CABALLEROS DEL SUR

por El Responsable

-No puede casarse con ella, Henry.

Ahora es Henry quien toma la palabra.

-Eso ya lo has dicho antes. Ya te lo dije entonces. Y ahora, ahora ya no puede quedar mucho tiempo, y entonces no nos quedará nada: ni honor ni orgullo ni Dios, puesto que Dios nos abandonó, sólo que a Dios no se le ha ocurrido que sea conveniente notificárnoslo; ni calzado ni ropa nos queda, ni necesidad de ello; no sólo no hay tierra y no hay manera de hacer la comida, sino que tampoco hay necesidad de comida, y si no se tiene a Dios, si no se tiene honor ni orgullo, nada importa, salvo que ahí está aún la carne avejentada e insensata a la que no le importa si fue derrota o fue victoria, porque no ha de morir, porque se esconderá por los bosques y los campos, arrancando hierbajos y raíces… Sí, lo he decidido. Hermano o no, lo he decidido. Lo voy a permitir. Lo voy a permitir.

-No debe casarse con ella, Henry.

-Sí. Dije que sí al principio, pero entonces no estaba decidido. No se lo permití. Pero ahora he tenido cuatro años para decidirlo. Lo voy a permitir. Lo haré.

-Es preciso que no se case con ella, Henry. El padre de su madre me dijo que su madre era una mujer española. Le creí. Hasta que nació él no descubrí que su madre tenía en parte sangre de negra.

¡Absalón, Absalón!, de William Faulkner; Verticales, 2011; pgs. 446-447.

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