que parecía establecer entre ensayo y novela; me costaba horrores mantener las formas y sabía que mis respuestas estaban siendo secas y cortantes. Toda mi concentración era requerida para no mandarlo al carajo a él y a todos los ensayos que se había leído.

Al fin conseguí que se llevara un libro y respiré aliviado cuando lo vi salir por la puerta.

Entonces se acercó a la caja una señora de unos cincuenta años para pagar sus libros.

-Me acaba de dar una lección de lo que es ser un buen librero -me dijo-. Se notaba que ese hombre sufría. Y usted le ha ayudado mucho. No he podido evitar escucharles. Cómo se nota la experiencia…

-Señora, no llevo ni dos meses trabajando aquí… -traté de explicar, con una sonrisa sorprendida y avergonzada.

-Ha sido muy bello de ver, la verdad.

La señora pagó y se fue. Y yo me quedé de pie en la caja. Confuso, como la vida.

'Joven decadente', de Ramón Casas (1899)

‘Joven decadente’, de Ramón Casas (1899)

NO ME TIENES QUE DAR

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

(Soneto castellano del siglo XVI de autoría discutida)

O FELIX CULPA

Cada año, miles de diáconos en miles de iglesias de todo el mundo van enlazando con sus voces el mismo canto litúrgico, haciendo durar un día entero una breve madrugada: el Exsultet resuena sin pausa mientras la Tierra va completando su danza cósmica de cada jornada.

Y cuando el diácono canta

O felix culpa,
quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!

entonces tengo la sensación de que es el universo entero el que gira alrededor de una Tierra quieta en el centro de todo.

IDÓLATRAS

“De pronto, sin saber cómo, se encontró al lado del Reichstag. La enorme plaza estaba repleta de banderas y de antorchas, de ruido y de hombres desfilando. Desde vehículos abiertos, los nuevos líderes de la nación uniformados arengaban a los que allí estaban congregados. Las masas coreaban, respondían con alzamiento de brazos, y gritaban como presas de histeria. Yegor sintió que la sangre le subía a la cabeza y le transmitía una fuerza interior que nunca había tenido. Quería realizar grandes hazañas, excepcionales y heroicas. Se encontró a sí mismo alzando el brazo, vociferando y repitiendo las consignas, al unísono con los miles de entusiastas.

Por primera vez sintió que la vida tenía sabor y sentido, un gran sentido.”

La familia Karnowsky, de Israel Yehoshua Singer; Acantilado, 2015; pg. 289.

Manifestación de Queremos Galego, esta mediodia en Santiago

EL REY PESCADOR

-A mí me gustaría creer, pero soy más atea que el demonio.

-Si hay alguien que no tiene ninguna duda sobre la existencia de Dios, ése es el demonio.

Ella se quedó pensando un instante.

-Bueno, pues soy más atea que nadie.

Él la miró divertido, dispuesto a escuchar una vez más el manido comentario.

-¿Por qué dices que te gustaría creer?

-Porque así la vida sería más fácil -respondió ella, respetando escrupulosamente el guión.

Él sonrió una sonrisa un tanto cansada; y quizá dejó escapar un suspiro que, en algún momento, amenazó con convertirse en bufido.

Le vino a la mente el escolio aquel: ¿en qué dios habrán creído los que dejan de creer en él? [626] Recordó su época incrédula. Y entendió que su propia incredulidad había nacido del contacto con un Cristo facilón, caricatura de catecismos infantiles paridos por conferencias episcopales chorreando “altura de los tiempos”, literatura adecuada para cualquier cutre sección de autoayuda.

Su fe, sin embargo, era la del pez pescado: se tragó una mosca de aspecto apetitoso y ahora era arrastrado por la corona de espinas que se le había clavado en la garganta. Allá en la superficie parecía haber una luz, pero apenas bastaba para iluminar las profundidades marinas.

Y volvió a recordar al maestro: la religión no explica nada, sino complica todo [286].

Sin decir nada más, sonrió nuevamente a su compañera, y siguió trabajando.

pescado

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester