El sosiego acantilado

Mes: Decembro, 2015

CAJAMARCA

Aquí la reflexión no tiene peso,
castra el valor y ensucia los designios.
Es oro el grito que atacar ordena
y luz la orden segura que no vuelve.

Poema incluido en la antología Soy en mayo, de Julio Martínez Mesanza; Renacimiento, 2007; pg. 49.

“Esa noche Pizarro mantuvo una reunión con el inca, ya que trajo a Atahualpa a que cenara con él. El banquete fue servido en una de las salas que daban a la gran plaza que unas horas antes había sido el escenario de la matanza y el suelo todavía estaba cubierto con los cuerpos de los súbditos del inca. Se situó al monarca cautivo junto a su conquistador. Parecía no haber comprendido completamente el alcance de su calamidad. Si lo hacía, mostraba una sorprendente fortaleza. Es la fortuna de la guerra, dijo, y si podemos dar crédito a los españoles, expresó su admiración por la habilidad con que habían conseguido atraparlo entre sus propias tropas. Añadió que sabía de los avances del hombre blanco desde el momento de su desembarco, pero que lo insignificante de su número le había llevado a infravalorar su fuerza. No tenía duda de que le sería muy fácil dominarles a su llegada a Cajamarca con su fuerza superior y, como deseaba ver por sí mismo qué tipo de hombres eran, les había permitido atravesar las montañas con la intención de tomar a los que eligiera para su propio servicio, apoderarse de sus maravillosas armas y caballos y matar al resto.”

Historia de la conquista de Perú, de William H. Prescott; Antonio Machado Libros, 2006; pg. 194.

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COMPRENSIÓN IMAGINATIVA

En las mudanzas, lo normal es perder libros. Más raro resulta encontrarlos.

Pero durante el donoso escrutinio que hemos desatado en la biblioteca de la casa de mi suegra (también la nuestra, a partir de ahora) he hallado alguna que otra joya. Alegre sorpresa fue topar con una traducción publicada por Seix Barral en 1973 del ciclo de conferencias dictadas en Cambridge en 1961 por el historiador inglés Edward Hallett Carr (autor de una monumental historia de la Revolución Rusa, cuyos numerosos tomos leí con pasión en mis politizados años jóvenes). En el libro (titulado ¿Qué es la historia?) acabo de leer el siguiente texto:

…la necesidad, por parte del historiador, de una comprensión imaginativa de las mentes de las personas que le ocupan, del pensamiento subyacente a sus actos: digo comprensión imaginativa, y no simpatía, por temor a que se crea que ello implica acuerdo. El siglo XIX fue flojo en historia medieval porque le repelían demasiado las creencias supersticiosas de la Edad Media y las barbaridades por ellas inspiradas como para comprender imaginativamente a los hombres medievales. O tómese la censoria observación de Burckhardt acerca de la guerra de los Treinta Años: Resulta escandaloso para un credo, sea católico o protestante, colocar su salvación por encima de la integridad nacional. Era dificilísimo para un historiador del siglo pasado, enseñado a creer que era justo y digno de alabanza matar en defensa del país propio, pero inmoral y equivocado matar en defensa de la propia religión, compartir el estado de ánimo de quienes lucharon en la guerra de los Treinta Años. Esta dificultad es particularmente aguda en el campo en que estoy trabajando ahora. Mucho de lo que se lleva escrito en los últimos diez años en los países de habla inglesa acerca de la Unión Soviética, y mucho de lo escrito en ésta sobre dichos países, viene viciado por esa incapacidad de llegar a una comprensión imaginativa, por elemental que sea, de lo que acontece en la mente de la otra parte, de forma que las palabras y las acciones de los otros siempre han de resultar embebidas de mala fe, carentes de sentido o hipócritas. No se puede hacer historia, si el historiador no llega a establecer algún contacto con la mente de aquellos sobre los que escribe.

No puedo estar más de acuerdo; pero no sólo en lo referido al estudio histórico.

Últimamente, tengo que leer y escuchar muchas opiniones sobre los miembros del Estado Islámico. Todo el mundo parece manejar una teoría sobre la verdad oculta que realmente actúa tras su voluntad: la pobreza, el afán de poder, la locura… Siempre hay una causa que obvia el único hecho indudable: su firme y libre decisión de someter sus conciencias a los dictados de una determinada interpetación (salafista) del Islam. Cada individuo podrá tener su propio trasfondo biográfico y sus peculiares circunstancias existenciales; pero sólo desde la comprensión imaginativa de su toma de partido, podremos entender su recia oposición a la usura, a que las mujeres lleven el pelo suelto por la calle o su decisión de volarse en pedazos en medio de una iglesia abarrotada de fieles.

Lo cual, evidentemente, no implica simpatizar con ellos. Simplemente, significa entenderlos. Y al entenderlos, yo al menos, los reconozco como enemigos. Enemigos que, llegado el caso, y con la ayuda de Dios, habrá que matar. Precisamente porque entiendo aquello en lo que creen, entiendo que ellos y yo no podemos convivir en el mismo mundo. Ellos son una amenaza para los míos y para mí; y yo espero ser una amenaza para ellos.

Sin odio. Sosegadamente. Amándolos como a los magníficos enemigos que son.

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TUVIERON MANCILLA

“Y estando en estas pláticas vinieron luego a decir a Cortés que venía el cacique gordo de Cempoal en andas y a cuestas de muchos indios principales. Y desque allegó el cacique estuvo hablando con Cortés juntamente con el cacique y otros principales de aquel pueblo, dando tantas quejas de Montezuma, y contaba de sus grandes poderes, y decíalo con lágrimas y sospiros que Cortés y los que estábamos presente tuvimos mancilla. Y demás de contar por qué vía les había subjetado, que cada año les demandaban muchos hijos e hijas para sacrificar, y otros para servir en sus casas y sementeras, y otras muchas quejas, que fueron tantas que ya no se me acuerda; y que los recaudadores de Montezuma les tomaban sus mujeres e hijas, si eran hermosas, y las forzaban, y que otro tanto hacían en toda aquella tierra de la lengua totonaque, que eran más de treinta pueblos. Y Cortés les consolaba con nuestras lenguas [traductores] cuanto podía, e que les favorescería en todo lo que pudiese y quitaría aquellos robos y agravios; y que para eso le envió a estas partes el emperador nuestro señor, y que no tuviesen pena ninguna y que presto lo verían lo que sobre ello hacíamos. Y con estas palabras rescibieron algún contento, mas no se les aseguraba el corazón con el gran temor que tenían a los mexicanos. Y estando en estas pláticas vinieron unos indios del mismo pueblo muy de priesa a decir a todos los caciques que allí estaban hablando con Cortés cómo venían cinco mexicanos que eran los recaudadores de Montezuma. Y desque lo oyeron se les perdió la color y temblaban de miedo, y dejan solo a Cortés y los salen a rescebir y presto les enraman una sala y les guisan de comer, y les hacen mucho cacao, que es la mejor cosa que entre ellos beben. Y cuando entraron por el pueblo los cinco indios vinieron por donde estábamos -porque allí estaban las casas del cacique y nuestros aposentos- y pasaron con tanta continencia e presunción que sin hablar a Cortés ni a ninguno de nosotros se fueron delante. Y traían ricas mantas labradas y los bragueros de la misma manera, que entonces bragueros se ponían, y el cabello lucio e alzado, como atado en la cabeza, y cada uno con unas rosas oliéndolas, y mosqueadores que les traían otros indios como criados, y cada uno un bordón como garabato en la mano, y muy acompañados de principales de otros pueblos de la lengua totonaque. Y hasta que los llevaron aposentar y les dieron de comer muy altamente no les dejaron de acompañar, y después que hobieron comido mandaron llamar al cacique gordo y a todos los principales, y les reñieron que por qué nos habían hospedado en sus pueblos, y qué tenían agora que hablar y ver con nosotros, e que su señor Montezuma no será servido de aquello, porque sin su licencia y mandado no nos habían de recoger ni dar joyas de oro. E sobre ello al cacique gordo e a los demás principales les dijeron muchas amenazas, e que luego les diese veinte indios e indias para aplacar a sus dioses por el maleficio que habían hecho. Y estando en esto Cortés preguntó a doña Marina y a Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, que de qué estaban alborotados los caciques desde que vinieron aquellos indios, e quién eran. Y la doña Marina, que muy bien lo entendió, se lo contó lo que pasaba. Y luego Cortés mandó llamar al cacique gordo y a todos los más principales y les dijo que quién eran aquellos indios que les hacían tanta fiesta. Y dijeron que los recaudadores del gran Montezuma, e que vienen a ver por qué causa nos habían rescibido sin licencia de su señor, y que les demandaban agora veinte indios e indias para sacrificar a su dios Huichilobos porque les dé la vitoria contra nosotros, porque han dicho que dice Montezuma que los quiere tomar para que sean su esclavos. Y Cortés les consoló y que no hobiesen miedo, que él estaba allí con todos nosotros y que los castigaría.”

Historia verdadera de la conquista de La Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; Homo Legens, 2008; Capítulo XLVI, pgs. 170-172.

VEINTE AÑOS NO ES NADA

“Para entonces, Montoneros ya sabía que el enfrentamiento armado se les venía encima. La relación con Perón fue irrecuperable después del primero de mayo de 1974. Detrás de un vidrio a prueba de balas, su Líder los trató de imberbes, estúpidos e infiltrados. Las referencias por omisión a su esposa Isabel –no rompan más las bolas, Evita hay una sola– o la crítica a quienes lo acompañaban en el balcón –Qué pasa, qué pasa, General, está lleno de gorilas el gobierno popular– subían como un bramido desde la Plaza de Mayo. Esa juventud que él había estimulado hacia la insurrección, ahora lo asediaba. En su discurso, por encima del murmullo, Perón apoyó a esos dirigentes sabios y prudentes que han mantenido su fuerza orgánica, y han visto caer a sus dirigentes asesinados sin que todavía haya tronado el escarmiento. Y de inmediato Montoneros golpeaba sobre sus heridas: Rucci, traidor, saludos a Vandor. En el otro costado de la Plaza, las huestes sindicales respondían: Duro, duro, duro, la patria socialista se la meten en el culo. El ambiente era cada vez más tenso. De golpe, después de las descalificaciones de Perón y sin que mediara orden de sus responsables, los montoneros empezaron a marcharse de la Plaza. La alianza con Perón se había roto.”

Termino el párrafo de la biografía de Rodolfo Galimberti con el ser dos décadas atrás: es noche afuera, estoy rodeado de amigos que ya no lo son más y mis veinte años son efervescentes como una couldina recién caída en el vaso. Alguien -quizá yo- acaba de preguntar por Perón, qué tipo de hombre era. Los que tuvieron que poner un océano de por medio me responden y percibo -a su pesar- el respeto en el relato: sólo con palabras echó de la plaza al grupo armado más duro de la Argentina. Aquella noche, por primera vez en mi vida, escuché la palabra montonero.

En aquella casa aprendí a disfrutar del queso, viendo un Boca-River en la Baticueva (el cuarto de la tele, presidido por una enorme foto de Gabriel Omar Batistuta). Su dueño me dijo una vez en la cocina: nunca entendí la melancolía gallega; pero un día visité Galicia, vi aquel mar inmenso bajo el cielo gris desde los acantilados… entonces lo entendí todo.

Y otro día -o quizá el mismo día- escuché por primera vez el Adiós Nonino en su despacho. Me dio unas breves explicaciones para contextualizar la música que sonaba y nos dejamos llevar cada uno a la vera de su propio abismo con la única compañía de nuestras copas de vino blanco.

También suena ahora, mientras escribo. Veinte años no es nada.

LA VALLA

Sonríe sorprendido al encontrar el vallado
aunque en el yermo ya nadie recuerda
quién trajo las maderas,
quién los clavos.

Contempla la humilde frontera arbitraria
-tan fácil de saltar, tan despreciable-
y con los cabos de la embarcación que aquí le trajo
a este límite que él no ha alzado
se ata.

Pasan los días, corren los años
y la piel lacerada de sus muñecas
es feliz promesa de estigmas
que derramarse en sangre desean.

Quedan aquí amarrados sus huesos
sutil cascabel quizá algún día
relicario cantarín al soplar el viento
que sirva de pista
en el misterio
a tanto perdido marinero.

TIRONES DEL HILO

Me levanto tras recibir la absolución.

-¿Usted estudió Filosofía en la Complutense?

Ya sabía yo que esa cara me resultaba familiar…

-Sí, Padre.

-Eso me parecía. Yo también. Me licencié en el 2002.

-Yo en el 2000.

Nos presentamos. Intercambiamos algunas frases más. Nos despedimos, sonrientes.

Cumplo la penitencia, me despido del Señor y salgo a la calle.

Si este sacerdote sabe de mis andanzas en aquella época y en aquel ambiente, habrá vivido la escena como un auténtico milagro de la Gracia. A mí la situación me recuerda lo agradecido que debo estar y la deuda que tengo.

Da mucho que pensar, descubrir los paradójicos lugares que escoge la Divina Providencia para dejar caer sus lenguas de fuego.

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UN PUTO COBARDE

Los vio pasar en dirección a la clínica desde el banco en el que estaba sentado. Dejó caer el cigarro por el agujero de la lata de cerveza. Un humo mínimo escapó del interior.

Se levantó y se dirigió hacia ellos. Les alcanzó junto a las puertas acristaladas de la entrada.

-¿A qué venís aquí? -les preguntó de repente, asustándoles.

-¿Perdón…? -preguntó el otro.

-Que qué hacéis aquí -insistió.

El otro miró a la otra, miró hacia las puertas acristaladas y después volvió a mirar al inquisidor.

-¿Y a ti qué coño te importa? -dijo por fin.

-¿Venís a abortar? -les preguntó; para enseguida dirigirse sólo a ella- ¿Estás embarazada?

-¿Y a ti qué coño te importa? -volvió a repetir el otro.

-¿Estás o no estás embarazada? -insistió, ignorándole.

Ella miraba a ambos alternativamente, con la boca medio abierta.

-¿Y a ti qué cojones te importa? -volvió a decir el otro.

-A alguien le tiene que importar, ya que a ti no -respondió, mirándole a los ojos-. ¿Vas a matar a tu hijo? ¿Eso es lo que vas a hacer? ¿Matarás a tu hijo?

-Pero tú de qué coño vas -respondió el otro-. Ella va a hacer lo que le salga del coño. ¿Quién coño eres tú para decir lo que ella tiene que hacer con su cuerpo, vamos a ver?

-¿Tú eres el padre?

-¿Qué coño te importa?

-¿Eres el padre o no?

-¿Que qué coño te importa, te estoy diciendo?

-¿Ni siquiera te atreves a decir que eres el padre?

-¡Pues sí, soy el padre, qué pasa! Y la vengo a acompañar, para que no esté sola, ¿te parece mal?

-¿Para que no esté sola…? -imitó con sarcasmo- Eres todo un caballero, ¿verdad?

-¿Qué dices ahora? ¿Qué estás diciendo? ¿Qué cojones estás diciendo ahora…?

-Acompañas a esta muchacha para que maten a vuestro hijo y te crees que estás haciendo algo bueno -se acercó un poco más al otro, hasta que casi se tocaron sus narices-. No sólo eres un hijo de la gran puta; además eres completamente gilipollas.

El otro lanzó un puñetazo que golpeó torpemente su rostro, pero él se rehízo rápidamente para patearle con repetitivo frenesí en la cara exterior del muslo izquierdo.

-¡Por favor, no le pegue, por favor, no le pegue…! -gritaba la chica.

Se oye un frenazo brusco, un par de puertas que se abren y dos agentes de policía que corren hacia ellos. Consiguen separarlos a duras penas, pues insisten en lanzarse el uno contra el otro. Él es inmovilizado en el suelo, mientras la muchacha se agarra llorando a su compañero, completamente alterado y frotándose la pierna golpeada. Éste le explica al policía que han venido a la clínica y que ese tío no les dejaba entrar y no paraba de insultarles.

-¡Van a matar a su hijo! -grita él, la cabeza aplastada entre la acera y la rodilla del otro policía- ¡Agentes, hagan algo, van a matar a su hijo!

Los dos policías se miran, con una curiosa mezcla de sorpresa y aburrimiento existencial.

-Señor, le recuerdo que el aborto no está prohibido en este país -le explica el policía cuya rodilla estruja su cabeza.

-¡No nos vamos a joder la vida… somos muy jóvenes, hijo de puta! -grita el otro, casi tartamudeando; un hilillo de baba le cae desde una de las temblorosas comisuras.

-¡Claro que no vas a joder tu vida, cobarde de mierda! ¡Vas a joder la vida de tu hijo! ¡Vas a matar a tu hijo porque eres un puto cobarde! ¡Espero que Dios te dé una eternidad de dolor y sufrimiento, por tu puta cobardía asesina! ¡Eres un puto cobarde y no mereces el aire que respiras! ¡No eres más que un puto cobarde! ¡Y encima ella te tiene que dar las gracias por acompañarla a matar a vuestro hijo, verdad? ¡Eres un gran hombre porque acompañas al sacrificio de tus hijos a todas las mujeres que te follas! ¡Eres un puto degenerado y en cualquier país decente la policía me estaría ayudando a colgarte de una farola!

El policía inmovilizador le hace un gesto a su compañero, que se acerca con cara de fastidio; lo agarran entre ambos y lo van llevando hacia el coche patrulla. Él se resiste, tratando de girarse hacia la pareja.

-¡Muchacha! ¡Deja a ese cobarde de mierda! ¡Dale vida a tu hijo! ¡No lo mates! ¡Dale la vida a tu hijo! ¡No lo mates por ese puto cobarde, que no te merece! ¡No os merece!

Se cierra la puerta trasera. Los gritos quedan amortiguados. Arranca y se aleja el coche patrulla. Ella llora hipando, mientras el otro la abraza, junto a las puertas acristaladas de la clínica.

El policía que no conduce desbloquea su móvil, busca en los contactos y hace una llamada. Se pone el aparato en la oreja y espera.

-Nena, voy a llegar un pelín más tarde de lo que pensaba… Sí… No… Cuando salga de la comisaría te llamo, ¿vale?… Te quiero, hasta luego…

Cuelga. Mira hacia atrás. Suspira y vuelve a fijar la vista en la carretera.

Watchmen Rorschach

ERNST Y CARL, LA AMISTAD INSONDABLE

“Wilflingen, 15 de septiembre de 1994

De una carta de Ernst Klett del 13 de septiembre:

Querido Ernst Jünger:

Estos días he estado leyendo, por última vez, el Glosario de Carl Schmitt. La lectura es muy poco gratificante: un provinciano católico, extremadamente inteligente, no supera el hecho de haber fracasado y nosotros lectores hemos de sufrir a consecuencia de ello. Aun con todo, no puedo dejar de reconocer que es una cabeza brillante.

Cabeza aquí, cabeza allá. Cito tan sólo dos pasajes de los muchos que te conciernen:

‘Ernst Jünger… despojos del guillerminismo, igual que Thomas Mann.
Heidegger pasa la prueba de un retorno con nota de más que aprobado; Gottfried Benn excelentemente, Ernst Jünger suspende de forma miserable.’

 No me gusta citar estas mezquindades. Lo hago por si se da el caso de que se publique vuestra correspondencia. Entonces, en mi opinión, debería aludirse a ello en el prólogo o en el epílogo. Por mucho que estoy a favor de olvidar y perdonar: en caso de una publicación debería hacerse visible algo del otro C.S.

P.D.: La infamia de este Schmitt es que en su testamento ha determinado que se publiquen esas impertinencias (y son muchas), después de que habéis estado manteniendo una correspondencia amistosa y llena de respeto mutuo durante más de treinta años.

[…]

Wilflingen, 20 de septiembre de 1994

Querido Ernst Klett:

Los pasajes que me conciernen en el Glosario de Carl Schmitt son, en efecto, enojosos, más para él que para mí.

Son curiosos si se tienen en cuenta las amables cartas que me envió casi el mismo día; ello indica una profunda ambivalencia. Por lo que veo, mi nombre es el que aparece citado con más frecuencia en el registro del glosario.

Cuando C.S. quiso presentarse a consejero de Estado se lo desaconsejé y le propuse que trabajara en un Derecho de Estado fundamental, dadas sus dificultades en Serbia.

Lo que jamás me ha perdonado son Los acantilados de mármol; en una ocasión anotó que lo que yo quería con ello era lograr otra Pour le Mérite en la segunda guerra mundial. Dio rienda suelta a su indignación con El trabajador, que nunca entendió.

Similar es el caso con Gottfried Benn, quien en sus cartas se aproximaba a las Radiaciones.

Después de 1945 se concentró en C.S. un fuerte odio que, por lo que me dijeron los que vivían con él, le hizo sufrir mucho, en un extremo que llegó hasta la manía persecutoria. Al parecer dijo en su lecho de muerte: Ernst Jünger es un amigo fiel.

Vino a verme una noche, poco antes del Tercer Reich. Con anterioridad a esa visita aún era un desconocido, pero la conversación se animó al instante. No sólo le siguió una correspondencia de casi cincuenta años de duración. Aunque católico, fue el padrino de bautizo de Alexander. Cuando me visitaba en Goslar (naturalmente tenía un pase de libre circulación), los funcionarios formaban en la barrera. Para cosas así, los profesores son especialmente susceptibles. Lo que irradiaba mental y personalmente me resultaba vivificante: en mi memoria seguirá siendo un buen amigo insondable.

Pasados los setenta V, de Ernst Jünger; Tusquets, 2015; pgs. 143-144, 145-146.

Ernst y Carl

En París, 1943

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester