LENINA SIN PASTILLAS

por El Responsable

“-¡Oh, mira! -exclamó Lenina, cogiéndose de su brazo.

Un indio casi desnudo descendía muy lentamente por la escalera de mano de una casa vecina, peldaño tras peldaño, con la temblorosa cautela de la vejez extrema. Su rostro era negro y tenía un aspecto muy arrugado, como una máscara de obsidiana. La boca desdentada se hundía entre sus mejillas. En las comisuras de los labios y a ambos lados del mentón pendían, sobre la piel oscura, unos pocos pelos largos y casi blancos. Los cabellos largos y sueltos colgaban en mechones grises a ambos lados de su rostro. Su cuerpo se veía encorvado y flaco hasta los huesos, casi descamado. Bajaba lentamente, deteniéndose en cada peldaño antes de aventurarse a dar otro paso.

-Pero ¿qué le pasa? -susurró Lenina, en sus ojos se leía el horror y el asombro.

-Nada, sencillamente, es viejo -contestó Bernard aparentando indiferencia, aunque en realidad no la sentía.

-¿Viejo? -repitió Lenina-. Pero… también el director es viejo; muchas personas son viejas, pero no son así.

-Porque no les permitimos ser así. Las preservamos de las enfermedades. Mantenemos el equilibrio artificial de sus secreciones internas de modo que conserven la juventud. No permitimos que sus niveles de magnesio y calcio desciendan por debajo de lo que es pertinente a los treinta años. Les ponemos transfusiones de sangre joven, estimulamos de manera permanente su metabolismo, éste es el motivo de que no tengan este aspecto. En parte -agregó- porque la mayoría mueren antes de alcanzar la edad de este viejo. Juventud casi perfecta hasta los sesenta años, y después, ¡plas!, el final.

Pero Lenina no le escuchaba, miraba al viejo, que seguía bajando lentamente. Al fin sus pies tocaron el suelo y se detuvo frente a ellos. Al fondo de las profundas órbitas los ojos aparecían extraordinariamente brillantes y la miraron largo rato sin expresión alguna, sin sorpresa, como si Lenina no se hallara presente. Después, lentamente, con la espalda doblada, el viejo pasó por su lado y se alejó.

-Pero ¡esto es terrible! -susurró Lenina-. No debimos haber venido.

Buscó su ración de soma en el bolsillo, sólo para descubrir que, por un olvido sin precedentes, se había dejado el frasco en la hospedería.”

Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Círculo de Lectores, 2000; pgs. 138-139.

'Pintor trabajando, reflejo', de Lucian Freud (1993)

‘Pintor trabajando, reflejo’, de Lucian Freud (1993)

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