SOBRE LA CONVERSIÓN FINAL DE JÜNGER

por El Responsable

“[…] el tema del que quiere hablar inmediatamente es el luto que lleva en su interior y que aún no ha elaborado: ha muerto Ernst Jünger, el amigo al que se sentía especialmente unido, y la pérdida le ha afectado en lo más íntimo.

¿Cuándo se vieron por última vez?

En septiembre de 1997. Había venido a Basilea, como todos los años, para la feria entomológica. Hacía un día magnífico. Un sol espléndido entibiaba el aire del principio del otoño. Habíamos acordado encontrarnos en el gran salón donde los expositores presentan sus coleópteros. Cuando llegué al lugar de la cita, vi que Jünger estaba todavía distraído observando con la lupa los ejemplares expuestos. Después de haberlos examinado atentamente adquirió un par. Era realmente extraordinario con qué inmediatez y espontaneidad, aun pasando ya de los cien años, se entregaba a su pasión. Después de visitar la feria, comimos con nuestras esposas en el hotel Drei Könige. Jünger estaba bien, estaba de excelente humor, completamente lúcido aún, aunque de vez en cuando fijaba la mirada en un punto lejano y casi parecía ausentarse mentalmente. Fue un último encuentro muy feliz.

¿No volvieron a verse más?

No; luego fui a sus funerales en Wilflingen. Una ceremonia solemne, magnífica. La nieve fresca, caída por la mañana, cubría el paisaje de un blanco que centelleaba bajo los rayos del sol. El féretro iba en un carruaje tirado por corceles blancos. Había venido mucha gente de todas partes, formando una multitud impresionante que se apiñaba en silencio en aquella parte del pueblo. Veteranos de uniforme, un hermoso espectáculo, se habían colocado en formación para presentarle el último saludo. Lo que sorprendió un poco a todos fue que la ceremonia religiosa se celebró con arreglo al rito católico.

Señal exterior de su conversión final al catolicismo…

Así dice, pero yo me inclino a creer que fue más sencillamente la señal de la gran importancia que concedía al ceremonial, a las formas, al lado estético de la vida. En esto el catolicismo era para él ejemplar porque no había perdido el sentimiento de las ceremonias. El simbolismo católico siempre le había fascinado. Por el contrario, el protestantismo es en este aspecto muy pobre y descarnado. En ocasiones tendemos a interpretar este aspecto del catolicismo negativamente, como un empobrecimiento formalista de la religión, y eso nos molesta. Para Jünger era, contrariamente, una especie de estuche de lo simbólico. En cualquier caso, es difícil decir si en los últimos tiempos hubo en él una auténtica conversión al catolicismo.

Es lo que opinan los biógrafos Paul Noack y Heimo Schwilk.

Puede ser, pero me parece curioso y en el fondo inexplicable. Desde luego, es cierto que últimamente Jünger se había interesado de manera especial por los dioses y titanes. Sin duda tendría un papel importante el hecho de que todo el ambiente en el que vivía era profundamente católico: el barón Von Stauffenberg, uno de sus mejores amigos, propietario del castillo en el que residía y de la iglesia que daba al castillo, era un católico riguroso; profundamente católica era también la comunidad de Wilflingen, a la que se sentía tan ligado. Sea como fuere, la ceremonia fúnebre fue grandiosa.

Sin embargo, hay algo que no cuadra en esta conversión…

Por eso me gustaría hablar de ello un día francamente con la señora Jünger y averiguar las razones más profundas de esta sorprendente adhesión al catolicismo.

[…] Ya nos ha dicho que cree en un principio divino, pero usted parece más próximo a un panteísmo naturalista que al Dios personal del cristianismo. Ahora le preguntamos: ¿cree en el más allá, en una vida después de la muerte?

Podría contestarles lo que Jünger me contestó a mí cuando le hice esa misma pregunta: No lo creo; lo sé.

El dios de los ácidos. Conversaciones con Albert Hofmann, de Antonio Gnoli y Franco Volpi; Siruela, 2008; pgs. 121-125, 157.

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