EL PARLAMENTO DE LOS LOCOS

por El Responsable

Hacía sombra yo a la vera del árbol de costumbre, bajo este intempestivo sol de noviembre, cuando vi pasar a don Ángel. Supuse que estaría dedicado a sus rutinarias labores de riego; pero breves momentos después le vi regresar cargando una piedra más grande que él. Desapareció dentro del anfiteatro del Cerro.

Al rato volvió a hacerse presente.

-¿Has visto que estamos arreglando esto? -me preguntó.

Le dije que no con la cabeza.

-Anda, échame una mano, tú que estás más fuerte.

Evitar esfuerzos a la hernia de don Ángel casi me provoca una a mí. Traté de cumplir mi papel de machote y trasladé la piedra de Sísifo en brazos sin que apenas se me notase que estaba al borde del desmayo. Solté el pedrolo con gran alivio en el lugar que don Ángel me indicó.

-¿Has visto? Estamos arreglando el Parlamento de los Locos.

Hace ya unos meses, el anfiteatro del Cerro había aparecido medio derrumbado, mostrando el cemento grandes heridas provocadas por algún desalmado. Así que don Ángel decidió ponerse manos a la obra y arreglarlo él mismo.

-Ahora incluso la gente se puede sentar un poco más arriba -me explicó, satisfecho-. Si algún día quieres hacer una reunión o montar un recital de música o poesía, aquí podéis hacerlo.

Sonreí y alabé el trabajo de restauración. Volví junto al árbol, a seguir con mi gimnasia, escuchando de fondo el repiqueteo de martillo y cincel.

Algún día he de explicarle a don Ángel la profunda alegría que su forma de estar en el mundo me produce.

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