EL AÑO AL QUE SOBREVIVIMOS

por El Responsable

Venga de donde venga, el crítico de la sociedad moderna me seduce hasta el momento en que destapa su solución.
Entonces comprendo que no comprendió el problema.

El más convencido de los reaccionarios es el revolucionario arrepentido, es decir: el que ha conocido la realidad de los problemas y ha descubierto la falsedad de las soluciones.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs. 767, 1076.

Tenía el recuerdo de aquella noche, de la gente que me acompañaba, del lugar en el que estábamos. Y recordaba especialmente que, durante la discusión, expuse mi pensamiento político del momento con la mayor lógica y pulcritud argumentativa de la que fui capaz. Y era cierto, no se podía tener más razón. Era lo único que tenía, de hecho: razón. Y la mera razón me obligaba a una praxis revolucionaria, terrorista, stalinista. La verdad era así de dura. Las soluciones políticas a la situación del mundo no podían ser otras.

Lo que ya no recordaba era lo que sucedió después de esa conversación, un 7 de junio de 2004; pero mi diario sí lo recuerda:

Tan entretenidos estábamos con la charla que no nos fuimos hasta las 11 y media de la noche. Y fue justo en el trayecto de vuelta a casa donde decidí lo siguiente: el año que viene, no retornaré a Galicia; me quedaré a vivir en Madrid, intentaré comprar un pequeño apartamento con el dinero que me dé mi madre y viviré solo; dejo Derecho y el año que viene intentaré matricularme en Filología alemana, en la Complu; dejo el Centro Gallego, el BNG y la UPG. Muchas decisiones, ¿verdad? Quiera Dios que, esta vez, no sean un error -o varios-.

Tres días más tarde, escribía lo siguiente:

…el eje de nuestras identidades -un montón de cantos del cisne ensordecedores- radica en el concepto de emigración. Dudando sobre nuestra patria de origen, dudamos también sobre la dirección cierta de nuestras existencias. Andamos perdidos a medio camino entre lugares moribundos y sitios que desconocemos. Cuando paramos a la vera del camino, miramos el paisaje, y nos damos cuenta de que vivimos en un inmenso y diverso puzle de cementerios. Hay tantas líneas que convergen en nosotros… ¿Cuáles son los apellidos de nuestro vacío? Pero ya no nos llevamos mal con él. Ya no lo queremos rechazar de nuestro ser. Estamos vacíos; es necesario que lo aceptemos. Pero las líneas no son superfluas: son la clave de sentido de cada uno de nosotros. Y cada uno de nosotros es distinto; pues distintos son los puntos de conjunción. Lo único que debemos rechazar es el resentimiento. Porque no nos deja buscar adecuadamente. Seguir sus indicaciones es la mejor manera de perdernos para siempre. El problema no es que nos lleve a ninguna parte; porque los buenos caminos seguramente tampoco nos llevarán a ningún sitio. El único puerto de recalada será la muerte. Pero de ésa no hay que preocuparse: llegará en el momento justo, cuando ella quiera. Nosotros no tenemos nada que decir al respecto. Sólo esperar. De hecho, ¿es que hay algo que realmente podamos escoger? Eso sólo Dios lo sabe; mientras tanto, seguiremos pensando -metafísicamente, mitológicamente-, que la libertad existe.

Epílogo colachiano:

He visto la filosofía desvanecerse poco a poco entre mi escepticismo y mi fe.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 1357.