VEINTE AÑOS NO ES NADA

por El Responsable

“Para entonces, Montoneros ya sabía que el enfrentamiento armado se les venía encima. La relación con Perón fue irrecuperable después del primero de mayo de 1974. Detrás de un vidrio a prueba de balas, su Líder los trató de imberbes, estúpidos e infiltrados. Las referencias por omisión a su esposa Isabel –no rompan más las bolas, Evita hay una sola– o la crítica a quienes lo acompañaban en el balcón –Qué pasa, qué pasa, General, está lleno de gorilas el gobierno popular– subían como un bramido desde la Plaza de Mayo. Esa juventud que él había estimulado hacia la insurrección, ahora lo asediaba. En su discurso, por encima del murmullo, Perón apoyó a esos dirigentes sabios y prudentes que han mantenido su fuerza orgánica, y han visto caer a sus dirigentes asesinados sin que todavía haya tronado el escarmiento. Y de inmediato Montoneros golpeaba sobre sus heridas: Rucci, traidor, saludos a Vandor. En el otro costado de la Plaza, las huestes sindicales respondían: Duro, duro, duro, la patria socialista se la meten en el culo. El ambiente era cada vez más tenso. De golpe, después de las descalificaciones de Perón y sin que mediara orden de sus responsables, los montoneros empezaron a marcharse de la Plaza. La alianza con Perón se había roto.”

Termino el párrafo de la biografía de Rodolfo Galimberti con el ser dos décadas atrás: es noche afuera, estoy rodeado de amigos que ya no lo son más y mis veinte años son efervescentes como una couldina recién caída en el vaso. Alguien -quizá yo- acaba de preguntar por Perón, qué tipo de hombre era. Los que tuvieron que poner un océano de por medio me responden y percibo -a su pesar- el respeto en el relato: sólo con palabras echó de la plaza al grupo armado más duro de la Argentina. Aquella noche, por primera vez en mi vida, escuché la palabra montonero.

En aquella casa aprendí a disfrutar del queso, viendo un Boca-River en la Baticueva (el cuarto de la tele, presidido por una enorme foto de Gabriel Omar Batistuta). Su dueño me dijo una vez en la cocina: nunca entendí la melancolía gallega; pero un día visité Galicia, vi aquel mar inmenso bajo el cielo gris desde los acantilados… entonces lo entendí todo.

Y otro día -o quizá el mismo día- escuché por primera vez el Adiós Nonino en su despacho. Me dio unas breves explicaciones para contextualizar la música que sonaba y nos dejamos llevar cada uno a la vera de su propio abismo con la única compañía de nuestras copas de vino blanco.

También suena ahora, mientras escribo. Veinte años no es nada.

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